jueves, 16 de enero de 2014

Espartero exterminador de monstruos, capítulo 7

Pues he tardado pero ya está el séptimo capítulo (borrador, en realidad, que le quedan algunos retoques) de Espartero. Ya nos metemos en la segunda parte de la historia, el segundo acto, si nos ponemos técnicos. Vamos con ello:



CAPÍTULO 7: EN COMPAÑÍA DE LOBOS.

La contienda ya había estallado y no quedaba modo alguno, ni tan siquiera un resquicio, que permitiera excusarse ahora pretendiendo que no se había querido ofender a la señorita, presentar sinceras disculpas aliñadas con genuflexiones y retirarse en cuanto el criado te trajera el bastón y los guantes. Una vez que salpica el suelo la sangre de un joven abatido por otro a quien ni conocía previamente y a quien hasta ahora no le había deseado ningún mal, tan solo queda tratar de ser del bando que más alimente la tierra con cadáveres enemigos.

Por su fuera poco tener que lidiar con Zumalacárregui en el norte, que si bien era cierto que le estaba costando bastante más hacerse con las grandes ciudades que como se había ido haciendo hasta el momento con todas las zonas rurales, ahora también otro general, Ramón Cabrera, se había sublevado por Levante y a un alto mando isabelino oligofrénico, valga la redundancia, no se le ocurrió otra idea mejor que mandar fusilar a su madre para demostrar que la traición se paga. Ignoro con qué tipo de apoyos sobrenaturales contará el Tigre del Maestrazgo, ya habrá tiempo de enterarse, de momento bastante tengo con ocuparme del norte de la península, del aquí y el ahora, dónde mi batallón puede empezar a tener problemas serios de verdad en medio de este valle nevado.

-          Son huellas de lobo, en efecto.- Me comunica orgulloso el capitán de exploradores, como si hubiera descubierto una especie de animal desconocida para la ciencia, cuando es algo que cualquier hijo de pastor aprende a los cuatro años. – Y son bastante grandes, y numerosas, además. Una manada de lobos de gran tamaño no debe andar muy lejos de por aquí.

-          ¡Qué haces, insensato! – Le grito mientras le agarro la mano que iba directa a la boca tras coger un poco del agua que almacenaba la huella más grande.

-          Solo iba a beber un poco de agua, mi general. – Se excusa casi tartamudeando.- Siempre se ha dicho que beber agua depositada en la huella de un lobo da suerte.

-          ¡Cómo va a dar suerte, botarate!, para empezar, ya deben haber bebido de ella todos los bichos del bosque y algunos hasta habrán marcado el territorio. ¡Lo menos que puedes pillar es la rabia! – Me abstengo de comentar que además beber directamente del agua de una huella de lobo es uno de los métodos más fiables para convertirte en licántropo.

-          ¡Mi general!- Me llama a mis espaldas uno de mis hombres- Hemos encontrado los restos del batallón perdido, están…

-          Muertos, sí. Lamentablemente era lo que esperábamos.

-          Pero es que… Además están…- “devorados”, termino mentalmente la frase mientras le hago callar con un gesto de mi mano, indicando que lo sé y que ya voy para allá, que ha dejado de ser su problema. Con ese simple gesto respira aliviado.

Debajo de unos árboles cuyas ramas sostienen con esfuerzo unas costras de nieve helada, tan rígida como la mortaja de un leproso, los restos del batallón se extienden por un pequeño claro, alrededor de una hoguera totalmente consumida. Los desastres de la guerra pintados por Goya son una estampa de un catecismo infantil comparado con esto.

-          Les han devorado los lobos.- Sentencia solemne el capitán de exploradores, con su don innato para señalar la evidencia.- Que el señor les tenga en su gloria.

-          En su gloria no sé si estarán, pero en el estómago de unos lobos seguro.- Tras callarme unos segundo, me doy la vuelta para dirigirme a todos- Por eso, cuando ordeno que no se enciendan fuegos no es por que me guste que se os congelen las pelotas, es porque las hogueras atraen a los lobos. Y si no tenéis más remedio, si os digo que entonces queméis raíces de acónito en ellas es porque el olor de la combustión repele a las fieras, no porque mi familia tenga una herboristería en la calle cuchilleros.

-          ¿Su familia tiene una herboristería en la calle cuchilleros? – Pregunta, cómo no, el capitán.

-          Era... Una forma de hablar.- Seguramente el acónito quemado no haría más que hacer que los hombres lobo se lo pensaran un poco antes de acercarse a la hoguera ante el miedo de que realmente tuviesen acónito contra ellos, sobre todo porque lo dañino para ellos es la flor y no la raíz, pero el humo de una hoguera llega lejos y por lo menos ocultaría todos los otros olores que lleva un destacamento militar con ellos y que para los licántropos equivale a la promesa de un banquete en el Valhalla.- Tengo que comprobar una cosa, mientras que todos los exploradores salgan a dar una batida y busquen cualquier cosa que os parezca extraña. Avisadme cuando lo veáis.

