domingo, 16 de junio de 2013

Palabra de seguridad (VII)

Vamos con un avance más, despacito, eso sí. Y a ver si esta vez consigo que no se me desmierde al autoformato, los colores y esas cosas:

Cuando ya hace mucho que el corazón nuclear de los soles exhaló su último aliento y completó la última reacción de su interior dejando paso al frío y a la oscuridad, la luz de las estrellas extintas continúa todavía brillando con apariencia de eternidad en el cielo nocturno; en esa envolvente cúpula de obsidiana que hasta hace poco encerraba a los primates en el barro mientras les tentaba cruelmente con el destello, inalcanzables, de infinitas joyas relucientes, haciéndoles dolorosamente conscientes de que jamás disfrutarían de con su tacto y posesión.  El fulgor resistía allá arriba, incansable y vigilante, velando las armas de todo el universo durante millones de años después de haber desaparecido su origen. La fuente de claridad y calor ya no está, pero la luz sigue viajando por las galaxias, motivando noche tras noche que incontables seres vivos orienten sus sistemas visuales hacia ellas y otorguen un sentido al largo peregrinar de los fotones. 
 
Del mismo modo yo seguía sintiendo igualmente su presencia conmigo a pesar de haberse esfumado hacía ya demasiado tiempo y pensaba que mi amor por ella ardería durante más tiempo que la luz de las estrellas muertas, esa minucia cronológica no sería ni un parpadeo en comparación. Porque no era solo la compañía simulada que me otorgaba el holograma, era la manera en la que aun podía oír su voz dentro de mi cabeza con una crítica irónica cada vez que me equivocaba en algo o sentía deslizarse su risa en el interior de mi cráneo trayendo un festival pagano y alegre a un páramo de huesos tristes y abúlicos. Era también que había momentos en los que llegaba de verdad a oler su pelo cuando abrazaba a la almohada en un cambio de postura a medio sueño o que podía llegar a sentir sus dedos largos y delgados aferrados a los míos cuando estaba sentado en el sofá viendo una película por más que mi mano reposara inerte y vacía en un viejo cojín de cuero desgastado. Era curioso pero me pasaba a menudo que preparaba dos cafés por la mañana, sin darme cuenta, mientras esperaba inútilmente a que ella saliera de la ducha con la toalla envuelta hábilmente para poder secarse el pelo cuanto antes y continuar con el trabajo que yo, seguramente, estaría haciendo tan mal. La red de seguridad con la que contaba para corregir los errores de cálculo en la astronavegación ya había sido devorada por las polillas gigantes y radioactivas se alimentan de las plantaciones de tecnolino de las colonias agrarias exteriores. Mi guardaespaldas personal para los problemas de la vida que necesitaban solución inmediata y serena se había marchado para sacar de la mediocridad a otra alma a base de sarcasmo y golpes en el hombro, de miradas de incredulidad con un meneo calculado de la cabeza y de provocar cierto pánico ante el oprobio de quedar de nuevo mal ante inteligencias superiores a las de tu especie, para quienes no eres más que un cachorrillo aprendiendo a respetar zonas prohibidas de la casa.

Manejar su recuerdo era una labor peligrosa y que requería precisión, no podía acometerse sin unas medidas de precaución porque el resultado no estaba del todo claro una vez se comenzaba con ello. Podía, en ocasiones, llegar a ser un encontronazo impactante, algo muy parecido a descubrir enfrente una ciclópea estatua de hielo, una reliquia pagana tallada por civilizaciones pre-humanas en los albores del mundo, toda brillante, compacta y hermosa; dispuesta para ser adorada entre tambores rituales y muestras continuas de exagerada humildad mortal. Al igual que este bloque colosal, su memoria era algo imposible de pasar por alto en el erial glacial que era mi cabeza. Junto a todo lo anterior, también su frío perenne podría llegar a ser bastante doloroso si ocupaba más sitio en la habitación del que debiera y corría el riego de congelar en una niebla blanca y pesada todo aquello con lo que compartiera espacio, alimentándose del calor de las cosas más pequeñas del entorno para engrandecer su leyenda gélida. Así que en las largas tardes de invierno debería elegir entre encender las estufas del olvido y las chimeneas de las tareas distractoras para calentarme y dejar así atrás los dedos ateridos, el cuerpo tembloroso, las piernas dormidas y el corazón apagado o tratar por todos los medios de mantener el ambiente antártico, para así recrearme de nuevo en su visión perfecta y poder continuar su adoración durante generaciones enteras de pensamientos nonatos y de futuras acciones que no llegarían jamás a encontrar la salida del laberinto que formaban los bloques de hielo que emanaban de ella.








lunes, 20 de mayo de 2013

Palabra de seguridad (VI)



 Un avance más en el relato. Técnicamente ésto no sigue el orden de la narración, es solo un diálogo que se me ocurrió el otro día, que no me sonaba mal en la cabeza y que quise escribir mientras lo sentía aun. Ya buscaré un hueco para meterlo cuando me ponga este verano a desarrollarlo con calma.

