martes, 7 de mayo de 2013

Palabra de seguridad (V)

Pues la cosa va avanzando poco a poco, de hecho creo que es el relato en el que he llegado a escribir más partes, los demás los he dejado antes. A ver si ya voy acabando lo que empiezo, que dicen que es de niños mayores:
(Y por cierto, hoy blogger ha desmierdado lo suyo y me ha costado horrores publicarlo, a veces me salía negro, a veces blanco... ¡y yo no tocaba nada, se los juro! De hecho creo que los párrafos y la fuente  los ha puesto como le ha rotado...

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A menudo madrugaba para adelantar el trabajo teniendo así la cabeza más fresca y dispuesta, lo que mejoraba considerablemente el rendimiento. El trabajo previo a que la nave de exploración incluso despegara comenzaba meses antes y resultaba de vital importancia, ya que, si bien, los listados interminables de niveles de elementos potencialmente tóxicos en los planetas a explorar son un trabajo mecánico, hay que realizarlo sin cometer el menor fallo. Luego si no tendría dos problemas, uno en el descenso, cuando una coma de más en una tabla significara tener que abortar toda la misión ante un posible riesgo de muerte de todo el equipo, pero podría ser peor, si ella los cogía antes y había errado en algo tendría que aguantar sus correcciones y sus miradas de suficiencia cuando los revisara, ojos muy abiertos, cejas levantadas imperceptiblemente y la sonrisa ladeada de un depredador que se dispone a jugar en breve con la comida. A veces me pasaba, pero sobre todo en esos momentos, cuando me miraba fijamente, y sentía sus ojos como dos rayos láser inmisericordes escudriñando todo mi ser y adivinando de manera pormenorizada los más ínfimos secretos que hubiera podido afanarme en esconder con mucho cuidado en circunvoluciones cerebrales que creía desiertas y sin tránsito. En esos casos mi corazón perdía la compostura y se lanzaba frenéticamente contra el esternón, sin tener muy claro si pretendía huir o actuaba como quien se golpea la cabeza repetidamente contra la pared por sentirse idiota. Y es que me ocurría a menudo con ella delante, mi C.I bajaba en picado hasta situarse dos desviaciones típicas por debajo de un Homo habilis, y no uno de los brillantes, no, no de esos capaces de hacer maravillas con dos fragmentos de sílex sino de los que arrastran los nudillos y mueren intoxicados al no reconocer las bayas venenosas de las salubres. Su genialidad siempre estallaba voraz y engullía los intelectos menores, a quienes no les quedaba otra opción en la fiesta que retirarse avergonzados a la parte de atrás de la sala de baile para quitarse la corbata y apurar la última copa, sin mirarse unos a otros, antes de buscar la salida trasera. 

En estas tempranas mañanas de trabajo, mientras baremaba los porcentajes de cada elemento y lo contrastaba con los de planetas conocidos, cada cierto tiempo paraba todo lo que estaba haciendo tan solo para mirar como continuaba durmiendo. A veces me quedaba largo rato contemplando muy quieto desde el umbral de la puerta del dormitorio, hasta que el amanecer entraba por la persiana a medio cerrar sin hacer ruido, con suma dulzura, de puntillas y con los zapatos en la mano como si él tampoco quisiera despertarla para no arruinar ese momento de suprema belleza cósmica. Entonces resonaban los cuernos de combate y una batalla de perfección daba comienzo en ese momento en el dormitorio, la luz de un nuevo día compitiendo contra la de su rostro con los ojos plácidamente cerrados. Su pecho subiendo y bajando en el cofre enjoyado de sus costillas enfrentado a las sombras de la noche retrocediendo despavoridas ante el sol y al brillo reflejado de los muebles de metal. Pero el amanecer no tenía nada que hacer, por más que lo intentara la criatura (y lo intentaba todos los días), jugaban en ligas diferentes. No existía nada más hermoso en toda esta dimensión. Y apostaría a que también en otras dimensiones la batalla estaría igual de desparejada. 

