jueves, 22 de marzo de 2012

Reunión de evaluación.

Mi mente a veces funciona en lo que yo denomino "modos", ante cualquier situación activo el modo deseado y me imagino la realidad de otra manera bastante más llevadera. Esta semana, en el colegio donde pastoreo, en las reuniones de evaluación activé el modo ciencia-ficción y se me ocurrió la idea para este relato:
(P.D. También tengo el modo super héroes, fantasía heróica y el porno, pero eso es otra historia)


REUNIÓN DE EVALUACIÓN.
  La sala de reuniones comenzaba a presentar el aspecto de una apuesta joven tras una noche de marcha, todavía mantenía el brillo hipnótico de la belleza, aunque el maquillaje comenzara a desertar, el mármol de los ojos se agrietara con unas leves motas de rojo y la planificación de su cabello diese paso a un fractal caótico sin dejar de resultar elegante. 

 La luz tenue tan solo cercaba el espacio que ocupaba una mesa redonda de metacrilato y las personas que se sentaban en unas cómodas butacas con respaldo forradas de piel sintética imitando las arrugas reptilianas de un T-Rex. Todo lo demás estaba sumido en una oscuridad que no se atrevía del todo a demostrar su fuerza y prefería compartir el espacio con la luz más lenta y perezosa. Los niños clon de la limpieza se habían esmerado especialmente en que el suelo de madera de cedro, traída desde el pasado y arrancada de las cubiertas de orgullosas galeras fenicias, reluciera fieramente y que los cargadores de incienso cuántico insertados en las microjunturas de los aparatos electrónicos perfumaran el ambiente a capricho del movimiento de los fotones. Sin embargo, el humo dulzón del tabaco de los marjales de Walden III, se elevaba en perfectas volutas al cielo como los cantos de los mártires que dieron su vida para que el derecho a fumar en cualquier lugar fuera inalienable.
-          Comencemos la evaluación.- Dijo uno de ellos, el que tenía su butaca de un tono verde más oscuro y ligeramente más elevada que las del resto.- Que nos queda bastante hasta que terminemos y debemos presentar el informe esta misma noche.
-          ¡Hemos empezado unos días más tarde por motivos religiosos! – Bramó uno de ellos, mientras lanzaba su puro de uno a otro lado de sus labios como un pelotari rebosando de metaanfetaminas.
-          Sí, ya sé que ha sido San Procastino, pero eso no quita para que esta noche debamos entregar el informe. Se nos ha concedido una gran responsabilidad y nos jugamos mucho. – Estas últimas palabras calaron en la concurrencia porque se hizo el silencio que no se vio quebrado hasta que volvió a hablar. – Pues bien, tenemos para empezar que evaluar a todo un planeta. El planeta Tarjes I. Evaluemos todo: Marco físico, animales inferiores, formas de vida superior… ¿Es viable que continúe un ciclo más?
-          Tampoco deberíamos ser muy estrictos con el marco físico, vale que tiene una atmósfera de Radón, pero las formas de vida se han adaptado a ella. Su sol es violeta, pero eso le confiere unos atardeceres preciosos y los ríos de Antimonio líquido tampoco son tan raros.- Terció la geóloga espacial, mientras jugueteaba con los anillos de sus dedos,
-          Pero sus formas de vida inteligentes sí que han de ser evaluadas severamente, creen en un dios albañil que construyó el mundo en catorce meses, estando de baja, y que envió a su becario para salvarles, siendo acuchillado hasta la muerte en la prisión por uno de sus seguidores con una cucharilla de postre afilada. Algo completamente irrisorio.- Dijo el teólogo, que de religiones irrisorias entendía bastante - Solo por eso yo ya hablaría de su inviabilidad como Planeta. Si su medio es raro y la gente que lo habita también, es un desperdicio de órbita planetaria que puede ser utilizada por un planeta más acorde con el resto del sistema.
 Durante media hora se habló de Tarjes I, dando lugar a un veredicto final de no viabilidad, así lo codificaron y almacenaron, para terminar por apretar el botón de destrucción planetaria por ultraondas. Del centro de la mesa surgió una pantalla que contenía una imagen del planeta descartado. Las luces de todo él parpadearon ligeramente, de forma acompasada, como mecidas por una brisa marina y, en un instante, el planeta desapareció de la galaxia.
-          Ahora es tan solo una especie lo que hay que evaluar: Los monos-abeja de la colmena-manada de Ursinos C. Parece ser que es la única especie extraña de ese planeta.- Indicó otro asistente mientras con una mano se ajustaba sus gafas cibernéticas y con el dedo pulgar de la otra mano manejaba su agenda electrónica. No parece ser gran cosa, pero las chozas que construyen con miel y excrementos se han puesto muy de moda como decoración de los jardines de grandes familias de comerciantes de la nebulosa de la manzana.
-          Pues podemos ver qué tal siguen evolucionando y ya será problema de los siguientes evaluadores.- Concluyó su clon en segundo grado ante unos asentimientos generales tan efusivos que hubieran apagado las velas de la tarta de cumpleaños de una nonagenaria.

 Diez planetas más fueron evaluados, seis de ellos negativamente, sobre todo el que las natillas de cristal eran el regalo ofrecido a los niños en su segunda circuncisión; Mientras que de treinta especies, tan solo diez fueron eliminadas con los mismos cañones de ultraondas que también podían operar con ese tipo de precisión.