P.D. Pues ya estamos como el otro día. Soy incapaz de ver por qué me sale la fuente de color negro. Si alguien me puede echar un cable se lo agradecería. Yo ya no sé qué coño tocar. Puto Blogger.

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-          ¿Por qué estás conmigo? Lo estás, claro, y es más que suficiente, pero a veces tengo la sensación de que no entiendo la razón. Creo de verdad que podrías estar con quién quisieras, ¿por qué conmigo? – Recuerdo que le pregunté una vez, una mañana lluviosa de sábado en la que la cama ejercía sobre ambos un campo gravitatorio próximo al horizonte de suceso de un agujero negro. Estábamos disfrutando el último permiso antes de ir a recoger muestras de insectos de un pequeño planeta pantanoso para comprobar si podían procesarse para elaborar pasta alimenticia barata y nutritiva. No sé si fue la perspectiva de ver a mi yo futuro envuelto en cieno, rodeado de tábanos grandes como latas de cerveza o por la sensación de desamparo que asalta siempre a la diligencia de la tranquilidad los días previos a un viaje, cuando por un instante piensas que entra dentro de lo posible no volver a ver la habitación en la que estás en estos momentos, que pregunté con la convicción reverencial de un general de la flota ateniense ante el oráculo de Delfos. Teniendo la certeza de que de la respuesta podía depender el desarrollo del futuro viaje y las consecuencias de la misma reverberarían por un tiempo en las hebras del destino.
-          ¿Quieres que sea sincera o agradable? – Preguntó torciendo hacia un lado la mirada, como apuntando un arpón verbal que sería lanzado con eficacia contra el delfín inocente que nadaba despreocupado en las aguas cristalinas de la pregunta. No presagiaba nada bueno.
-          En serio, cielo. Contéstame esta vez, por favor, solo una. Nadie se enterará y yo no diré nada.- Volví a preguntar, con la voz un poco más quejosa de lo que me hubiera gustado aparentar.
-          Me gusta como me miras.- Dijo casi al instante.- Como si fuera algo muy valioso y brillante…
-          Eres valiosa y brillante… - Interrumpí de inmediato.
-          ¿Me dejas terminar? Recuerda que me has preguntado tú. – Y el arpón que parecía haberse dejado apoyado en la cubierta del barco volvió a levantarse y a ser apuntado de nuevo hacia el delfín.
-          Lo siento, continúa, por favor.
-          Decía, me gusta cuando te me quedas mirando largo rato y crees que no me doy cuenta. He visto a astrónomos mirar una lluvia de estrellas con menos adoración. – Todavía recuerdo como en esa ocasión, tumbada de costado, apoyó su cabeza en una mano y su semblante adquirió un rostro sereno, enmarcado por el pelo revuelto recién despierta y por la luz de tormenta que iba esparciendo, ella también somnolienta, por toda la habitación. – Me encanta que pienses que todo lo hago bien y que jamás me equivoco en nada, que me creas a mí antes que a tus ojos o a la experiencia previa, lo que no deja de ser algo nefasto para un explorador, pero a mí me resulta enternecedor. A veces juego con ello con cierta malicia y todo. Disfruto sintiendo que me has situado en lo alto de un pedestal de mármol porque aquí arriba hay muy buenas vistas, el aire es puro y fresco y no llega nada del alboroto que deben tener ahí abajo el resto de parejas. ¿Tú las oyes discutir por todo y como no dejan de apuntarse tantos y débitos en una competición enloquecida? - Según iba desgranando su monólogo se incorporaba lentamente y juro que nunca la he querido más que en ese momento en el que sentía todo mi ser ungido y perfumado con óleos sagrados y suaves, mi alma era acariciada y era la primera vez que ella me decía algo agradable.- Me siento realmente cómoda contigo, puedo ser yo misma sin tener que parar a pensar si estoy diciendo una salvajada o si te puedes tomar a mal lo que te diga. Pero no hay problema, nunca te tomas a mal nada que pueda decir yo, eso me da una seguridad fabulosa y me permite realizar acrobacias cada vez más complejas y peligrosas sabiendo que dispongo de red. A veces me crispas un poco, claro, y preferiría que también discutiéramos un poquito de vez en cuando, pero sé que jamás discutirías nada conmigo, así que pensar que tengo razón siempre, aunque, las cosas como son, eso suele ser verdad, es muy estimulante. Me has perdonado siempre las infidelidades que he podido tener ¡y has llegado a entenderlo y a disculparte por no ser lo bastante bueno para mí! Sinceramente yo no creo que hubiese consentido tanto, pero como me defiendes de manera incondicional y que yo soy genial es un axioma para ti, me relaja saber que siempre vas a estar a mi lado, por más que yo pueda no merecerlo en ocasiones. Cada vez que me miras o me acaricias sé que me quieres realmente, que no es una mera pose para ganarte que nos acostemos y sé también que harías cualquier cosa que te pidiera sin importar el riesgo que eso pudiera conllevar para ti. Tanta atención y adoración me abrumaba un poco al principio, pero ahora creo que lo echaría de menos si un día lo dejamos y mi nueva pareja me trata como a un ser de carne y hueso en lugar de cómo si fuera una idea platónica mirando con recelo el imperfecto mundo terrenal.
-          Es mucho más de lo que me hubiera atrevido a esperar. Gracias. – Contesté con hilo de voz casi apagada. Te quiero. – Y sentí como ese delfín viviría desde entonces una vida plena y feliz sin ver nunca jamás a un pescador furtivo ni nada remotamente parecido a un arpón.
-          Claro. ¿Cómo no? Bueno, me he ganado un café y unas tostadas, ¿verdad? Me voy a duchar, quiero que esté listo para cuando salga y calcula bien el tiempo para que no se enfríen. Decir tantas ñoñadas seguidas me da hambre.