El holograma podía fácilmente programar para que se acostara a mi lado también, pero en esto el holograma era todavía un sustituto mucho más pobre, la cama no cedía, si estiraba sus pies para que se los calentara simplemente me atravesaban, no olía a la fina capa de crema hidratante que se aplicaba para dormir, si alargaba mi brazo para rozar su mejilla con las yemas de los dedos, nada acariciaría… Ahora los rayos de sol, técnicamente luz artificial que generaba la estación para simular ciclos terrestres y que no se vieran afectados los ritmos circadianos, tenía la contienda mucho más fácil, porque ya la lucha era entre dos hologramas, ceros y unos de diferente disposición tratando de ser más luminosos, pero solo conseguían con sus espadas de madera que el recuerdo de las luces pasadas y reales brillara con más fuerza y casi pudieran verse a lo lejos, en las profundidades y simas de la cueva de los recuerdos. El amanecer artificial entonces se envalentonaba viendo que sí que podía competir con una habitación desastrada y se dedicaba a iluminar hasta el último de sus rincones con cierto aire de revancha.

lunes, 29 de abril de 2013

Palabra de seguridad (IV)

Pues parece que estoy más centrado que en otras ocasiones, mira. Dejarlo al final a medias lo dejaré, claro, pero al menos habré avanzado más que otras veces.

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Estaba seria cuando trabaja o si la situación lo requería ¡pero, claro que se reía!, en esas ocasiones el torrente de montaña de su personalidad, fresco y audaz, brillaba con los destellos del oro que arrastraba con fuerza y que un afortunado buscador encontraría río abajo, cuando llegara la calma, y cambiaría su vida para siempre. Era un sonido capaz por si solo de soldar a fuego y al instante las brechas más enormes en los cascos de naves de batalla para después guiarlas hasta un refugio seguro, entre  destellos de  tormentas iónicas que impedirían que los radares enemigos las encontraran. El acorde salvador que te señala el camino entre la oscuridad que juega en mitad de las estrellas.

Por supuesto que el verbalizar metáforas de este tipo delante de ella estaba vedado, siempre decía que despiezar a tu pareja en partes y comparar éstas con cosas al azar de la galaxia era más propio de carnicerías, cuando te vendían que la cola de caimán tenía un sabor dulzón más parecido a la falda de buey que al pollo. No tenía corazón para decirle que eso era otra metáfora. Sin contar con que, añadía y aquí me dejaba sin posible respuesta, los dorados soles son enormes bolas de gases, el mar turquesa está lleno de algas podridas y de criaturas que defecan dentro y que la argéntea luz de las estrellas que adoramos de noche son luces fúnebres, puesto que esas estrellas murieron hace millones de años.

Me dejaba entonces las metáforas para cuando hablaba con mis amigos de ella, uno de mis temas de conversación favoritos, y lo hacía sin tener mucho en cuenta la vergüenza social que suele acarrear tales comportamientos. Ciertamente no era muy apreciada en el grupo de mis amigos, yo ya estaba acostumbrado a medir mis palabras como si tuviera conectado una batería de coche a mis genitales y que se pudiera encender al mínimo error, pero ellos no lo estuvieron nunca. Las parejas de mis amigos menos todavía. Los intentos, educados y con tiento la mayoría de veces, para que dejara cuanto antes a esa zorra eran, sin embargo, uno de sus temas de conversación favoritos.

No obstante eso no nos separó, ni estuvo cerca de ello, puesto que todos aguantamos a las parejas de nuestras amistades con nuestra mejor cara que hemos ido practicando relación ajena tras relación ajena, esa es una de las primeras reglas no escritas de la amistad, que se suele respetar bastante más a menudo que la de acostarse con esa misma pareja.