-          Bueno, ya hemos hecho nuestro trabajo. Ahora tan solo nos falta esperar nuestra evaluación por parte de los inspectores. Me quedo con la conciencia tranquila, ya que hemos actuado con total sinceridad y creo que de manera bastante acertada.- Comentó, casi para sí mismo, el comensal que parecía más mayor.- Esperemos a ver qué tal lo hemos hecho mientras les envío los datos a los inspectores y nos tomamos un café de roca.

 El café era delicioso, no raspaba con el abuso de pirita, como ocurría a veces, sino que estaba totalmente equilibrado, con el toque exacto de mica. Alguien miró su reloj y los demás hablaron del partido de sílabas que tendría lugar esta noche. Los menos comenzaron a tomar su segundo café hasta que de repente las luces de toda la sala, y de todo el planeta, de forma acompasada, parpadearon ligeramente, como mecidas por una brisa marina…

jueves, 2 de febrero de 2012

Liceos

Y, como ya es norma habitual y las tradiciones hay que mantenerlas que luego es un horror limpiar la casa cuando se han ido, volveré con un nuevo inicio de una posible serie de relatos. No tengo la menor idea de cómo seguirlo o cómo poder tratar sobre ello, solo ha sido una pequeña variación sobre un pensamiento que me vino hace tiempo en forma de imagen y que quería, al menos, esbozarlo.
Ahí se lo dejo por si quieren echarle un ojo:


LICEOS
1. LA MEDUSA Y EL SUSURRO.
La lluvia había terminado de cabalgar por el valle y, tan generosa como siempre, había abierto sus sacos negros de terciopelo suave y dejado la llanura plagada de regalos, como solía hacer todos los años el mago del solsticio, millones de gotas de agua colgando juguetonas de las briznas de hierba y de los altos sauces que ahora reflejaban la luz del sol que volvía a salir de su escondite como si no hubiera pasado ningún miedo durante la tormenta; había dejado también el aroma inigualable de la tierra húmeda, cargado de matices y de contrastes olfativos y había, incluso, hecho salir a los caracoles de la seguridad de sus conchas irisadas y que despidieran graciosamente con sus apéndices a los cirros mientras estos se alejaban para seguir repartiendo regalos por otros valles que les esperaban expectantes.
Había salido a dar un pequeño paseo, para despejarse de las largas horas de estudio, y para eso no había nada mejor que respirar el aire recién nacido tras la tormenta,  aspirar la atmósfera helada con sus fosas nasales deseosas de abandonar el enclaustramiento y a sentir como el frío le vigorizaba poco a poco, con suavidad y ternura, tomándose su tiempo como una amante cariñosa y aplicada, primero los dedos de los pies, luego el cuello y la espalda, luego llegarían sus brazos y manos, hasta que finalmente, todo su cuerpo entrara en calor por sí solo, la sangre circulara con más fuerza por su cara exultante y nada pudiera compararse a estar vivo en ese momento.
Parecía increíble que solo hace unos momentos contemplara desde la biblioteca de la sala norte el aguacero, con las corrientes de aire tratando de apagar las velas de los candelabros y las lámparas colgantes, así como de cerrarle las páginas abiertas de los libros; con la lluvia asolando los cristales, goteando desbocada y llegando al suelo con más fuerza gracias a que se impulsaba con más fuerza desde las gárgolas y los pináculos, mientras que los truenos aguardaban en la retaguardia por si el ejército enemigo se desbandaba y pretendía retirarse. Ahora esos mismos cristales permanecían junto al resto del pétreo edificio, serenos en mitad del páramo, a menos de un par de kilómetros. El liceo número cuatro, la medusa y el susurro, había soportado tormentas peores desde que los catedráticos superiores lo construyeron hace miles de años y colmado de libros y documentos con el fin de que, junto a los otros seis liceos pudieran descubrir el secreto oculto. En la distancia, si forzaba un poco la vista podía divisar, o al menos era su sugestión, el número cinco, pero tampoco le dio mayor importancia ya que todos los estudiantes de todos los liceos tenían prohibido acercarse tan siquiera a unos metros de los otros. Para descubrir el gran secreto oculto había que empezar por los secretos menores e intermedios y éstos secretos debían ser aislados hasta que los catedráticos supieran darles forma y analizarlos en conjunto, de no procederse así, los pequeños secretos podrían hablar entre ellos y alertar al supremo, dándoles así esquinazo durante otros miles de años. Había que ser muy cuidadoso con lo que se descubría y con quién se compartía. El conocimiento era un poder más peligroso que cualquier hechizo de nigromancia de décima magnitud. La separación podía llegar a generar enemistades y ese era otro motivo de que se prefiriera que hubiera contacto entre estudiantes.
La lluvia y el frío siempre le animaban, más que la temporada estival, en el que el calor hacía imposible cualquier pensamiento racional, enlentecía todo procesamiento y hacía hasta difícil el traslado de los gruesos cartapacios y grimorios de las estanterías más altas hasta las mesas lisas y amplias que surgían por todos lados de las bibliotecas. No podía soportar el calor.
Sin embargo el frío había renovado su espíritu y le había hecho replantearse que era uno de los elegidos, puesto que los integrantes del ministerio del futuro, juntando conocimientos genéticos y predictivos le habían seleccionado siendo un embrión, educado con los mejores tutores una vez podía hablar y leer y enviado una vez fue digno de ello a este licep, la medusa y el susurro, por ser el que mejor se correspondía con sus inclinaciones y preferencias. Realmente sabía poco de cómo debía ser la vida de los no estudiosos, seguramente alguien debía trabajar fabricando todos los utensilios de los que disponían, y alguien debía cosechar o preparar los alimentos que les llegaban cada cierto tiempo, junto con los examinadores y que reposaban en las cámaras de frío natural de los sótanos de mármol frío y abovedados. Pero él y sus compañeros eran guerreros, al igual que la rama del ejército que combatía a los enemigos de su pueblo, ellos combatían la ignorancia con plumas, tinteros y libros y sacaban a los secretos de sus pútridos y oscuros escondrijos para prenderlos, por separado siempre, en las hogueras de la razón y el entendimiento.
Pronto, a última hora de la tarde y antes de la cena, habría un seminario y debía defender unos puntos que no terminaba de entender muy bien, pero seguramente sus compañeros tampoco y, además, el se había revitalizado con el frío en lugar de con la glucosa del chocolate que estarían sorbiendo en estos momentos. No le preocupaba la exposición, preferiría no quedar mal delante de nadie, sobre todo de ella, pero tampoco era como si los examinadores le miraran con sus ojos cibernéticos en busca de alteraciones en su aura que denotara que se estaba inventando lo expuesto sobre la marcha. No podían saberlo todo de todo, pero sí que podían saber cuándo uno no sabía.