martes, 7 de mayo de 2013

Palabra de seguridad (V)

Pues la cosa va avanzando poco a poco, de hecho creo que es el relato en el que he llegado a escribir más partes, los demás los he dejado antes. A ver si ya voy acabando lo que empiezo, que dicen que es de niños mayores:
(Y por cierto, hoy blogger ha desmierdado lo suyo y me ha costado horrores publicarlo, a veces me salía negro, a veces blanco... ¡y yo no tocaba nada, se los juro! De hecho creo que los párrafos y la fuente  los ha puesto como le ha rotado...

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A menudo madrugaba para adelantar el trabajo teniendo así la cabeza más fresca y dispuesta, lo que mejoraba considerablemente el rendimiento. El trabajo previo a que la nave de exploración incluso despegara comenzaba meses antes y resultaba de vital importancia, ya que, si bien, los listados interminables de niveles de elementos potencialmente tóxicos en los planetas a explorar son un trabajo mecánico, hay que realizarlo sin cometer el menor fallo. Luego si no tendría dos problemas, uno en el descenso, cuando una coma de más en una tabla significara tener que abortar toda la misión ante un posible riesgo de muerte de todo el equipo, pero podría ser peor, si ella los cogía antes y había errado en algo tendría que aguantar sus correcciones y sus miradas de suficiencia cuando los revisara, ojos muy abiertos, cejas levantadas imperceptiblemente y la sonrisa ladeada de un depredador que se dispone a jugar en breve con la comida. A veces me pasaba, pero sobre todo en esos momentos, cuando me miraba fijamente, y sentía sus ojos como dos rayos láser inmisericordes escudriñando todo mi ser y adivinando de manera pormenorizada los más ínfimos secretos que hubiera podido afanarme en esconder con mucho cuidado en circunvoluciones cerebrales que creía desiertas y sin tránsito. En esos casos mi corazón perdía la compostura y se lanzaba frenéticamente contra el esternón, sin tener muy claro si pretendía huir o actuaba como quien se golpea la cabeza repetidamente contra la pared por sentirse idiota. Y es que me ocurría a menudo con ella delante, mi C.I bajaba en picado hasta situarse dos desviaciones típicas por debajo de un Homo habilis, y no uno de los brillantes, no, no de esos capaces de hacer maravillas con dos fragmentos de sílex sino de los que arrastran los nudillos y mueren intoxicados al no reconocer las bayas venenosas de las salubres. Su genialidad siempre estallaba voraz y engullía los intelectos menores, a quienes no les quedaba otra opción en la fiesta que retirarse avergonzados a la parte de atrás de la sala de baile para quitarse la corbata y apurar la última copa, sin mirarse unos a otros, antes de buscar la salida trasera. 

En estas tempranas mañanas de trabajo, mientras baremaba los porcentajes de cada elemento y lo contrastaba con los de planetas conocidos, cada cierto tiempo paraba todo lo que estaba haciendo tan solo para mirar como continuaba durmiendo. A veces me quedaba largo rato contemplando muy quieto desde el umbral de la puerta del dormitorio, hasta que el amanecer entraba por la persiana a medio cerrar sin hacer ruido, con suma dulzura, de puntillas y con los zapatos en la mano como si él tampoco quisiera despertarla para no arruinar ese momento de suprema belleza cósmica. Entonces resonaban los cuernos de combate y una batalla de perfección daba comienzo en ese momento en el dormitorio, la luz de un nuevo día compitiendo contra la de su rostro con los ojos plácidamente cerrados. Su pecho subiendo y bajando en el cofre enjoyado de sus costillas enfrentado a las sombras de la noche retrocediendo despavoridas ante el sol y al brillo reflejado de los muebles de metal. Pero el amanecer no tenía nada que hacer, por más que lo intentara la criatura (y lo intentaba todos los días), jugaban en ligas diferentes. No existía nada más hermoso en toda esta dimensión. Y apostaría a que también en otras dimensiones la batalla estaría igual de desparejada. 