-          ¿Algo extraño como qué?, mi general.- En esta ocasión, debo reconocer que la pregunta del capitán es más o menos pertinente.

-          Lo sabréis cuando lo veáis. – Porque decir “lo que parecen pieles humanas bien colgadas de una rama o bien recogidas debajo de unas raíces” no me haría quedar muy bien delante de la tropa.- El resto, armas a punto, preparadas para disparar a la primera de cambio. Los lobos pueden volver a atacar en cualquier momento.

Vengo preparado para casi todo lo que Zumalacárregui pueda lanzarme, así que saco de mi mochila un gran cirio pascual consagrado, lo enciendo y, tras esperar un poco, vierto unas gotas de cera sobre la culata de mi fusil. Es un truco que me enseñó un abad de Normandía y que suele funcionar con algunos tipos de hombres lobo. Aviso al resto del pelotón para que vengan a hacer lo mismo, con la excusa de que dará suerte, la infantería es mucho menos supersticiosa que la marina, pero nadie dice que no a cualquier cosa que otra persona diga que da suerte, siempre que no suponga riesgo para la integridad, ni haga quedar en ridículo.

-          Se acerca el invierno. – Vuelve a sentenciar el capitán mientras tirita.

-          ¿Por qué les ha dado a todos este año por decir esa chorrada de frase? ¡Se ha puesto de moda hasta en palacio! ¿Qué espera la gente que llegue en noviembre, la primavera?- Me distraigo solo unos segundos al girar la cabeza hacia él, pero es lo suficiente para encontrarme un lobo gigantesco en pleno salto y casi al lado de mi cara en cuanto vuelvo a orientarla hacia donde debería estar mirando.

Mi instinto militar no me falla y disparo al animal justo en el pecho, un poco por debajo de sus fauces abiertas y negras como la entrada a un mausoleo. Oigo más disparos que siguen al mío, pero entrelazados, como en un baile palaciego o en unos tapices, con aullidos de lobo y humanos. No me quedo a mirar como ha quedado mi lobo y ni siquiera veo cómo ha caído, le doy por muerto, me giro sin mirar atrás, recargo y continúo disparando contra el resto de la manada. Los estallidos resuenan por el valle y hacen que la nieve de las ramas caiga asustada sobre nosotros y de repente la quietud que vivía feliz aquí se ha tornado en una algarabía frenética. Cinco lobos han sido abatidos y solo hemos de lamentar dos bajas en nuestras filas, bueno, yo también lamento que no haya muerto el capitán, pero es una maldad mía. La enorme ventaja es que los muertos son definitivos y no hay nadie con mordeduras ni arañazos. Si son el tipo de licántropo que creo que son el mordisco no convertirá a nadie en uno de los suyos, pero es mejor no correr riesgos.

-          ¡Vaya lobos más grandes!, ese casi parece un pony.- Ríe un soldado con el nerviosismo posterior al haber sobrevivido a un encuentro con la muerte.

-          Y nadie parece volver a convertirse en humano.- Comenta otro de ellos, el que parece más joven,

-          ¿Cómo dices, soldado?- Le pregunto con un tono autoritario. Con un tono autoritario y un rango militar por encima de cabo, puedes entrar en cualquier parte y conseguir que la gente te cuente casi todo. Yo he conseguido intimidar a secretarios reales y hacer que me trajeran el café y todo.

-          Es que… verá, señor, sé que son tonterías, pero es que entre la tropa se cuentan cosas raras. Y además, mi abuela, cuando se enteró que me vendría a los bosques del norte, me estuvo contando historias sobre lobisomes y  brujas.

-          A las abuelas hay que hacerlas caso siempre.- Y con esta aseveración parece que se cierra la ronda de preguntas sin que tampoco haya tenido que contar la verdad, ni que decir tampoco ninguna mentira.

Mis sospechas se confirman cuando al cabo de poco llegan los exploradores, quienes han regresado lo más rápido que han podido en cuanto oído los disparos. Como  también venían nerviosos por lo que han visto es necesario un momento de asentar la cabeza, así que tras un cigarro rápido, juntar entre todos los restos desperdigados de los dos cadáveres para enterrarlos con posterioridad y sentir como fluye la conexión entre supervivientes creando un lazo que será difícil de romper, me dispongo a continuar con el trabajo dejándome guiar hacia lo que ya sé que me voy a encontrar.

Como había predicho, debajo de unas raíces estaban escondidas unas pieles humanas. Diez en total. Extenderlas en el suelo fue algo la mar de raro, diez pieles enteras, desde el cuero cabelludo a los dedos de los pies, con una pequeña abertura en la espalda, lo que parecía estar dispuestas para ser utilizadas como un disfraz de carnaval o un hábito de procesión.