miércoles, 18 de enero de 2012

Las puertas hacia casa

Este también lo escribí hace un montón de años, el otro día me acordé de él y, tras darle un repaso muy, muy ligero, lo subo, para compensar el hecho de que llevo un montón sin escribir.


                                               LAS PUERTAS HACIA CASA.
El suelo húmedo reflejaba esquina por esquina con una precisión casi milimétrica a la ciudad que tenía encima. Él no sabría decir cuál de las dos era la real y cuál un reflejo, pero tampoco importaba mucho, el único lugar real de todo lo que existía era su casa, de la misma manera que el único ser real que poblaba este fragmento dimensional era él mismo. A veces tenía problemas para que las puertas que debía cruzar para volver a su casa se abrieran, eran unas puertas caprichosas y tan sólo respondían a una serie de estímulos sin demasiada lógica, pero ¿quedaba algo lógico hoy día? Llevaba ya mucho tiempo andando, o al menos le parecía que había recorrido un largo camino puesto que sentía los músculos de las piernas totalmente fatigados. Conservaba en su mochila, envuelto en multitud de trapos para que no goteara, el hígado seccionado de una mujer a la que creía haber matado hacía unas horas. Con él, una vez abiertas las puertas de su casa, los sacerdotes que vivían en su sótano serían capaces de predecirle el futuro gracias al avanzado arte de la hepatoscopia. También sería difícil encontrar la escalera de bajada al sótano, entre los millones de puertas que se distribuían a lo largo de un pasillo casi infinito, pero una vez dentro de su casa, una vez abiertas las puertas, su sentido de la orientación intuitivo funcionaría mucho mejor que en la calle que ahora brillaba maliciosa y confusa a lo largo de los líneas paralelas ondulantes.
Los perros le iban indicando con sus ladridos en código binario por donde continuar, aunque los que eran de color blanco solían engañarle siempre que podían, por lo que no acostumbraba a pararse a hablar con ese tipo de perros. La lluvia trataba a su vez de indicarle algo, pero como siempre, ésta no era nada clara en sus peticiones, mataba si se lo pedía, por supuesto, y siguiendo un ritual que se le había indicado, pero luego o cesaba de pronto su caída desde el nivel superior de existencia como si nunca hubiera hablado o no se aclaraba con lo que le quería pedir y hasta le pedía que realizara con los cadáveres ceremonias adicionales de lo más bizantinas. Ya casi nunca mataba cuando se lo pedía la lluvia. Aunque hoy se había sentido generoso y había decidido hacerla caso, siguió todas sus instrucciones, aunque guardó el hígado para sus sacerdotes, y ahora mientras encontraba el camino de vuelta esperaba que la lluvia le dijera algo, cosa que, por el momento, no terminaba de ocurrir.
Se encendió otro cigarrillo con el mechero que se encontró en casa de la mujer a la que había matado hoy, mechero que según le dijo él mismo, provenía de una dimensión paralela donde había incendiado multitud de coches en los que las parejas sudaban y copulaban poseídos por espíritus animales; así que tras quedársele mirando un rato, sopesarlo en su palma cerrada y probar si era capaz de encender rápido, anotó en una parte de su cabeza, la parte que le había sido mutada en un ordenador por los alienígenas que le abdujeron, como algo a realizar en el próximo solsticio, antes de la fiesta de la cosecha.
Ya estaba realmente cansado, quería llegar a su casa como fuera, y, para su suerte recordó una manera que normalmente nunca le fallaba. Fue fácil encontrar un callejón apartado donde un mendigo dormitaba acunado por el dulce y mentiroso canto del alcohol barato, envuelto en cajas de cartón de televisores que ahora mismo estarían sintonizando canales pornográficos. Sacó su cuchillo de monte con punta de sierra de la parte de atrás de su cinturón y muy rápidamente se lo clavó en la garganta media docena de veces, salpicando de sangre profusamente su cama de cajas lo que consiguió, y eso lo sabía seguro, no sabía como pero lo sabía, que durante un instante las televisiones que habían nacido en esas cajas emitieran tan sólo niebla durante unos momentos. Buscando entre su tráquea encontró un par de órganos que no recordaba como se llamaban pero que era capaz de reconocer mediante cualquiera de sus cinco sentidos, se los metió debajo de la lengua, cerró los ojos y dibujó con su mano ensangrentada una puerta de nogal en la pared de ladrillos antaño de color naranja del fondo del callejón. Cuando hubo dibujado el llamador y el pomo, ambos de plomo de calidad, hizo el ademán de cogerlo con su otra mano, la que estaba algo más limpia y, como ocurría la mayoría de las veces, la puerta que le llevaba a casa se abrió por arte de magia. Casi nunca le había fallado esta técnica, el truco era dibujar puertas de nogal, eran las que más rápido se abrían, las de roble, por otro lado, tardaban mucho en hacerlo y siempre con un chirrido la mar de molesto y no quería recordar lo que hacían las de fresno. Con el plomo se conseguía que los muertos que no han dejado este mundo no chillaran para pedirles  misas por las almas del purgatorio.
El pasillo tenía bastante menos polvo esta vez que en las décadas anteriores, los fantasmas de sus amigos se lo habrían limpiado mientras él estaba fuera, así que se quitó la mugrienta gabardina, la colgó en un perchero de hueso de dinosaurio, se deslizó por el brazo la mochila que tenía en los hombros y sacó el paquete envuelto donde el hígado se había convertido en un riñón derecho. A veces pasaba, los órganos que metía en su bolsa mágica se transformaban en otra cosa a no ser que pensara continuamente en ellos, y era muy difícil realizar el largo camino a casa repitiendo como un mantra: Hígado, hígado, hígado, hígado.... Así que volvió a meterlo en ella con la esperanza de que, en el tiempo que tardaría en encontrar la puerta del sótano, se hubiera vuelto a convertir en un hígado. Y si no, pues tampoco importaba demasiado, ya tendría tiempo de encontrar otro para los rituales hepatoscópicos, y el riñón estaba mucho más rico que el hígado de cualquiera de las maneras en que se preparara. 
Los cuadros en las paredes, los de sus ancestros, los pares de la divinidad, le saludaban según pasaba delante de ellos con estruendosos vítores y aplausos con sus manos planas y polvorientas de lienzo pintado. No importaba en que puerta se metiera, daba a otro pasillo de condiciones muy similares, aunque en una dimensión tangencial, sutilmente alejada de la que acababa de abandonar. Miró un par de veces por entre los pliegues de su mochila, el hígado seguía siendo un riñón, pero eso era porque no paraba de mirarlo, así que al llegar al  montacargas, lo dejó en él, envuelto todavía en los trapos, para que cuando llegara al sótano ya fuese de nuevo el hígado que siempre había sido.