El holograma podía fácilmente programar para que se acostara a mi lado también, pero en esto el holograma era todavía un sustituto mucho más pobre, la cama no cedía, si estiraba sus pies para que se los calentara simplemente me atravesaban, no olía a la fina capa de crema hidratante que se aplicaba para dormir, si alargaba mi brazo para rozar su mejilla con las yemas de los dedos, nada acariciaría… Ahora los rayos de sol, técnicamente luz artificial que generaba la estación para simular ciclos terrestres y que no se vieran afectados los ritmos circadianos, tenía la contienda mucho más fácil, porque ya la lucha era entre dos hologramas, ceros y unos de diferente disposición tratando de ser más luminosos, pero solo conseguían con sus espadas de madera que el recuerdo de las luces pasadas y reales brillara con más fuerza y casi pudieran verse a lo lejos, en las profundidades y simas de la cueva de los recuerdos. El amanecer artificial entonces se envalentonaba viendo que sí que podía competir con una habitación desastrada y se dedicaba a iluminar hasta el último de sus rincones con cierto aire de revancha.

lunes, 29 de abril de 2013

Palabra de seguridad (IV)

Pues parece que estoy más centrado que en otras ocasiones, mira. Dejarlo al final a medias lo dejaré, claro, pero al menos habré avanzado más que otras veces.

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Estaba seria cuando trabaja o si la situación lo requería ¡pero, claro que se reía!, en esas ocasiones el torrente de montaña de su personalidad, fresco y audaz, brillaba con los destellos del oro que arrastraba con fuerza y que un afortunado buscador encontraría río abajo, cuando llegara la calma, y cambiaría su vida para siempre. Era un sonido capaz por si solo de soldar a fuego y al instante las brechas más enormes en los cascos de naves de batalla para después guiarlas hasta un refugio seguro, entre  destellos de  tormentas iónicas que impedirían que los radares enemigos las encontraran. El acorde salvador que te señala el camino entre la oscuridad que juega en mitad de las estrellas.

Por supuesto que el verbalizar metáforas de este tipo delante de ella estaba vedado, siempre decía que despiezar a tu pareja en partes y comparar éstas con cosas al azar de la galaxia era más propio de carnicerías, cuando te vendían que la cola de caimán tenía un sabor dulzón más parecido a la falda de buey que al pollo. No tenía corazón para decirle que eso era otra metáfora. Sin contar con que, añadía y aquí me dejaba sin posible respuesta, los dorados soles son enormes bolas de gases, el mar turquesa está lleno de algas podridas y de criaturas que defecan dentro y que la argéntea luz de las estrellas que adoramos de noche son luces fúnebres, puesto que esas estrellas murieron hace millones de años.

Me dejaba entonces las metáforas para cuando hablaba con mis amigos de ella, uno de mis temas de conversación favoritos, y lo hacía sin tener mucho en cuenta la vergüenza social que suele acarrear tales comportamientos. Ciertamente no era muy apreciada en el grupo de mis amigos, yo ya estaba acostumbrado a medir mis palabras como si tuviera conectado una batería de coche a mis genitales y que se pudiera encender al mínimo error, pero ellos no lo estuvieron nunca. Las parejas de mis amigos menos todavía. Los intentos, educados y con tiento la mayoría de veces, para que dejara cuanto antes a esa zorra eran, sin embargo, uno de sus temas de conversación favoritos.

No obstante eso no nos separó, ni estuvo cerca de ello, puesto que todos aguantamos a las parejas de nuestras amistades con nuestra mejor cara que hemos ido practicando relación ajena tras relación ajena, esa es una de las primeras reglas no escritas de la amistad, que se suele respetar bastante más a menudo que la de acostarse con esa misma pareja.

Los escarceos infieles se suelen achacar siempre a una mirada de motivos, los instintos irrefrenables, el alcohol, el estar pasando una mala racha, necesitar tener experiencias fuera de la zona de confort... Como si no hubiera un momento para la reflexión entre estar hablando tranquilamente, darse cuenta paulatinamente de los mensajes respectivos que están siendo lanzados desde ambos lados de la superficie de juego, buscar entonces un sitio apartado, desnudarse, tomar las precauciones necesarias y proceder a ello. No es tan rápido como apretar el botón para lanzar un bombardeo orbital aunque pueda ser igual de destructivo el resultado. Es verdad que los instintos manejan muy a menudo nuestra nave, es cierto, pero solo si ya hemos permitido más veces antes que tanto el piloto como el copiloto se estén acostando juntos y encima les hayamos pagado la habitación y los preservativos en esas ocasiones. 