Los escarceos infieles se suelen achacar siempre a una mirada de motivos, los instintos irrefrenables, el alcohol, el estar pasando una mala racha, necesitar tener experiencias fuera de la zona de confort... Como si no hubiera un momento para la reflexión entre estar hablando tranquilamente, darse cuenta paulatinamente de los mensajes respectivos que están siendo lanzados desde ambos lados de la superficie de juego, buscar entonces un sitio apartado, desnudarse, tomar las precauciones necesarias y proceder a ello. No es tan rápido como apretar el botón para lanzar un bombardeo orbital aunque pueda ser igual de destructivo el resultado. Es verdad que los instintos manejan muy a menudo nuestra nave, es cierto, pero solo si ya hemos permitido más veces antes que tanto el piloto como el copiloto se estén acostando juntos y encima les hayamos pagado la habitación y los preservativos en esas ocasiones. 

Alguna vez me fue infiel, y estoy completamente seguro de que ni una sola más de las que me dijo. Siempre le pedía, por favor, que prefería no saberlo, pero ella insistía en que lo tenía que saber para poder obrar en consecuencia, que me lo debía, era lo menos. Lo haría sin adornos, por supuesto sin descripciones vívidas y de manera aséptica, pero sí que me lo tenía que contar. Si luego no quería o no podía perdonarla era ya una decisión a tomar por mí una vez se conocieran todas las variables.

Es evidente que no perdonarla era impensable, no puedes dejar de perdonar a quien quieres. Y, de hecho, me sentía sumamente agradecido de que después volviera conmigo. Siempre pensaba que yo había ganado, ellos podían haber tenido un excelente momento de sexo casual, pero al final yo dormía con ella, estaba con ella cuando me levantaba y era el espectador privilegiado de su tenue caricia de buenos días, nos tomábamos el primer café de la mañana juntos, el más importante y dulce de la jornada, elegíamos entonces los atuendos de batalla, afilábamos las armas y nos conjurábamos para afrontar el día espalda con espalda como los dos últimos guerreros en una colina. No podía desear un mejor compañero para estar en el campo de minas y bajo fuego continuo que era la vida. ¡Jodidos perdedores!, levantad la vista a esa colina, miradnos y después decir que yo no había ganado.


jueves, 25 de abril de 2013

Palabra de seguridad (III)

Pues, oye, llevo un par de días que me ha dado por retomar el blog con cierto ánimo. Además ya se me ha ocurrido un título para el relato con el que estaba. Trataré ahora de editar las entradas anteriores donde aparecía como "Inicio de historia sin título alguno" por el nuevo: "Palabra de seguridad". Si no puedo, ustedes ya se habrán dado cuenta, seguro.
Y voy a a ver también si cambiando el estilo de fuente se ve de manera más vistosa o al menos se diferencia mejor la presentación del relato.

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“Algoritmo”. Esa era la palabra de seguridad que empleábamos cuando alguna vez los juegos de sumisión se presentaban en nuestras relaciones sexuales. Como las súplicas y quejas son una parte importante del pasatiempo sin que eso implique que haya que detenerse, es necesario escoger con cuidado una palabra que sirva para que nada más pronunciarse se pare de inmediato. Lógicamente esa era una palabra que difícilmente aparecería por sí sola en aquellos contextos y que era bastante más neutra que otras con más carga semántica como podrían llegar a serlo los nombres de planetas, animales o de alimentos. Que luego las palabras se asocian con mucha facilidad y nadie quiere que al oír una palabra cotidiana delante de los jefes te asalten reacciones físicas condicionadas. En recuerdo esa fue la misma palabra de seguridad que programé para que el holograma se detuviera si alguna vez precisaba apagarlo con celeridad. No cabe duda que adoraba volver a tenerla a mi lado, aunque fuese de forma artificial, pero a veces, tanto porque, al igual que ocurría con la auténtica, durante un momento dejaba de ser agradable el nivel de vapuleo, como porque realmente me daba cuenta de que ni era ella de verdad, ni nunca volveríamos a compartir nada, necesitaba salmodiar esa palabra. Cuando aquello ocurría no me quedaba tan solo que musitar “algoritmo” y los ceros y unos que la componían se esfumaban más allá de las barreras de la percepción humana, iban a hibernar a donde sea que habiten los recuerdos de los reyes conquistadores y las crías indefensas de los animales mitológicos.