Como encontró primero el cuarto de baño decidió que lo mejor sería darse una ducha antes de bajar a conocer las predicciones de los augures, así que se desnudó, se metió en la ducha y abrió el grifo del agua caliente hasta que la arandela de metal oxidada no pudo avanzar más al haber encontrado su tope absoluto, lo que indicó con un quejido ahogado. Sentía con sumo agrado como el agua ardiendo exterminaba a todos los gérmenes de su piel a la vez que le abría los poros para que la acción del gel de baño de algas tonificante penetrara en su interior una vez libre de la molesta e inútil capa de piel muerta. El vapor ascendía hacia arriba realizando acrobacias en el aire, en oleadas como blancas aves migratorias y empañaba la mampara protectora mientras que las gotas condensadas acampaban en los azulejos gastados por el tiempo, aunque todavía conservaban parte de su esmalte traído de las minas sulfurosas de Urano. Las viejas cañerías bramaban como mamuts agonizando atrapados en pozos de brea solapándose su griterío al del desagüe que engullía el agua mezclada con sangre y barro y cantaba himnos elegíacos al dios misericordioso que le había proporcionado el alimento. Por todos estos motivos adoraba darse una ducha después de matar a cualquiera de los hologramas que habitaban este mundo imperfecto. Cerró los ojos para descansarlos un instante, pero aún así la luz roja del cuarto de baño, del mismo tipo que las que se emplean en los lugares de revelado de fotos, traspasaba con sus infrarrojos sus cansados párpados y acariciaba lujuriosamente a sus pupilas con la intención de incitarlas para que realizaran algún acto carnal excéntrico y desinhibido. Las luces rojas era el problema que tenían. Pero aún así expurgaban de su aura todos los restos de culpabilidad que a veces le colgaban como telas de araña en una preciosa y dorada lámpara oriental.
Se secó con las toallas que recogía de las casas de sus víctimas, algunas de las cuales mantenían todavía el rostro del difunto como sudarios sagrados, mantuvo un instante su cara junto a la huella dejada por aquella persona e inspiró fuertemente recordando el momento de su comunión conjunta cuando le liberó de la prisión de carne mortal. Al rato procedió a arreglarse el pelo evitando en todo momento contemplar su reflejo en el espejo y ciertamente reconfortado se dirigió al sótano puesto que tras la higiene había recordado el camino que le llevaría abajo.
Descendió por las escaleras de hierro forjado, escalón a escalón, acariciando el pasamanos con ternura, aspirando y expirando según el escalón fuese par o impar. El sótano era un lugar francamente frío, donde los millares de goteras destilaban el agua de lluvia y tras filtrarla desde el alto tejado picudo pasando por toda la estructura interna de la casa, formaban abundantes charcos de un líquido con sutiles diferencias a nivel atómico con el agua, era un agua más sabia, preparada espiritualmente para habitar en el sótano de los sacerdotes. Musgos salvajes se distribuían a lo largo de colonias organizadas en férreas y disciplinadas castas, agarrándose con fuerza a las paredes o al suelo, sin indicar en ninguna ocasión donde estaba el norte terrestre para que los excursionistas se perdieran para siempre en las entrañas de la casa y fueran devorados por los monstruos de la foresta. Las viejas calderas sonreían a través de sus puertas melladas dejando entrever el interior de sus estómagos donde las brujas habían cocinado desde siempre niños perdidos en lo más profundo y oscuro del bosque. Todavía se podía oler el aroma apetecible de los niños asados en su jugo y, a veces, si se metía un poco la cabeza en el horno y uno agudizaba el oído, también podía oír cientos de canciones infantiles, aquellas que son eternas y que los niños se pegan unos a otros como el sarampión o los catarros. O ETS, en los grotescos tiempos en los que vivimos. Era casi lo mismo que escuchar el sonido del mar a través de una caracola. Apenas había luz allí abajo, tan sólo un pequeño número de bombillas se balanceaban como piratas abandonados para escarmiento en el cadalso, empujando la luz a izquierda y a derecha según su posición con lo que conseguían que las sombras crecieran o se redujesen con cada palpitación luminosa.
Los sacerdotes le estaban esperando, habían recogido el hígado del montacargas, porque finalmente el riñón derecho se había vuelto a convertir en lo que siempre había sido, y le contemplaron durante unos momentos con caras adustas llenas de seriedad. Tras la pausa dramática comenzaron a hablarle en diversos idiomas ya olvidados en la tierra, en atlante, lemúrico y hasta con los gruñidos guturales y primarios de la antigua Mu. Iban alternando los idiomas, pero él los conocía a la perfección, por lo que no consiguieron amedrentarle, los sacerdotes hablaban por los dioses, sí, pero estaban a su servicio y deberían mostrarle un poco más de respeto. Tal vez si matara a uno de ellos el resto aprendería del escarmiento. Nadie debería mirar a nadie por encima del hombro y mucho menos a quien realizaba una labor tan importante como él. Miró con calma a los lados sin hacer mucho caso a las peroratas resentidas de los augures hasta que encontró, apoyada en una esquina más estrecha que el resto una vieja hacha de leñador del bosque primigenio. No tuvo que ir a por ella, apareció en sus manos y en un instante se abalanzó con ansia contra la carne, huesos y tejidos de uno de los ancianos adivinos. La luz roja del cuarto de baño bajó hasta aquí para iluminar la escena con su manera inigualable, él miró hacia arriba, la sonrió y continúo despedazando el cuerpo destrozado del haruspex más anciano. El resto se deslizó hacia atrás, mirando al suelo, reconociendo su sumisión y desaparecieron entre las sombras. La próxima vez tendrían mucho más respeto y cuidado con él.
Tal vez había sido un castigo de los dioses, no lo sabía con seguridad, pero el hecho era que se encontraba ahora de nuevo en la calle, bajo la lluvia feroz que golpeaba con fuerza como dentelladas de lobo, aullando además de una manera muy similar. Los dioses se habrían molestado por haber acabado con la miserable vida de uno de sus sacerdotes y le habían desterrado de su hogar para que volviera a recorrer un camino de penitencia hasta que encontrara de nuevo las puertas que le llevarían otra vez a casa. Sin embargo o habían sido descuidados o magnánimos porque todavía aferraba el mango de madera, gastado por el tiempo y la sangre, de su hacha. Era lógico que si había pecado con este artefacto, en este mismo objeto estuviese también esta vez la llave de la puerta de regreso.
Cerró los ojos, escucho brevemente a la lluvia, asintiendo con agrado, sabía lo que tenía que hacer, había comprendido e interpretado correctamente las señales, se pondría en marcha ahora mismo, sin detenerse a escuchar ningún canto de sirena ni fondear en ninguna playa poco horadada. Tenía mucho que hacer si quería encontrar pronto las puertas que le volvieran a llevar a casa.