Alguna vez me fue infiel, y estoy completamente seguro de que ni una sola más de las que me dijo. Siempre le pedía, por favor, que prefería no saberlo, pero ella insistía en que lo tenía que saber para poder obrar en consecuencia, que me lo debía, era lo menos. Lo haría sin adornos, por supuesto sin descripciones vívidas y de manera aséptica, pero sí que me lo tenía que contar. Si luego no quería o no podía perdonarla era ya una decisión a tomar por mí una vez se conocieran todas las variables.

Es evidente que no perdonarla era impensable, no puedes dejar de perdonar a quien quieres. Y, de hecho, me sentía sumamente agradecido de que después volviera conmigo. Siempre pensaba que yo había ganado, ellos podían haber tenido un excelente momento de sexo casual, pero al final yo dormía con ella, estaba con ella cuando me levantaba y era el espectador privilegiado de su tenue caricia de buenos días, nos tomábamos el primer café de la mañana juntos, el más importante y dulce de la jornada, elegíamos entonces los atuendos de batalla, afilábamos las armas y nos conjurábamos para afrontar el día espalda con espalda como los dos últimos guerreros en una colina. No podía desear un mejor compañero para estar en el campo de minas y bajo fuego continuo que era la vida. ¡Jodidos perdedores!, levantad la vista a esa colina, miradnos y después decir que yo no había ganado.


jueves, 25 de abril de 2013

Palabra de seguridad (III)

Pues, oye, llevo un par de días que me ha dado por retomar el blog con cierto ánimo. Además ya se me ha ocurrido un título para el relato con el que estaba. Trataré ahora de editar las entradas anteriores donde aparecía como "Inicio de historia sin título alguno" por el nuevo: "Palabra de seguridad". Si no puedo, ustedes ya se habrán dado cuenta, seguro.
Y voy a a ver también si cambiando el estilo de fuente se ve de manera más vistosa o al menos se diferencia mejor la presentación del relato.

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“Algoritmo”. Esa era la palabra de seguridad que empleábamos cuando alguna vez los juegos de sumisión se presentaban en nuestras relaciones sexuales. Como las súplicas y quejas son una parte importante del pasatiempo sin que eso implique que haya que detenerse, es necesario escoger con cuidado una palabra que sirva para que nada más pronunciarse se pare de inmediato. Lógicamente esa era una palabra que difícilmente aparecería por sí sola en aquellos contextos y que era bastante más neutra que otras con más carga semántica como podrían llegar a serlo los nombres de planetas, animales o de alimentos. Que luego las palabras se asocian con mucha facilidad y nadie quiere que al oír una palabra cotidiana delante de los jefes te asalten reacciones físicas condicionadas. En recuerdo esa fue la misma palabra de seguridad que programé para que el holograma se detuviera si alguna vez precisaba apagarlo con celeridad. No cabe duda que adoraba volver a tenerla a mi lado, aunque fuese de forma artificial, pero a veces, tanto porque, al igual que ocurría con la auténtica, durante un momento dejaba de ser agradable el nivel de vapuleo, como porque realmente me daba cuenta de que ni era ella de verdad, ni nunca volveríamos a compartir nada, necesitaba salmodiar esa palabra. Cuando aquello ocurría no me quedaba tan solo que musitar “algoritmo” y los ceros y unos que la componían se esfumaban más allá de las barreras de la percepción humana, iban a hibernar a donde sea que habiten los recuerdos de los reyes conquistadores y las crías indefensas de los animales mitológicos.

Acababa de pronunciarlo, pero no con la fuerza vehemente con la que se ejecutaría un exorcismo, ni tan siquiera como cuando al caminar bajo una tormenta sin cobijo a la vista pretendes ahuyentar a los relámpagos con la voz, sino más bien como un ruego desganado y antes de poder siquiera parpadear, el holograma ya no estaba. Por lo menos podría haber dejado ese curioso post-efecto óptico que los fogonazos dejan a veces en las retinas y que brillan bajo los párpados como luces pasajeras en la pantalla de un cine de verano. La de verdad, sin embargo, hubiera dejado un agradable rastro de aroma que se hubiera hecho fuerte en la habitación y habría matado a un par de rehenes antes de arrojarse por la ventana, del mismo modo sus pisadas se hubieran hecho más fuertes y alguna puerta hubiera cometido el terrible error de estar allí parada para poder ser cerrada  bruscamente con elevadas dosis de teatralidad.
Sin la voz del holograma, los sonidos escondidos en la estación salieron poco a poco de su escondrijo, los incansables sistemas que filtraban el aire, el crujir de la estructura de metal enfrentada a la presión y la temperatura del satélite, los cientos de contadores luminosos que mantenían activa toda la base… Ocurría como en la selva, en los instantes de la puesta de sol, cuando la leona dormita y los pequeños animales se atreven a asomarse tímidamente agradecidos de seguir con vida un ciclo más. En esos momentos, bañado por la lluvia de Perseidas de los sonidos a los que había sido sordo hasta hacía instantes, era algo más consciente de que estaba realmente solo, en una base de exploración construida rápidamente por el presupuestario más bajo (lo que tratándose del ejército son palabras mayores) en un pequeño asteroide que no dejaba de dar vueltas obedientemente a un planeta cuya casta guerrera llevaba siglos en el trono y que de mis indagaciones podría depender que entráramos en guerra con ellos o no. Si algo salía mal podría proferir todas las palabras de seguridad que quisiera que no serviría de nada, tan solo podría aspirar, si era lo suficientemente rápido, a una huída a velocidad media en una pequeña nave con poca autonomía y sin capacidad para realizar un salto cuántico.