-          Lo mejor será quemarlas.- Dice uno de los soldados sin dar mucho crédito a lo que está viendo.

-          ¿No tenemos nada grande de plata?- Pregunta el capitán mientras aferra con su mano derecha un pequeño crucifijo que lleva colgado al cuello como si quisiera evitar que lo cogiera para meterlo en las pieles al instante. La plata no va a servir en este caso, pero querría una segunda opinión.

-          ¿Qué decía su abuela de un caso como éste?- Pregunto al joven de la abuela sabia.

-          ¿Puedo ser sincero señor?

-          Por supuesto. Conmigo siempre. Lo peor que puede pasar es que te lleves una hostia si es una tontería muy grande, pero te garantizo que al menos te escucharé antes. Y que, generalmente, las ideas de los soldados son mucho más sensatas que las de los oficiales. Además, su abuela ya ha demostrado ser una mujer a quien hacer caso.

-          Mi abuela dijo, y me parecía que chocheaba cuando lo decía, que si veíamos algo así lo que había que hacer era echar sal en las pieles y dejarlas dónde estaban. Pero no sé por qué, ni cómo pudo saber que nos lo íbamos a encontrar.- Buena pregunta, me la anoto mentalmente para contestarla en cuanto pueda.

-          Ya le habéis oído, soldados. ¡Sal en las pieles y a dejarlas en su sitio!- Comando.

-          Pero… ¿de dónde vamos a sacar la sal?

-          La de los huevos duros del avituallamiento.

-          Mi general, es que un huevo duro sin sal está muy soso.

-          Cuando volvamos al campamento os daré sal para curar catorce cochinos y, además, alcohol de los oficiales, que es bastante mejor que el barniz para muebles que bebéis a mis espaldas.- Y así, entre vítores, evito contestar a la pregunta de por qué echar sal a las pieles.

Loup-garou. Uno de los tipos de hombre lobo más peligrosos que existen, porque no son pobres diablos que por una maldición o un arañazo se convierten en animal cuando brilla en lo alto de la noche la luna llena. Ellos son lobos, lobos extremadamente crueles e inteligentes, descendientes de una especie que se pierde en la prehistoria, cuando el fuego era el único aliado de los primeros hombres y cuando las leyendas podían salvar más vidas en una tribu que un arsenal de hachas de piedra. Todas las historias de monstruos en la noche, de criaturas que se alimentan de los hombres, del terror a la oscuridad y de la necesidad de no salirse nunca del camino nacen con ellos.  Son lobos que se visten con pieles humanas para caminar entre nosotros, para engañarnos, distraernos, conseguir llevarnos a su guarida… Y mientras lo hacen disfrutar del olor de la carne y la sangre que gozarán en breve. Eso significa que por la zona, en algún pueblo, habrá un grupo de aldeanos que no son lo que parecen. La sal les matará en cuanto vuelvan a ponerse la piel y de una manera dolorosa. En realidad debería hacerse al revés, echar la sal en las pieles de lobo y no en las humanas, pero espero que sirva lo mismo, la magia es como las recetas de repostería, se hacen igual siempre porque existe el miedo de que el soufflé no salga bien si se realiza aunque sea un paso ligeramente diferente. La parte negativa es que no creo que se vistan todos a la vez, así que solo morirán los primeros, el resto se molestarán mucho, se verán acorralados y seguramente lancen un ataque directo contra nosotros, pero si nos atrincheramos en el pueblo podremos con ellos, al menos ya no podrán engañarnos haciéndose pasar por humanos.

Así que enterramos a los muertos, digo unas palabras de ánimo y, tras mirar el mapa, nos dirigimos al pueblo más cercano para terminar con esto.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Espartero exterminador de monstruos, capítulo 6

Con el sexto capítulo quiero terminar la primera parte, que se llamará algo así como "panderetas de guerra". Ya me pondré a revisarlos del todo, añadir alguna cosa que no esté clara y ver cómo se van terminando del todo. Y a ver si me planteo hacer algo serio con ello.
Pues eso, que vamos con ello:




CAPÍTULO 6: LA MÁS NEGRA DE LAS GUERRAS
Del río Manzanares, tan escueto y frugal que sería del gusto de los carlistas mucho más que los ríos del norte, se desenrosca imitando la cautela de una serpiente una espesa niebla con la aviesa intención de conocer a todos y cada uno de tus huesos en el sentido bíblico del término, y no abandonarlos ya aunque tú más adelante quieras pasar más tiempo con una agradable chimenea que los trata mejor. Y lo hace aprovechando la oscuridad de una noche nublada en las que las estrellas se han buscado las muy malditas, poniendo cualquier excusa, otra cosa mejor que hacer para no entorpecer el tétrico escenario y dejar que la negrura lo engulla todo hasta quedar ahíta. Unas huertas tristes y algo anegadas por la lluvia de toda la semana aguantan con esfuerzo el opresivo peso de esta noche tan cerrada, tanto que hasta los trolls de debajo del Puente de Segovia, con los que ya solo hablan los niños abandonados y quienes aspiran pegamento, han preferido atravesar el primer portal que han encontrado a Arcadia. Las pequeñas casas de los campesinos tampoco dejan percibir luz alguna en su interior, así que todos los elementos se han conjurado para que el negro se yerga triunfante en su pedestal esta noche; El efecto conseguido es que en varias leguas alrededor todo ser vivo contiene la respiración para proceder de inmediato a rezar o maldecir, según su carácter, anticipando el desastre venidero. Pero no todo el mérito le corresponde a la noche, ya que todo el paisaje espiritual del el país entero siente como una única criatura la amenaza y se encoge temeroso como los perros ante una tormenta inminente. Zumalacárregui y yo estamos removiendo demasiado las maderas podridas del edificio de la España oculta y las termitas ya comienzan a salir, entendiendo que su banquete terminará en breve de una forma o de otra.

La Quinta del Sordo emerge como un pequeño islote de solidez en el mar cambiante y fluido de la noche, ni siquiera los voraces jirones de niebla consiguen desdibujar del todo sus trazos básicos, del mismo modo que la razón no cambia a un fundamentalista religioso aunque pueda parecerlo. A pesar de todo, un acercamiento mayor terminará por concluir que el edificio no es de tan buena construcción como pudiera parecer en un primer vistazo y los estragos del tiempo, y sobre todo del ahorro en materiales, empiezan ya a hacerse más que evidentes, en forma de vigas de madera hundidas, tejas que prefieren celebrar sus reuniones subversivas en el suelo, en vez de en el tejado y desconchones que aparecen por toda la fachada principal como si una vieja actriz de teatro se desmaquillara una vez que toda la platea se ha retirado y piensa que está sola en el camerino. 

Fue Godoy quien me habló por vez primera de este singular sitio, el lugar donde, antes de exiliarse a Burdeos, se retiró huyendo del mundo Francisco de Goya y en el que ya perdió del todo la cabeza y le dio por pintar en las paredes unos frescos que eran completamente aberrantes. Si consideramos que el término aberrante para Godoy era bastante laxo, tenía que contemplar las pinturas con mis propios ojos. Me impresionaron tanto o más que los grabados originales sobre los desastres de la guerra que ya había visto; Más todavía cuando entendí que Goya estaba encerrando en sus dibujos conceptos de una fuerza terrible, trazando en el papel o en los muros unas jaulas ontológicas para atenuar el impacto de tales conceptos en la realidad. La verdad es que lo hacía sin ser consciente, claro, llevado en parihuelas por los vapores de los barnices para la pintura y la mala combustión de su estufa, pero lo que cuenta al final para la magia es el resultado.  Como voy a necesitar empaparme de estos elementos antes de partir al norte, pensé que una inmersión nocturna en la Quinta era lo necesario. Espero que esta vez el espíritu del pintor no sea tan pesado como la fue la última vez, si no llega a ser porque le mentí diciéndole que fui yo quien exhumó su cadáver en Burdeos para conseguir la cabeza y que estaba en mi poder, esa noche las cosas pudieron ponerse mucho peores. Su cabeza, lo más seguro, as que acabase en el estudio de un frenólogo que no podía pagarse un esqueleto entero como los médicos de verdad.

Voy caminando despacio a lo largo de las tres plantas del edificio, ante cada pintura levanto mi farol y lo balanceo jugando con las sombras para que los dibujos se sumerjan en la nada o brillen a mi voluntad; ilumino a intervalos al aquelarre, a los combatientes a bastonazos, a toda una romería, a unos viejos comiendo sopas… Hasta que veo como otra fuente de luz compite a mis espaldas con mi farol y entiendo que el pintor ha regresado. Su imagen, pese a ser fantasmal, tiene bastante solidez y casi se puede admirar la calidad del fieltro de su sombrero negro rodeado de velas por toda su ala y se podría jurar que la cera caliente que cae goteando hasta llegar al suelo y dejar un blanco reguero es de verdad. Su rostro es inexpugnable ante cualquier intento de interpretar sus emociones, debido tanto a la penumbra como a unos ojos que dan la sensación de haber sido fabricados por un taxidermista ciego al que le dijeron cómo debían ser unos globos oculares, pero sin haber visto jamás ninguno. Un efecto aterrador más es el olor a aceite de linaza y a otros aglutinantes para el óleo que desprenden sus vestiduras y que flota de repente por toda la habitación, que hasta entonces solo contenía el olor más esperable de la humedad en el yeso.