lunes, 5 de diciembre de 2011

Desierto de datos

 Parece que llevo una temporada algo inspirado. La pega es que escribo en un rato sin pararme a retocar o a corregir, es solo la primera idea en bruto, el primer borrador (aunque creo que sé que no los terminaré nunca). Sea como sea ahí va otro relatillo:


DESIERTO DE DATOS.
Bajo con cuidado por la suave duna, tratando de mover el terreno lo menos posible, aunque algunos granos de arena se deslizan delante de mí. El suelo de arena parece darse cuenta y quiere quejarse con sus crujidos bajo mis botas, respiro profundamente tan solo un momento, contemplo el horizonte y veo como el desierto sigue abarcando todos los ángulos de la mirada. El mismo horizonte tan solo enmarca un desierto infinito, moldeado con alguna que otra duna, pero una llanura inabarcable al fin y al cabo.
El sol artificial brilla con fiereza y con constancia. No es realmente un sol, tan solo un motor ingrávido y titánico que mantiene en funcionamiento el planeta, allá en su trono los cielos, que alimenta y nutre todos los procesos que necesita el sistema para almacenar toda la información conocida de las galaxias descubiertas. El almacenamiento consume tan solo una mínima parte de la energía, el resto se emplea para introducir trillones de nuevos inputs cada segundo y para contrastar los datos nuevos con los que se poseen para que se puedan eliminar los repetidos y reemplazar los antiguos por los más inmediatos. La nueva información nace en un instante, crece descontrolada, se asocia con las peores bandas de datos que se puede encontrar en su recorrido y de no ser encerrada en este planeta nadie sabe qué daño irreparable podría causar en las mentes de los hombres, mujeres, alienígenas y androides que dormitan en sus vidas de realidad virtual bajo las cúpulas del ocio de las ciudades civilizadas. No es fácil conseguir un pase para consultar al planeta, pero yo lo he conseguido y pienso aprovecharlo.
La luz del motor solar cae sobre la arena, cada grano es un nanodisco duro que contiene yottabytes de información, adosado a otros tantos con información relacionada en una gran red neuronal de arena que compone todo el planeta. La luz que cae, lo hace para rebotar y su intensidad acabaría con el sistema visual de cualquier forma de vida basada en el carbono. Haría lo mismo conmigo, pero por suerte llevo unas gafas de sol de protección total. Fueron testadas por el equipo de ingenieros que las diseñaron a través de un pequeño agujero en el tiempo, en el mismo big-bang, así que este destello lo contemplo como si se tratara de un agradable atardecer.
En el planeta está toda la información en bruto de la galaxia, con sus relaciones, sus redes semánticas, sus llamadas a otros datos y sus enlaces virtuales con los temas más recurrentes. Luego ya es cuestión de cada buscador de información trabajar con ella, darle un sentido a todo el maremagnum de ceros y unos que vomitan al unísono los granos de arena del desierto. Llevo un ordenador de mano, con pilas nucleares y un motor de inferencia capaz de calcular la suma de todos los ángulos de las raíces del primer árbol crecido en Pangea. También cargo con una tienda de campaña de las que utilizan los señores del tiempo para acampar en los huecos entre los siglos y en los recovecos de las ucronías, así podré descansar mientras el ordenador procesa los datos que me ofrece el planeta.
He pasado varios días, o tal vez semanas, ya no recuerdo, aquí. Tan solo tenía una sencilla pregunta, pero no parece tener respuesta. Sabios de todo el universo han venido aquí a resolver sus dudas, gurús androides han conseguido entender su programación y hacerse uno con sus líneas de código… yo tenía tan solo una sencilla pregunta que parece ser irresoluble. Solo una pregunta que se resiste a ser respondida a pesar de contar con toda la información disponible en las galaxias descubiertas y el mejor procesador de datos que se puede adquirir con cualquiera de los medios de pago conocidos.
Una sola pregunta, tan solo, si no pude oír la respuesta de tus labios, tendré que encontrarla aquí, pero era una pregunta fácil de contestar: ¿Por qué ya no me quieres?
Los granos brillan, el sol zumba, el ordenador ronronea y me avisa de que se está procesando la demanda, pero la respuesta sigue sin llegarme: ¿Por qué ya no me quieres?...