La dinastía reinante decía descender de una legendaria reina Zagrovia, de la que hay recopilados varios cantares, y habían llegado al trono porque eran numéricamente más y además más bestias que los otros hatajos de nobles que combatieron por él. El lema de su escudo decía algo así como, todavía los volubles matices del idioma se me escapan, “la violencia abre todas las puertas y todos los corazones”. Un hacha y una cerradura plateadas en un campo de calaveras sobre fondo negro. Ya habían conquistado algunos otros planetas, éste era el mundo trono, el centro del naciente imperio, aunque el resto de planetas eran escasos y estaban diseminados por el sistema, no siendo más que unos virreinatos nominales con más independencia que otra cosa. Sofocar rebeliones es un trabajo muy cansado y sacrificado cuando puedes estar matando gente en tu propio planeta sin tener que irte más lejos y gastando menos combustible. Sinceramente yo no acababa de ver el peligro que supondrían para la coalición terrestre, aun en el caso de que entrásemos en guerra, pero tanto los psíquicos como el estado mayor sabrían. En el ejército, aun en el más laxo y autónomo cuerpo de exploradores, no se hacen preguntas si no quieres que te respondan lo que sabes que te van a responder.
-         ¿Me quieres? – Le preguntaba alguna vez.
-         Aborrecerte no te aborrezco, eso te lo reconozco. Y alguna vez, cuando la luz es tenue y estoy de buen humor, me eres hasta simpático. Yo me quedaría con eso como un triunfo a celebrar.- En este caso la respuesta no siempre era la misma, pero solía ser algo muy similar. De nuevo no me importaba, la sonrisa que creía percibir, emboscada detrás de su rostro serio, con el índice en los labios como indicando que me callara, que era una sonrisa secreta, pero que ella no se enterara, valía más que todas las afirmaciones pedestres repetidas a lo largo de la Vía Láctea y bastante más que todas las respuestas ñoñas desde ahora hasta que el big bang se reiniciara de nuevo.

martes, 23 de abril de 2013

Palabra de seguridad (II)

Hace un tiempo, de hecho un año, en Abril de 2012 comencé una historia que tenía en mente sin título ni nada. Busquen abajo si lo desean releer que ahí está, lo he comprobado. Hoy he escrito un poquito más. Es muy poco, pero a ver si así, poco a poco voy retomando lo de juntar letras y más hoy que es el día del libro.

P.D. Que, la verdad, en el word  parecía algo más, ya lo dejo solo por no borrar la entrada.

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Hay quien dice que las experiencias nos esculpen, que del inerte mármol nacarado, o el rudo granito, según cada caso, pueden sacarnos o La Piedad de Miguel Ángel o un montón de gravilla diseminada por el suelo del estudio o del museo de arte moderno. No es por darle más importancia de la debida en el resultado actual, pero creo que mi experiencia con ella llegó a esculpir casi por completo las líneas generales de la escultura que soy hoy día: Una forma algo abstracta, que no llega a comprenderse al primer vistazo, con bastantes áreas rugosas, abundantes oquedades de las que ya es imposible adivinar a dónde fue a parar el material de origen y, todo sea dicho, alguna que otra zona que ahora brilla con un magnífico pulido, allí donde posó su mano y su sonrisa cinceló la piedra con pericia.
-          Luego entonces ¿consideras que sería más prudente tener más información antes del descenso y el primer contacto? – Pregunté tras un rato de silencio incómodo, algo menos incómodo de lo que hubiera sido con la de verdad porque el holograma no podía mandarte a dormir al sofá cuando decidía unilateralmente que la discusión había terminado y ella había ganado. Lamentablemente en esos casos no existía una organización que velara por los derechos de los prisioneros de guerra y que dijera que privar a alguien de dormir una sola noche abrazado a ella, una noche sin sentir su corazón latiendo tan al lado de ti que podías imaginar como cada latido estaba dando vida a dos personas y sin poder estrechar con los tuyos sus pequeños y fríos pies, que tiritaban como glaciares primigenios que albergaran el secreto de la vida; no había nadie que legislara que quitarle a alguien todo aquello debería estar prohibido por todos los tratados bélicos de las civilizaciones galácticas conocidas por la humanidad.
-          Muy inteligente no sería, así que seguramente hubiera sido el hilo de actuación que hubieses tomado de no haberme preguntado. De nada.
-          Menos mal que te tengo.
-          Pues sí, si no habrías terminado deshidratado y violado en cualquier campo de asteroides hacía ya bastante.
-          Ahora en serio, sí que deberíamos saber bastante más. No quiero ser yo la causa de que entremos en guerra con ellos por un mal encontronazo nada más llegar. La información que ofrecen los psíquicos es lo que tiene.
-          Igual una guerra les interesa y por eso han enviado al más inútil que tenían en nómina.
-          Te quiero – Dije sin haber procesado mucho esa última frase y confiando más en el imperceptible destello de sus ojos que solían ser en la mayoría de las veces el desencadenante de una sonrisa. No lo eran siempre, pero ya llegué a condicionarme cada vez que creía percibir ese pequeño brillo repentino y fugaz detrás de sus ojos oscuros. Pequeños fuegos fatuos en un pantano, capaces de lograr hundir a cualquiera que tratara de seguirlos sin el más preciso de los cuidados.
-          Claro. ¿Cómo no?