Acababa de pronunciarlo, pero no con la fuerza vehemente con la que se ejecutaría un exorcismo, ni tan siquiera como cuando al caminar bajo una tormenta sin cobijo a la vista pretendes ahuyentar a los relámpagos con la voz, sino más bien como un ruego desganado y antes de poder siquiera parpadear, el holograma ya no estaba. Por lo menos podría haber dejado ese curioso post-efecto óptico que los fogonazos dejan a veces en las retinas y que brillan bajo los párpados como luces pasajeras en la pantalla de un cine de verano. La de verdad, sin embargo, hubiera dejado un agradable rastro de aroma que se hubiera hecho fuerte en la habitación y habría matado a un par de rehenes antes de arrojarse por la ventana, del mismo modo sus pisadas se hubieran hecho más fuertes y alguna puerta hubiera cometido el terrible error de estar allí parada para poder ser cerrada  bruscamente con elevadas dosis de teatralidad.
Sin la voz del holograma, los sonidos escondidos en la estación salieron poco a poco de su escondrijo, los incansables sistemas que filtraban el aire, el crujir de la estructura de metal enfrentada a la presión y la temperatura del satélite, los cientos de contadores luminosos que mantenían activa toda la base… Ocurría como en la selva, en los instantes de la puesta de sol, cuando la leona dormita y los pequeños animales se atreven a asomarse tímidamente agradecidos de seguir con vida un ciclo más. En esos momentos, bañado por la lluvia de Perseidas de los sonidos a los que había sido sordo hasta hacía instantes, era algo más consciente de que estaba realmente solo, en una base de exploración construida rápidamente por el presupuestario más bajo (lo que tratándose del ejército son palabras mayores) en un pequeño asteroide que no dejaba de dar vueltas obedientemente a un planeta cuya casta guerrera llevaba siglos en el trono y que de mis indagaciones podría depender que entráramos en guerra con ellos o no. Si algo salía mal podría proferir todas las palabras de seguridad que quisiera que no serviría de nada, tan solo podría aspirar, si era lo suficientemente rápido, a una huída a velocidad media en una pequeña nave con poca autonomía y sin capacidad para realizar un salto cuántico.

La dinastía reinante decía descender de una legendaria reina Zagrovia, de la que hay recopilados varios cantares, y habían llegado al trono porque eran numéricamente más y además más bestias que los otros hatajos de nobles que combatieron por él. El lema de su escudo decía algo así como, todavía los volubles matices del idioma se me escapan, “la violencia abre todas las puertas y todos los corazones”. Un hacha y una cerradura plateadas en un campo de calaveras sobre fondo negro. Ya habían conquistado algunos otros planetas, éste era el mundo trono, el centro del naciente imperio, aunque el resto de planetas eran escasos y estaban diseminados por el sistema, no siendo más que unos virreinatos nominales con más independencia que otra cosa. Sofocar rebeliones es un trabajo muy cansado y sacrificado cuando puedes estar matando gente en tu propio planeta sin tener que irte más lejos y gastando menos combustible. Sinceramente yo no acababa de ver el peligro que supondrían para la coalición terrestre, aun en el caso de que entrásemos en guerra, pero tanto los psíquicos como el estado mayor sabrían. En el ejército, aun en el más laxo y autónomo cuerpo de exploradores, no se hacen preguntas si no quieres que te respondan lo que sabes que te van a responder.
-         ¿Me quieres? – Le preguntaba alguna vez.
-         Aborrecerte no te aborrezco, eso te lo reconozco. Y alguna vez, cuando la luz es tenue y estoy de buen humor, me eres hasta simpático. Yo me quedaría con eso como un triunfo a celebrar.- En este caso la respuesta no siempre era la misma, pero solía ser algo muy similar. De nuevo no me importaba, la sonrisa que creía percibir, emboscada detrás de su rostro serio, con el índice en los labios como indicando que me callara, que era una sonrisa secreta, pero que ella no se enterara, valía más que todas las afirmaciones pedestres repetidas a lo largo de la Vía Láctea y bastante más que todas las respuestas ñoñas desde ahora hasta que el big bang se reiniciara de nuevo.

martes, 23 de abril de 2013

Palabra de seguridad (II)

Hace un tiempo, de hecho un año, en Abril de 2012 comencé una historia que tenía en mente sin título ni nada. Busquen abajo si lo desean releer que ahí está, lo he comprobado. Hoy he escrito un poquito más. Es muy poco, pero a ver si así, poco a poco voy retomando lo de juntar letras y más hoy que es el día del libro.