lunes, 28 de noviembre de 2011

Cantares de la Reina Zagrovia I

Como hubo buena gente a quien le gustó el último relato y me dijeron que siguiera con él, pero como no tiene fácil continuación, tiramos por la calle de en medio, con precuelas que siempre funcionan. Así que comenzamos una serie de microrrelatos sobre la reina Zagrovia, reconociendo completamente la influencia para ellos de ese genio que fue Stanislaw Lem.


CANTARES DE LA REINA ZAGROVIA.
Un atentado contra su grandeza
Oíd y sabed, súbditos, que en aquellos momentos la reina Zagrovia, en su majestad elevada, saludaba con fingida desgana realizando un suave movimiento de sus blancas manos con una precisión que ya hubieran querido para sí los más reputados xenoneurocirujanos del imperio.
Delante de su grandeza, en los cielos, cromados cazas atmosféricos rompían la barrera del sonido, pero lo hacían ralentizando su velocidad en un campo de éxtasis temporal para que todos los asistentes pudieran ser partícipes de la hazaña de ingeniería que suponía y para que el sonido que se hubiera creado no eclipsara los vítores y las súplicas de los súbditos por una mirada de su monarca.
Pasando delante del palco, la guardia de lanceros atómicos, con el fulgor esmeralda en las puntas de sus armas reglamentarias reflejado en sus gafas oscuras, caminaban marcando el paso, seguidos por los lobos cibernéticos de la quinta luna, exudando almizcle y mostrando sus colmillos de carbonita natural.
Las I.As, recientemente liberadas integraban y derivaban en milésimas de segundo las órbitas de todos los planetas bajo la égida de la reina como tributo a su grandeza y componían anagramas sin cesar con las letras del nombre Zagrovia. Palabras de poder y magia que palidecían ante el poder y la magia de la soberana.
Cerrando el séquito, rodaban pequeñas carrozas cerradas con grandes paredes de lupa que dejaban ver al microejército, defensores del reino contra las amenazas nanoterroristas, los virus inteligentes y las bacterias cotidianas.
Todo era festivo, la lluvia había planeado frustrar el desfile, pero el contraespionaje meteorológico había interceptado los mensajes codificados de las borrascas y se había conseguido lanzar a tiempo un sol artificial que brillaba radiante, no tanto como la sonrisa de la reina, pero era un digno competidor. Los fuegos artificiales diurnos desnudaban sus almas multicolores y hacían llorar a quienes los contemplaban porque conectaban con los recuerdos más felices de cada uno de ellos.
De repente un trueno en miniatura se dejó oír sobre el resto de sonidos e inmediatamente una inesperada fuente comenzó a manar sangre justo delante de la reina. Los guardaespaldas invisibles se habían llevado los impactos múltiples de la bala atómica de repetición que se había apuntado al bello rostro de la reina. La guardia telépata descubrió que el francotirador estaba situado a varios kilómetros, oculto en el santuario de una cueva que había albergado a los primeros habitantes del planeta, como atestiguaban sus pinturas verdes de hongos fosforescentes correspondientes a la segunda edad de la piedra moldeada.
El francotirador, una vez fue llevado a su presencia, no pudo soportar la sonrisa de desagrado de la reina, se arrodilló implorando su perdón, besó sus níveos pies ensortijados y juró defenderla para siempre jamás una vez oyó su tono de reproche y sintió como su corazón no quería volver a bombear sangre hasta que no volviera a oír la voz más melodiosa de la galaxia. Pasó el resto de su vida en una roca flotante de menos de un metro de diámetro, en órbita perpetua,  disparando con su pistola atómica contra los meteoritos que se dirigieran a cualquier planeta del imperio de la reina Zagrovia, salvando muchos de ellos de la hecatombe.
Hubo más atentados contra ella, todos ellos malogrados por el espíritu previsor de su majestad y todos los perpetradores se arrojaron a sus pies convirtiéndose en sus mayores defensores hasta su muerte, muchos de ellos dieron la vida por ella y pasaron esa responsabilidad a sus descendientes quienes crearon logias secretas de defensa al trono.
La reina incluso fue capaz por sí misma de escapar de un secuestro y de descubrir en plena corte a su clon suplantador, pero esa historia será contará en otra ocasión.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Tiempo de frío