miércoles, 13 de febrero de 2013

Chimeneas

Hacía bastante que no actualizaba, lo mismo que llevaba sin escribir nada y hace unos meses la buena gente de  Dlorean ediciones puso en marcha un concurso de temática Steampunk para el que, como es habitual, empecé un relato, pero no lo terminé. El plazo ya finalizó hace un montón, pero hoy, releyendo lo que llevaba escrito quise terminarlo aunque fuera brevemente. Aquí está el resultado, por si le quieren echar un vistazo:



Es Saturnalia en Londinum y para conmemorar cómo el concilio de druidas sacrificó hace justamente mil ochocientos ochenta y ocho años al hijo del dios solar bajo el muérdago, las fábricas de armas para combatir a los unionistas del continente Hasllsttático no dejan de trabajar las treinta y cuatro horas del día. Lo harán así durante toda la semana de festividades para que, simbólicamente, el hollín y el humo tapicen el cielo a modo de mortaja y la luz del sol enferme y acabe por parecer uno de los ancianos con enfisema que se terminan de marchitar en los hospitales de benefi-ciencia. De este modo, hasta la nieve cae ennegrecida, mancillada desde su concepción en las macilentas nubes y vuelta a profanar por millares de botas y encallecidos pies descalzos camino de las minas de cavorita. Los autómatas del relojero son muy preciosos y caros para desgastarles en semejantes trabajos, ellos tienen que servir los banquetes opulentos de los lores, calcular la trayectoria de los obuses que crucen el canal de Beltaine y manejar los carros aéreos de puro color dorado. De las minas y las fábricas ya se encargan la miríada de niños huérfanos que los sabuesos de StCrooge dan caza noche tras noche. Aullidos mecánicos y engrasados que se solapan con los silbatos de los agentes de Hibernian Yard. Frío, hollín, bosques de chimeneas naranjas como el hígado de los buitres y el vapor que emana de cada coche y autómata que rueda sobre el pavimento. Londinum es todo eso, una sucia máquina de ladrillos, vapor, ruedas dentadas y hambrientos, que trabajan sin pausa para el sostenimiento de la casta de los lores.
Y sin embargo, bajo la ciudad, en las abovedadas alcantarillas de ladrillo quemado, la temperatura no es mucho más cálida que en el exterior, pero como compensación no huele mucho peor. Aun con todo,  es el modo de viajar más seguro para cruzar la ciudad y mucho más si llevas detrás de ti a todos los niños hambrientos y cansados que has conseguido arrancar, casi literalmente, de las fauces de los sabuesos. Así que, cada cierto tiempo, tengo que parar, darles unas pocas nueces y pasas que llevo en la mochila, pero que hago como que se las saco de sus ateridas orejitas, les canto un par de estrofas de las canciones más obscenas que me sé (al principio cantaba nanas infantiles, pero las letras rijosas tienen mucha mejor acogida) y continuamos nuestro camino, horadando el vientre de la bestia, dejando encima de nuestras cabezas el mugriento río Gull y la torre de las ejecuciones, el murmullo continuo de los fumaderos de saúco, los mercados nocturnos de los duendes y los barrios del gremio de vestales.
- Y este será vuestro refugio, príncipes y princesas – les digo con una exagerada reverencia al pararnos ante una enorme y labrada puerta de roble, encajada entre el ladrillo – Aquí podréis descansar y comer. Pero cuando os reconfortéis os vamos a necesitar, el ejército de liberación Luddita precisará de cada uno de vosotros para su supervivencia.
- ¿Y pondremos muchas bombas? – Me pregunta una golfilla con una vocecita ilusionada.
- Muchas. Bombas de todos los colores y tamaños. En cada autómata, cada edificio oficial, cada fábrica y cada vehículo de vapor. Somos los ludditas. No dejaremos un solo templo megalítico sin su bomba, ni un solo autómata sin estallar.
Una vez que les he enseñado todas las galerías, las salas de entrenamiento, de descanso, las cocinas y las bibliotecas, les dejo a todos bebiendo un humeante tazón de achicoria y me relajo en la sala más tranquila que encuentro para inyectarme la morfina que le cambié a un arruinado detective por un viejo y descordado violín. Ha sido un día muy duro y la morfina me acaricia con sus blancas y frías manos de un modo que consigue que no eche de menos el tacto de una mujer. Me faltaría una sonrisa, pero con los ojos cerrados es casi como si sintiera la caricia en mi rostro mientras el calor recorre mis venas con la velocidad del telégrafo y me puedo entonces imaginar la sonrisa, brillando ardiente  detrás de la oscuridad de mis párpados sellados.