P.D. Que, la verdad, en el word  parecía algo más, ya lo dejo solo por no borrar la entrada.

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Hay quien dice que las experiencias nos esculpen, que del inerte mármol nacarado, o el rudo granito, según cada caso, pueden sacarnos o La Piedad de Miguel Ángel o un montón de gravilla diseminada por el suelo del estudio o del museo de arte moderno. No es por darle más importancia de la debida en el resultado actual, pero creo que mi experiencia con ella llegó a esculpir casi por completo las líneas generales de la escultura que soy hoy día: Una forma algo abstracta, que no llega a comprenderse al primer vistazo, con bastantes áreas rugosas, abundantes oquedades de las que ya es imposible adivinar a dónde fue a parar el material de origen y, todo sea dicho, alguna que otra zona que ahora brilla con un magnífico pulido, allí donde posó su mano y su sonrisa cinceló la piedra con pericia.
-          Luego entonces ¿consideras que sería más prudente tener más información antes del descenso y el primer contacto? – Pregunté tras un rato de silencio incómodo, algo menos incómodo de lo que hubiera sido con la de verdad porque el holograma no podía mandarte a dormir al sofá cuando decidía unilateralmente que la discusión había terminado y ella había ganado. Lamentablemente en esos casos no existía una organización que velara por los derechos de los prisioneros de guerra y que dijera que privar a alguien de dormir una sola noche abrazado a ella, una noche sin sentir su corazón latiendo tan al lado de ti que podías imaginar como cada latido estaba dando vida a dos personas y sin poder estrechar con los tuyos sus pequeños y fríos pies, que tiritaban como glaciares primigenios que albergaran el secreto de la vida; no había nadie que legislara que quitarle a alguien todo aquello debería estar prohibido por todos los tratados bélicos de las civilizaciones galácticas conocidas por la humanidad.
-          Muy inteligente no sería, así que seguramente hubiera sido el hilo de actuación que hubieses tomado de no haberme preguntado. De nada.
-          Menos mal que te tengo.
-          Pues sí, si no habrías terminado deshidratado y violado en cualquier campo de asteroides hacía ya bastante.
-          Ahora en serio, sí que deberíamos saber bastante más. No quiero ser yo la causa de que entremos en guerra con ellos por un mal encontronazo nada más llegar. La información que ofrecen los psíquicos es lo que tiene.
-          Igual una guerra les interesa y por eso han enviado al más inútil que tenían en nómina.
-          Te quiero – Dije sin haber procesado mucho esa última frase y confiando más en el imperceptible destello de sus ojos que solían ser en la mayoría de las veces el desencadenante de una sonrisa. No lo eran siempre, pero ya llegué a condicionarme cada vez que creía percibir ese pequeño brillo repentino y fugaz detrás de sus ojos oscuros. Pequeños fuegos fatuos en un pantano, capaces de lograr hundir a cualquiera que tratara de seguirlos sin el más preciso de los cuidados.
-          Claro. ¿Cómo no?

miércoles, 13 de febrero de 2013

Chimeneas

Hacía bastante que no actualizaba, lo mismo que llevaba sin escribir nada y hace unos meses la buena gente de  Dlorean ediciones puso en marcha un concurso de temática Steampunk para el que, como es habitual, empecé un relato, pero no lo terminé. El plazo ya finalizó hace un montón, pero hoy, releyendo lo que llevaba escrito quise terminarlo aunque fuera brevemente. Aquí está el resultado, por si le quieren echar un vistazo:



Es Saturnalia en Londinum y para conmemorar cómo el concilio de druidas sacrificó hace justamente mil ochocientos ochenta y ocho años al hijo del dios solar bajo el muérdago, las fábricas de armas para combatir a los unionistas del continente Hasllsttático no dejan de trabajar las treinta y cuatro horas del día. Lo harán así durante toda la semana de festividades para que, simbólicamente, el hollín y el humo tapicen el cielo a modo de mortaja y la luz del sol enferme y acabe por parecer uno de los ancianos con enfisema que se terminan de marchitar en los hospitales de benefi-ciencia. De este modo, hasta la nieve cae ennegrecida, mancillada desde su concepción en las macilentas nubes y vuelta a profanar por millares de botas y encallecidos pies descalzos camino de las minas de cavorita. Los autómatas del relojero son muy preciosos y caros para desgastarles en semejantes trabajos, ellos tienen que servir los banquetes opulentos de los lores, calcular la trayectoria de los obuses que crucen el canal de Beltaine y manejar los carros aéreos de puro color dorado. De las minas y las fábricas ya se encargan la miríada de niños huérfanos que los sabuesos de StCrooge dan caza noche tras noche. Aullidos mecánicos y engrasados que se solapan con los silbatos de los agentes de Hibernian Yard. Frío, hollín, bosques de chimeneas naranjas como el hígado de los buitres y el vapor que emana de cada coche y autómata que rueda sobre el pavimento. Londinum es todo eso, una sucia máquina de ladrillos, vapor, ruedas dentadas y hambrientos, que trabajan sin pausa para el sostenimiento de la casta de los lores.
Y sin embargo, bajo la ciudad, en las abovedadas alcantarillas de ladrillo quemado, la temperatura no es mucho más cálida que en el exterior, pero como compensación no huele mucho peor. Aun con todo,  es el modo de viajar más seguro para cruzar la ciudad y mucho más si llevas detrás de ti a todos los niños hambrientos y cansados que has conseguido arrancar, casi literalmente, de las fauces de los sabuesos. Así que, cada cierto tiempo, tengo que parar, darles unas pocas nueces y pasas que llevo en la mochila, pero que hago como que se las saco de sus ateridas orejitas, les canto un par de estrofas de las canciones más obscenas que me sé (al principio cantaba nanas infantiles, pero las letras rijosas tienen mucha mejor acogida) y continuamos nuestro camino, horadando el vientre de la bestia, dejando encima de nuestras cabezas el mugriento río Gull y la torre de las ejecuciones, el murmullo continuo de los fumaderos de saúco, los mercados nocturnos de los duendes y los barrios del gremio de vestales.
- Y este será vuestro refugio, príncipes y princesas – les digo con una exagerada reverencia al pararnos ante una enorme y labrada puerta de roble, encajada entre el ladrillo – Aquí podréis descansar y comer. Pero cuando os reconfortéis os vamos a necesitar, el ejército de liberación Luddita precisará de cada uno de vosotros para su supervivencia.
- ¿Y pondremos muchas bombas? – Me pregunta una golfilla con una vocecita ilusionada.
- Muchas. Bombas de todos los colores y tamaños. En cada autómata, cada edificio oficial, cada fábrica y cada vehículo de vapor. Somos los ludditas. No dejaremos un solo templo megalítico sin su bomba, ni un solo autómata sin estallar.
Una vez que les he enseñado todas las galerías, las salas de entrenamiento, de descanso, las cocinas y las bibliotecas, les dejo a todos bebiendo un humeante tazón de achicoria y me relajo en la sala más tranquila que encuentro para inyectarme la morfina que le cambié a un arruinado detective por un viejo y descordado violín. Ha sido un día muy duro y la morfina me acaricia con sus blancas y frías manos de un modo que consigue que no eche de menos el tacto de una mujer. Me faltaría una sonrisa, pero con los ojos cerrados es casi como si sintiera la caricia en mi rostro mientras el calor recorre mis venas con la velocidad del telégrafo y me puedo entonces imaginar la sonrisa, brillando ardiente  detrás de la oscuridad de mis párpados sellados.