Este fin de semana, solo en la casa del pueblo completamente fría y con los troncos para quemar en la hoguera contados (que dicho así parece espantoso, pero estaba bien a gusto) se me ocurrió esta idea, que he escrito en un rato esta tarde. Sí, ya la repasaré y la ampliaré, pero luego ya si eso. Como siempre, no es más que el arranque.


TIEMPO DE FRÍO
El retrato de la reina Zagrovia, liberadora de las inteligencias artificiales y pacificadora del cinturón radioactivo del límite de la galaxia, desaparecía entre las llamas, como las palabras que se ahogan en el fondo de la garganta y que ya jamás volverán. Sus bellos pómulos que parecían cincelados en hielo duro, su irónica sonrisa de suficiencia solo iniciada en un lado de su rostro, el claro e indefinido color de sus ojos y la nariz, algo arreglada por el retratista, se zambullían en nacientes agujeros negros entre lenguas de fuego y estallidos crujientes. El artístico marco de ramas de mandrágora aguantaba con más fiereza el empuje inclemente de la hoguera, pero el lienzo, por más que fuera de la más excelsa calidad, estaba siendo aniquilado, sin que importara que nada más caer en el fuego ya hubiese pedido la rendición.
La hoguera apenas se levantaba unos palmos del helado suelo de mármol, el suelo que antaño vio caminar sobre él tanto armaduras de cientos de guerreros como pies descalzos con cascabeles y anillos de multitud de esclavos, ahora oscurecido en plena noche eterna, con sus altas bóvedas de piedra meteórica perdidas ya para el ojo por la ausencia de luz. Se trataba de la pequeña sala de detrás del trono, la sala dispuesta para que los palafreneros y portadores de los escabeles aparecieran por un lateral acarreando lo que les fuera indicado por la realeza. La sala del trono era mucho más grande, más vacía, oscura y fría y ni decenas de hogueras de mayor entidad que ésta, casi un cachorro de hoguera recién nacida y temblorosa, podían haberla ni calentado ni iluminado mínimamente.
Le había dolido realmente arrojar a las exiguas llamas el retrato de la reina Zagrovia, pero más le dolían sus ateridos dedos y sus articulaciones. Además, una vez destruidos los enjoyados tronos gemelos que procedían de las primeras generaciones de reyes del planeta primigenio y los tapices eróticos del periodo de la república de comerciantes, se le hizo más sencillo, aunque tuvo que contener un suspiro el instante antes de dejar que la belleza de la reina, en sus años de juventud, fuera mancillada por las anaranjadas lenguas de fuego.
Fuera de la sala solo había frío. No había espacio para nada más. Tan sólo frío, un frío oscuro que no necesitaba más acompañantes en su invasión de todo el planeta. Unas pequeñas ondas con algo de luz y calor avanzaban unos metros a partir de la hoguera, pero el frío aguardaba tras la frontera. Y fuera del castillo, el frío ya había engullido aldeas y bosques, minas y presas, cementerios, puertos, espaciopuertos, burdeles… Nada resistía al frío, a los copos de nieve que caían en hordas y que cuajaban de inmediato cayeran donde cayeran asimilando toda superficie un una unidad blanca y fría. Si hubiera habido algún ser vivo que hubiese vuelto su cabeza hacia la noche podría haber visto como los copos de nieve eclipsaban el número de estrellas, cayendo con un silencio eficiente como el del espacio entre las constelaciones.
El retrato comenzaba a ser tan solo una serie de diminutas brasas, que brillaban arrodilladas a los pies de unas llamas que menguaban más a cada instante, olvidando su antigua gloria,  como si no fueran solo ellas las que se extinguirían, si no todo el fuego y todas las hogueras de la galaxia, los conceptos mismos de calor y luz eran engullidos por el frío y la oscuridad para no ser contemplados por seres vivos nunca más.
No quedaba ya nada para alimentar a la moribunda hoguera, el retrato había sido lo último que había estado guardando, la sonrisa de la reina le estaba calentando el corazón a la luz temblorosa y ondulante, pero finalmente optó por que sería mejor que le calentara los huesos y las manos. Y ahora, el recuerdo de la sonrisa desaparecida era como el picor de un miembro cercenado o la piel de una vieja herida de guerra que tiraba alguna vez en las veladas de recuerdo de las antiguas batallas. No dolía más que el frío, nada dolía más que el frío, pero su ausencia parecía conseguir que el círculo de luz y calor se redujera unos centímetros.
Fuera del círculo de luz los cadáveres congelados le sonreían, compartiendo un secreto que más pronto o más tarde le revelarían, quietos, regios, como estatuas de bronce en las profundidades marinas, con el frío nadando a su alrededor como peces despreocupados y olvidadizos. Había arrojado ya las partes de sus ropas que pudo arrancar con un tirón seco, y solo de los cadáveres más cercanos, aquellos que permitían ver la hoguera y que estuvieran a una distancia que permitiese aguantar la respiración para que el hielo no habitara en sus pulmones y fuera una más de las estatuas sonrientes sobre el mármol helado y resbaladizo como las joyas muertas enterradas con los reyes en los panteones familiares.
Entre los estertores de la hoguera y el crujido de la nieve presionando las vidrieras, oyó algo un ligero susurro, una discreta llamada, muy silenciosa para que el frío no pudiera escucharla. Se levantó y sin perder de vista las brasas, ya no quedaba nada del esplendor de unas llamas, se dirigió hacia el sonido. Parecía una risa, un tarareo simpático y una espera entre silbidos. Se le sumó un olor agradable, a sábanas limpias y a incienso puro, el olor de una habitación real. Una cara pálida, suave como el alabastro dejaba destacar una sonrisa irónica, de suficiencia, solo a un lado de los labios fruncidos. La reina Zagrovia alargó sus delgados brazos, sus pulseras tintinearon con amabilidad, sus pies descalzos se deslizaron por el hielo encima del mármol. El calor emanaba de su cuerpo y prometía el fin de todas las desdichas, un abrazo y todo se arreglaría. Nada importaría ya entre los brazos de la reina más famosa de la galaxia, fallecida hacia más de mil años, con su cara enterrada en su cuello y sus manos acariciando su pelo mientras le susurraba que el calor volvería y el frío se retiraría para dejar pie a una primavera eterna de meriendas bajo los árboles con música y alcohol, chapuzones en los arroyos de montaña y el sexo sudoroso bajo las estrellas fugaces en las efímeras noches de verano…
Sonreía, como el resto de cadáveres, como una estatua con una pátina esmaltada, abrazado a una columna, a varios pasos de los restos de una hoguera, ya fría, apagada, en la helada sala contigua a la helada sala del trono. Todo era ya frío.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Hola mundo.