-          ¿Vienes a ver mi obra o decirme dónde guardas mi cabeza? – Me pregunta casi al lado de mi oreja, rozando mi cuello con su ectoplasma, lo que hace que un escalofrío recorra todo mi esqueleto y se quede un rato más justo debajo del cráneo.
-          A ver su obra, maestro, la cabeza, como ya le dije, la enterraré con el resto de sus huesos a su debido tiempo.
-          ¿CÓMO?- Me grita mientras saca una trompetilla dorada de su faja y se la lleva a su oreja.
-          Francisco, en serio, eres un fantasma, cojones, ¡no puedes seguir siendo sordo! ¡Deja de hacer el tonto! Que pareces absolutista.
-          Es la costumbre, no hacía falta ponerse así.
-          No tienes muchas visitas, ¿verdad?
-          La gente, que le da por decir que el lugar está embrujado y que las pinturas son desasosegantes. ¿A ti te lo parecen?
-          Impactantes yo diría más bien – Le miento mientras delante de mis ojos, Saturno devora a uno de sus hijos aplaudido por el ir y venir de las velas del sombrero del fantasma de Goya. He visto pocas cosas más aterradoras en mi vida y eso que conozco un edificio en Madrid que tiene una habitación con una ventana interior que da al infierno.
-          En el más allá están empezando a proliferar las apuestas entre vuestro duelo mágico - Comenta como quien no quiere la cosa.- El general Espartero contra el general Zumalacárregui. La magia de la naturaleza y de nuestros ancestros contra la magia urbana y moderna. Todo es expectación más allá del éter. La verdad es que el carlismo o el liberalismo como ideologías políticas no le interesa a nadie.
-          ¿Y cómo van esas apuestas? Supongo que Tomás ya habrá pactado con algunos aquelarres y eso le estará dando ventaja, ¿no? – Inquiero sin atreverme a preguntarle sobre qué puede uno apostarse en la otra vida.
-          No solo por eso, aunque empezó con ventaja, sí. Pero, ¡amigo!, los objetos de la sala segura del Escorial también cotizan alto. Así que hay ahora una igualdad bastante seria entre los apostantes.
-          Pues ya sabes, si me ayudas un poco y apuestas por mí, el resultado irá a tu favor. – Trato de llevarle a mi terreno, sabiendo que no conseguiré nada, pero aun así hago el intento, como quien se agarra a un bote enemigo del que te acaban de arrojar al agua.
-          Eso no puede hacerse.- Me contesta patibulariamente.
-          ¡Serás el primer fantasma que lo hace!
-          Por eso, porque no soy el primero y sé lo que te pasa si lo haces.- Termina de zanjar, con tanta solemnidad que prefiero no presionarle más.
-          Bueno, pues tranquilo que no te pediré nada, tan solo me pasearé por tu antigua casa, contemplaré con calma y detenimiento tu obra maestra y si quieres te daré conversación, pero no exigiré nada más. ¿Te parece bien? – Trato de terciar.
-          Perfecto- Me dice mientras se lleva sus brazos a la espalda como si fuese a dar un paseo por el parque con un amigo en una agradable tarde de domingo.

 Sin embargo, el espectro del genio de la pintura es mucho mejor compañero de paseos que cualquier ser vivo, de hecho mejor porque no se le oye ni respirar. Camina con paso seguro, se detiene cuando yo lo hago y si le pregunto algún detalle concreto sobre una pintura en particular no se deshace en explicaciones floridas pero huecas como un suflé, de esas que tanto le gusta desflorar a los artistas entre sablazo y sablazo, sino que trata de ser lo más certero posible, por lo que toda la información que me proporciona me resulta del todo útil para mi propósito. Debo alimentarme de guerra, de negrura, debo saber que lo mismo es necesario devorar a mis soldados para continuar yo el avance y asegurarme de terminar el último en pie cuando los cañones se agoten y solo nos quede darnos de bastonazos en los páramos más olvidados de la meseta. Cuando estos conceptos atrapados por Goya en estas paredes me asalten y busquen acomodo en mi interior, podré desatarlos yo cuando no quede otra solución. Aunque tampoco debo excederme, un sorbo de buen brandy reconforta para las largas jornadas, pero si bebes la botella entera solo puede causarte daños irreparables. Y a efectos de las sensaciones físicas que provocan las pinturas negras no son brandy, sino más bien aguarrás.
Así que finalmente llego al cuadro del coloso, la figura imparable que aplasta todo a su paso.