“27” fue la respuesta de la clepsidra procesador. El complicado mecanismo de engranajes, poleas, recipientes de agua y vapor nos había respondido con este número a nuestra pregunta de si era conveniente adelantar la colocación de nuestra bomba en el parlamento. Hubo debates de todo tipo, pero finalmente, los prebostes de la revolución decidieron que la suma de las dos cifras es “9”. Número más alto que resulta de poner el “6” al revés, del mismo modo que nuestra revolución pondrá al revés el sistema y dará lugar a una sociedad mejor. Igual estoy exagerando un poco, lo reconozco, pero fue algo igualmente ridículo. Por supuesto los líderes de nuestro movimiento tenían cosas mejores que hacer, así que me tocó a mí llevar a los chavales más mayores en su primer trabajo de campo, tranquilizarles, revisar todos los artefactos explosivos, repasar una y otra vez las rutas de llegada y de huída y de reincidir en el santo y seña que opera en cada uno de nuestros santuarios repartidos por Londinum.
La ley de Orchram dice que cuando los hilos del destino están enredados para que todo salga bien, la navaja de la fatalidad aparece con sus destellos nacarados para cortarlos de raíz. Esta vez no dejó un solo hilo sin cortar. Con una precisión de relojero, el plan fue fallando desde que pusimos los pies detrás de las puertas de roble labradas, dirigiéndonos al mausoleo de chimeneas que nos esperaba fuera: Primero la ruta preparada tuvo que ser modificada sobre la marcha ya que un asesinato de vestales ocurrido la noche anterior tuvo a los geomantes del consejo midiendo las líneas dragón para ver si el acontecimiento podía tener repercusiones en la historia pasada y futura.
Más tarde dos de las bombas pequeñas, los primeros señuelos que despistarían a las autoridades camino del parlamento decidieron no explotar. No tuve tiempo de mirar la causa, así que me limité a escribir con tiza de colores un mensaje subversivo que sería reportado en escasos minutos y nos permitiría distraer ligeramente la atención. No es lo mismo que unas explosiones, pero una tiza no es tan mala sustituta. Como la morfina para las sonrisas.
Para terminar, uno de los chavales sopló un silbato de plata, no tenemos por costumbre registrar a los huérfanos que recogemos, aunque si salimos de ésta empezaremos a hacerlo, y decenas de sabuesos y autómatas aparecieron por todas partes. Repartí rápidamente pastillas de cianuro con sabor a regaliz entre los chavales por si les fuera necesaria una muerte rápida, pateé al traidor, lancé a un autómata contra un sabueso y corrí, esperando que me siguieran a mí antes que a ellos. Ya no me atreví a meterme en los refugios secretos porque igual ya no eran ni secretos ni refugios, así que callejeé por los peores lugares que recordaba, mientras sangraba profusamente por una pierna debido al mordisco metálico de un sabueso.
Todavía me queda una bomba, la más devastadora de las que preparamos, una dosis de morfina y no me espera en casa ninguna sonrisa. No quiero explotarla en los barrios de trabajadores, así que camino hacia los jardines y los cromlech del centro de la ciudad y de la zona de los lores. Cuántos más me sigan mejor. Los autómatas son caros y los megalitos fueron levantados hace mucho, así que el daño causado será considerable. No tanto como para poder poner del revés al sistema, pero para ladearlo un poco al menos seguro que sí.
He sangrado mucho y estoy cansado, aunque la morfina haga que parezca que me han salido unas alas de paloma y me deslizo por encima del empedrado. Me siento a descansar cuando oigo los ladridos y chirridos. Tengo amigos en la torre de ejecuciones y seguramente haya gente del consejo de druidas que me recuerde, es posible que no me maten ahora mismo. Pero me empieza a dar igual, la droga equipara el frío que siento por la pérdida de sangre y me empieza a importar menos cada vez, porque, con los ojos cerrados, en la penumbra de mi visión comienzo a verse esbozar una sonrisa…