Tras enterarme del fascinante concepto empleado en programación "hola mundo". Ésto se ha escrito casi solo:


“Hola mundo” se podía leer escrito con pulcras letras en el horizonte anaranjado, jugoso como el néctar de una granada y luminoso como una tarta de cumpleaños en una habitación a oscuras. “Hola mundo”.
La vegetación selvática se mecía con elegancia como las niñas que aprenden a bailar guiadas por las manos expertas de una buena profesora de danza gracias al viento que, como compensación, se perfumaba con el olor fresco y primigenio de los titánicos tallos verdes flexibles como la misma vida.
Los volcanes rugían a lo lejos, como mamuts copulando, compartiendo la alegría de la nueva vida desde las profundidades del mundo recién creado en un cúmulo de ceniza, lava y calor pegajoso, lanzando al cielo brillante el confeti que celebraba el nacimiento de un nuevo mundo.
Programar en un entorno de realidad virtual no era tan fácil como los estudiantes de programación podían creer. La ventaja para los más imaginativos o para quienes precisaran de visualizar cada fragmento de código era que podía uno meterse en el programa mientras se iba creando, para poder elevarse así con cada sillar de la catedral que surgía de las sucias calles embarradas de la aldea. Pero con eso no bastaba, el lenguaje de programación tenía que seguir siendo utilizado, el pensamiento puro, sin lenguaje no bastaba. Por eso siempre le ayudaba pensar en términos evolutivos. Así,  para las primeras líneas de programa, tratara éste de lo que tratara, visualizar un nuevo planeta en formación era lo más adecuado: Los cráteres de meteoritos recién excavados, todavía perlados con los restos de hielos de los cometas; Todos los continentes durmiendo juntos, abrazados durante una noche cálida de millones de años; pantanos burbujeantes y preñados de vida primitiva, en los que, en líneas de código posteriores se hundirían los dinosaurios para que sus huesos durmieran también juntos arropados en el suave alquitrán, y que serían clonados en las últimas líneas del programa para volver a caminar orgullosos por los nuevos pantanos holográficos que los seres de energía pura que gobernaban el planeta habían creado para su solaz…
“Hola mundo” era lo más básico, un inicio modesto pero que permitía entender cómo es el entorno de programación, la estructura básica del programa. El propio entorno saludaba a su creador, siguiendo sus instrucciones, junto con las nubes de mosquitos gigantes, los escurridizos trilobites y los primeros anfibios que salen de las aguas de amatista para seguir la yincana evolutiva subiendo a los árboles y volviendo a bajar de ellos.
Los volcanes se callaron, la lava se serenó y se dedicó a reposar su furia bajo la tierra, las criaturas que bajaron de los árboles se escondieron en las cuevas, utilizando el fuego robado a los rayos para ahuyentar a los depredadores más peligrosos y para calentar la carne de los herbívoros más lentos. Mientras, las líneas de código avanzaban línea tras línea construyendo los rudimentos del programa con cada movimiento preciso con el guante de realidad virtual.
Las chispas saltaban con la aparición de las nuevas herramientas de metal y las tribus se aniquilaban unas a otras por las vetas del preciado mineral en bruto y las líneas avanzaban más y más deprisa cada vez… Castillos, catedrales, lonjas de comercio y barcos para surcar los océanos tenidos por infinitos, carros, carros de hierro que se movían solos, palos de fuego… Ordenadores y realidad virtual. Y una manera de programar visualizándolo todo, de modo que al final todo evolucionara en un programador que, con su guante de realidad virtual, tratara de empezar un nuevo programa con un sencillo inicio, escribiendo en el anaranjado horizonte: “Hola mundo”.