-          Es el símbolo del absolutismo- Me dice lacónicamente.- El gigante que acabará ciegamente con todo sin darse cuenta de si pisa a amigos o a enemigos, porque no quiere otra cosa que no sea aplastarlo todo.
-          Lo sé, Francisco. – Precisamente por eso será la última pintura que veré, me llevaré, así, conmigo parte del concepto de absolutismo para entender su pensamiento y para abusar de él cuando me enfrente a sus portaestandartes.
-          Pues Godoy no lo captó. Dijo no sé qué de Gulliver o de los Titanes o qué sé yo. Y pensar que a mí me parecía un simbolismo bastante burdo y evidente…
-          Nuestro pecado es que comenzamos confiando mucho en la gente y de ahí solo podemos terminar en el extremo opuesto.- Le respondo mientras, instintivamente, le poso una mano el hombro como haría con un camarada, pero mi brazo le atraviesa y hace que su imagen se disperse un poco como las ondas en un estanque cuando los patos lo atraviesan. 

Tras eso la conexión de Goya con este plano parece perder fuerzas y ya cada vez es más difícil poder captar su imagen u oír del todo sus frases. Su ser se va alejando como el eco que rebota en los desfiladeros de montañas, cuando oyes el último retazo ya parece que la voz original había desaparecido hacía mucho. Sin embargo el olor a pintura y a la cera de las velas todavía persiste y se resiste a abandonar la casa.

Cuando me subo a Pollón y hago que empiece a trotar, la niebla ya sí ha conseguido engullir del todo al edificio, así que tengo la sensación de haber salido de una catástrofe a tiempo, antes de que el maelstrom arrastrara a mi barco a las profundidades abisales. Cuando galopa ganando velocidad y avanzamos un buen trecho trecho, la civilización parece haber surgido de la nada. Así que dejando atrás la ermita de San jerónimo, sigo pensando en la esencia del absolutismo como una fuerza imparable que, por definición  no puede ser detenida. Como mucho contrarrestada, pero… ¿Cómo hago para encontrar un concepto que equivalga a un objeto inamovible?

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Espartero exterminador de monstruos: Capítulo 5

Tras milenios sin actualizar nada, la inspiración no me abandona y Espartero se está escribiendo solo. Vamos con el quinto. Jo, mira que si al final sale algo de aquí...




CAPÍTULO 5: LA FE MUEVE MONTAÑAS
El pobre cura le pone mucho interés, pero entre sus evidentes problemas de dicción, la gesticulación excesiva y los arranques de una tos tan terrible que daría lástima a un tuberculoso, la homilía está siendo del todo inaguantable: “Monadca legítimo” –aspaviento-aspaviento- “Dey defensod de los fuedos! – Tos- tos- convulsión- “El señod edtadá de nuedto lado” – Tos- aspaviento – respiración ahogada – “Pod Diod, la patdia y el dey modidemos nosotdos también” – Gesticulación acompañada de estertores – tos continuada -… Y así lleva unos interminables minutos que solo podrían hacerse más largos en el quinto círculo del infierno.
Por si fuera poco en la iglesia hace realmente frío, pero no el frío agradable y natural que tanto me agrada, el tipo de frío que mora por los bosques y que acompaña al lobo en su cacería, sino el frío húmedo y estanco que se esconde con cobardía en lo profundo de las minas y en casi todas las iglesias y que sierra lentamente las articulaciones, consiguiendo que los hombres más robustos caigan al final, de improviso, como una muralla ciclópea barrenada por hábiles zapadores. Las caras de los parroquianos están enrojecidas por el frío y el fervor religioso, siendo casi imposible discernir a quién le corresponde cada matiz de rojo. Algunos se soplan los dedos que sobresalen tímidos de unos mitones cortados, patean con suavidad el suelo para calentar las piernas y se santiguan a continuación como para pedir perdón por desatender al sacerdote mientras evitan morir de congelación. Sin embargo las ancianas viudas parecen fabricadas con otro material, llevan de rodillas toda la misa encima de unos bancos de madera angulosa, parecen poder soportar todo lo que les va sirviendo la vida en una herrumbrosa bandeja llena de horrores y pesares comiéndoselo todo sin cambiar el gesto. Tan solo manejan con destreza las cuentas de un rosario que debía de ser ya viejo cuando cayeron las primeras piedras del rayo, que es como llaman aquí a las tallas prehistóricas, y musitan sus letanías como si de verdad, sin el menor atisbo de duda, creyeran que al final de todo disfrutarán del paraíso y todo esto no es más que un corto trámite. Muchas veces las envidio.