“27” fue la respuesta de la clepsidra procesador. El complicado mecanismo de engranajes, poleas, recipientes de agua y vapor nos había respondido con este número a nuestra pregunta de si era conveniente adelantar la colocación de nuestra bomba en el parlamento. Hubo debates de todo tipo, pero finalmente, los prebostes de la revolución decidieron que la suma de las dos cifras es “9”. Número más alto que resulta de poner el “6” al revés, del mismo modo que nuestra revolución pondrá al revés el sistema y dará lugar a una sociedad mejor. Igual estoy exagerando un poco, lo reconozco, pero fue algo igualmente ridículo. Por supuesto los líderes de nuestro movimiento tenían cosas mejores que hacer, así que me tocó a mí llevar a los chavales más mayores en su primer trabajo de campo, tranquilizarles, revisar todos los artefactos explosivos, repasar una y otra vez las rutas de llegada y de huída y de reincidir en el santo y seña que opera en cada uno de nuestros santuarios repartidos por Londinum.
La ley de Orchram dice que cuando los hilos del destino están enredados para que todo salga bien, la navaja de la fatalidad aparece con sus destellos nacarados para cortarlos de raíz. Esta vez no dejó un solo hilo sin cortar. Con una precisión de relojero, el plan fue fallando desde que pusimos los pies detrás de las puertas de roble labradas, dirigiéndonos al mausoleo de chimeneas que nos esperaba fuera: Primero la ruta preparada tuvo que ser modificada sobre la marcha ya que un asesinato de vestales ocurrido la noche anterior tuvo a los geomantes del consejo midiendo las líneas dragón para ver si el acontecimiento podía tener repercusiones en la historia pasada y futura.
Más tarde dos de las bombas pequeñas, los primeros señuelos que despistarían a las autoridades camino del parlamento decidieron no explotar. No tuve tiempo de mirar la causa, así que me limité a escribir con tiza de colores un mensaje subversivo que sería reportado en escasos minutos y nos permitiría distraer ligeramente la atención. No es lo mismo que unas explosiones, pero una tiza no es tan mala sustituta. Como la morfina para las sonrisas.
Para terminar, uno de los chavales sopló un silbato de plata, no tenemos por costumbre registrar a los huérfanos que recogemos, aunque si salimos de ésta empezaremos a hacerlo, y decenas de sabuesos y autómatas aparecieron por todas partes. Repartí rápidamente pastillas de cianuro con sabor a regaliz entre los chavales por si les fuera necesaria una muerte rápida, pateé al traidor, lancé a un autómata contra un sabueso y corrí, esperando que me siguieran a mí antes que a ellos. Ya no me atreví a meterme en los refugios secretos porque igual ya no eran ni secretos ni refugios, así que callejeé por los peores lugares que recordaba, mientras sangraba profusamente por una pierna debido al mordisco metálico de un sabueso.
Todavía me queda una bomba, la más devastadora de las que preparamos, una dosis de morfina y no me espera en casa ninguna sonrisa. No quiero explotarla en los barrios de trabajadores, así que camino hacia los jardines y los cromlech del centro de la ciudad y de la zona de los lores. Cuántos más me sigan mejor. Los autómatas son caros y los megalitos fueron levantados hace mucho, así que el daño causado será considerable. No tanto como para poder poner del revés al sistema, pero para ladearlo un poco al menos seguro que sí.
He sangrado mucho y estoy cansado, aunque la morfina haga que parezca que me han salido unas alas de paloma y me deslizo por encima del empedrado. Me siento a descansar cuando oigo los ladridos y chirridos. Tengo amigos en la torre de ejecuciones y seguramente haya gente del consejo de druidas que me recuerde, es posible que no me maten ahora mismo. Pero me empieza a dar igual, la droga equipara el frío que siento por la pérdida de sangre y me empieza a importar menos cada vez, porque, con los ojos cerrados, en la penumbra de mi visión comienzo a verse esbozar una sonrisa…