Detrás del párroco un retablo descolorido que narra el pintoresco martirio de San Cucufate sirve de telón de fondo para una tarde de espanto. Juro que a veces también envidio al mártir. Sobre todo cuando recuerdo que lo peor estará por venir, la velada de chocolate con picatostes que nos ofrecerán a los oficiales, como muestra de dedicación a la causa, las damas de alta alcurnia de la provincia. Cierto es que necesitamos apoyos, suministros, dinero y elementos subversivos dentro de los civiles, pero mientras jugamos a todo esto, Espartero ya debe haber enviado a varios espías al frente y tiene que estar a punto de cruzar el Tajo. No sé si se demorará en Toledo buscando aliados entre los cabalistas judíos o empezará ya a atacar con las fuerzas de las que dispone nuestras posiciones más meridionales y menos atendidas; pero sea como sea, deberíamos dejar estas reuniones sociales para cuando hayamos coronado al rey Carlos y ya pueda enviar a subalternos a sufrir en mi nombre odiseas de este jaez mientras yo disfruto pescando truchas de los ríos de mi propio ducado recién conseguido. 

Como no podría ser de otro modo, la merienda de chocolate es peor de lo que podría llegar a esperarse. He sido torturado un par de veces en diversas guerras y cuando los civiles te dicen sin inmutarse que lo peor de la tortura es la espera es porque no saben ni por asomo de qué narices están hablando y el peor dolor que han sufrido esos bocazas ha sido un uñero. Imaginarme a las beatas comiendo chocolate y hablando con la boca llena era bastante malo, pero sufrirlo no tiene comparación posible. El párroco ha reunido a unas ocho beatas y un par de monaguillos, pero entre todos los asistentes destacan por sus intervenciones o actitudes tres señoras, cuyos nombres olvidé al instante y las renombré mentalmente por sus rasgos similares a animales: Una anciana decrépita y rugosa, la vieja grulla; una jovencita huérfana con sus dos incisivos como los de una ratita e igual de esquiva y una mujer algo oronda con grandes bolsas en los ojos, como el mapache de los bosques americanos.  El pequeño salón en el que estamos reunidos trata de imitar la fastuosidad de un palacio real, pero da más la sensación de estar decorado con todo lo brillante que alguien se hubiera encontrado en una búsqueda  a través de cientos de nidos de urracas. Candelabros capaces de cegar con su pulido, tapices de colores más violentos aún que los martirios que representan, una enorme araña de cristal que casi parece tener que encogerse por no caber en el techo y una mesa con un mantel con bordados de frutas sobre el que descansa un juego de té con motivos de animales, para estar a juego con la fauna reunida.  

-          El señor cura podrá afirmarlo con más autoridad – Dice el mapache mientras levanta una pequeña tacita de porcelana, que en sus manos se empequeñece más aún, y eleva su meñique al cielo en el gesto universal al beber de las personas de alta posición – Nuestro señor Jesucristo, en la Biblia, defiende literalmente los fusilamientos.
-          Tía – Apunta la ratita – No se puede hablar de fusilamientos en la Biblia, faltaba mucho que se inventaran las armas de fuego.
-          ¿No? ¿Seguro?, bueno, pero con arcos y ballestas también se puede fusilar y era eso lo que decía el hijo de Dios cuando vino a este mundo a salvarnos del pecado original. ¿Verdad, padre? – Y gira su cabeza con el poder de un desprendimiento de montañas, haciendo que el párroco, inmerso en la duda teológica de comerse un picatoste más o no, pegue un respingo. Intervendría diciendo que las ballestas tampoco existían en aquellos tiempos, pero es que si digo algo la conversación se alargará y es lo último que deseo en estos momentos. De todos modos seguro que el tema se desarrolla en profundidad…
-          Bueno, hijas, la violencia es un mal menod, no se debe emplead continuamente, como degocijándonos en ella. pedo si es pod una causa justa, Dios no puede menos que apoyadla.
-          Pero también en el santo libro se habla de sufrir en silencio por la fe, ahí tenemos a todos los mártires, ¿no es cierto, padre?- Pregunta la vieja grulla, con la amenaza subyacente de arrancarle el hígado con su pico si no le es dada la razón.
-          Por supuesto, hija mía, una cosa no quita la otda, Dios también apoya cuando se sufde pod él.
-          Podemos entonces fusilar a unos enemigos y dejarnos matar por otros, así agradaremos a Dios dos veces.- La Ratita acaba de ascender al rango de comandante en mi escalafón mental al que voy adscribiendo a la gente que conozco. Su agudeza no parece haber sido debidamente comprendida en esta mesa.
-          ¡Qué gran ejemplo nos han dado los mártires!- Prosigue la vieja grulla sin atender a razones – Su fuerza y entereza ante la muerte son faros de luz para los creyentes.- No tengo corazón para describirle cómo es en realidad cualquier tortura y que la entereza se pierde en el primer minuto.
-          La fe siempre prevalece, lo hizo con los santos mártires y lo hará con las fuerzas carlistas, la fe mueve montañas. – Termina de aseverar el mapache.
-          Mover montañas puede venirnos realmente bien a la hora de movilizar las tropas, ¿no es cierto, general? – Me pregunta directamente la ratita coronel, pero sin darme tiempo a responder – Nos ahorraríamos tener que cruzar los pasos de montaña y llegaríamos a los llanos del norte de Castilla mientras a los descreídos les toca atravesarlas.
-          Pues si nuestro señor quiere mover montañas las moverá, ¿a que sí padre? - Vuelve a preguntar el mapache dando a entender que las montañas se pueden trasladar de sitio, pero su cabezonería es inamovible.
-          Clado, y si no físicamente, de maneda metafódica, el espíditu santo iluminadá al general zumalacádegui y le guiadá pod los mejodes sendedos.
-          ¡Qué fácil lo va a tener! ¡No se queje, general! – Añade la ratita, que ya me está empezando a caer realmente bien.
-          Es lo que tiene luchar por una buena causa, que la mitad de la guerra ya está ganada.- Asevero taciturno, ante lo que todos asienten sin entender la ironía, mientras la ratita se tapa una risita con sus manos.
-          Pero ante la duda, yo me contendría las prisas por llegar a Madrid y coronar al rey y esperaría a que las tropas de Espartero se gastaran por el camino mientras nosotros nos aprovisionamos y pasamos el frío en plazas seguras. La corona no tiene patas y no se irá corriendo.- Y la ratita me da el mejor consejo bélico que he oído en años. Tan bueno que era exactamente lo que tenía pensado hacer.
-          ¡Ay, hija!, ¡No le digas tonterías al general! Dios quiere que el rey legítimo se corone cuanto antes y ya está. – Finaliza la vieja grulla.

Justo cuando la conversación se estaba poniendo interesante, un chiquillo al que había sobornado con un tirachinas, dos lagartijas y unos reales  para que me interrumpiera con una urgencia a mitad de la merienda, elige este momento para hacerlo.
-          ¡Señó Zumalacárregui!- Vocea con la voz impostada que habíamos ensayado.- ¡Señó Zumalacárregui!, le precisan de inmediato.
-          ¿Ahora, galopín? ¿No puede esperar?
-          Si fue usted quien me dijo que viniera a… - Y casi arruina la farsa
-          Quien te dijo que me avisaras si había una urgencia, sí, lo sé. Pero era una velada tan agradable…- Y veo en las caras de todos que realmente se lo creen, no les ha pasado nada más entretenido que esta guerra desde hace mucho y el aburrimiento es evidente. – Pues nada, gracias, chavalín, toma un picatoste por  el esfuerzo y venga, salgamos.

Tardo poco en volver al acuartelamiento a las afueras del pueblo y les pido a todos mis hombres que me dejen tranquilo que debo concentrarme, pero dos interrupciones hicieron que me resultara imposible, la primera fue a los escasos minutos de sentarme y encender una pipa. Un joven soldado insistió en verme y le dejé pasar por su vehemencia.
-          Mi general, perdone que le moleste, pero es que creo que es importante.- Me dice mientras mantiene con bastante eficiencia el saludo marcial.
-          Claro, cuéntame. Y descansa.
-          Verá… ¿Puedo serle sincero? Lo necesitaría para poder contarle bien la historia.
-          Por favor.
-          Pues… Esta tarde unos compañeros y yo nos fuimos a… Esto… a…
-          De putas. Vale. Es normal en la guerra, no sabes cuándo, ni siquiera si, vas a volver a casa y la paga en el bolsillo te la puede robar cualquiera. Prosigue.
-          Bueno, yo estoy prometido y solo fui a acompañarles… Pero… Mientras les esperaba una de las mujeres me dio esto para usted.- Y me entrega lo que parece una moneda antigua de plata.- Insistió en que era vital que se la entregara en persona.
-          ¿Una moneda de plata? ¿Y no se te ocurrió quedártela?
-          ¡Jamás, mi general! ¡Me dijeron que era para usted! ¿Por quién me toma, por un urbano?
-          Has hecho muy bien, estoy muy satisfecho. Muchas gracias. ¿Dieron alguna instrucción más?
-          Nada más, señor, solo quería que usted la tuviera para que le diera suerte y ella no se atrevió a hacerlo.
-          Excelente. Gracias de nuevo,  dile al intendente de mi parte que durante esta semana te doble el rancho.

Una moneda de plata. La miro a la luz de las velas y salgo de mi tienda para hacer lo propio a la luz de la luna. Brilla como si fuera líquida, a pesar de ser muy antigua y tener sus inscripciones y tallas prácticamente borradas. Pero no era la única sorpresa de la noche, la segunda es la llegada del primer enviado del conde. No me esperaba una mujer y menos de tanta belleza. Pero sobre todo no me esperaba que alguien pudiera tener los colmillos tan desarrollados y que su piel pálida brillara a la luz de la luna bastante más que la moneda de plata.