viernes, 10 de agosto de 2012

Crítica de Prometheus


Para darle un poco de vidilla al blog para que no esté tan parado y para darle algo de polémica, vamos con la crítica de Prometheus.  Pero antes partamos de dos premisas:
A)    Es una crítica con intención humorística y soy consciente de que a mala leche puedes sacar fallos a cualquier película que te lo propongas por buena que sea (o hacer lo contrario, pero eso lo dejamos para otro día) Es lo que he hecho con “animus jocandi”.
B)    La película está realmente bien de fotografía, diseño artístico, FX, banda sonora… Pero es el guión en dónde hace aguas todo y en dónde centraré la crítica. Y si hubiera pensado en que iba a ver una peli de serie B desquiciada igual me hubiera reído y entrado en el juego, pero es que Scott llevaba años hablando de la trascendencia y seriedad de la película y de ahí que me pillara con el pie cambiado. La veré otra vez dentro de unos meses con ojos de serie B para disfrutarla como se merece.
C)    No es una premisa es un aviso. Son todo SPOILERS, no sigas si no la has visto y si no quieres que te arruinen la risa de los desfases cada cinco minutos.

                                                 PROMETHEUS (Alieniza como puedas)
Todo empieza cuando unos arqueólogos descubren unos grabados en una cueva similares a otros de diferentes partes del mundo.  Lo que debería haber sido: “¡Qué hallazgo arqueológico más interesante!” y los arqueólogos recibiendo el nobel en la siguiente escena. Fin de la película. Resulta que no, porque la arqueóloga deduce no solo que es un mensaje de unos extraterrestres, que ya sería echarle inventiva, sino que es de los mismos que han creado a los seres humanos (la ciencia infusa es lo que tiene) y que quieren que con pongamos contacto con ellos. Ella se lo cuenta a un viejo millonario que en lugar de soltar a los perros nada más oírlo la cree y no contento con eso monta una expedición a tomar viento en el espacio a un sistema solar que parece ser se representa en todos esos grabados. En los grabados aparecen solos tres puntitos, pero como lo bueno que tiene el universo es que es pequeño, en un par de años lo encuentran.
No pasa nada porque les sale barato, un billón de dólares solo (billón americano, suponemos, así que hay concejales valencianos que roban más en un mes) con lo que no habría ni para combustible, pero al final ahorran porque en personal se gastan poco ya que para conformar para la tripulación de la nave debían de tener un convenio y cobrar una subvención por contratar retrasados (porque si no se explica que luego vayan haciendo las absurdeces que van haciendo) y eligen al más tonto que encuentran en cada campo. Como son originales haciendo expediciones, y ésto es lo más cachondo de todo, nadie sabe a dónde van, ni para qué y se lo cuentan todo en una video conferencia post-mortem una vez han llegado al destino y se han tirado dos años criogenizados durante los cuales el pervertido del androide espiaba sus sueños y aprendía arameo mientras jugaba al baloncesto, para que ya si se arrepienten no tenga remedio. La cosa es que están todos allí porque la arqueóloga  va a buscar a los creadores de la vida en la Tierra porque “ha decidido creerlo así”, la mejor base posible para realizar un viaje espacial ¡Y estas risas solo en los primeros diez minutos de película! Sin contar el preludio en el que un alienígena calvo se toma un chupito y se cae al mar por un risco como si hubiera salido de una discoteca de la costa. Debía tener mal beber.
El caso es que llegan a la Luna del Planeta que puede albergar vida y en esas el vago del piloto (esperamos que no sea porque es afroamericano y haya un substrato racista de Ridley Scott) ¿Pues no sale con que solo quedan ¡seis horas! De luz y que ya mejor empezar mañana con la fresca? Menos mal que  los arqueólogos se empeñan y, como son los que mandan que para eso liaron en el embolado al viejo millonario, para allí que van. Bueno, eso y que es Navidad y que si no trabajan Papá Noel no les traerá regalos. El arqueólogo ordena entonces que bajen al planeta sin armas y, por supuesto, no se discute más. El encargado de seguridad dice que va a cobrar lo mismo y que él es un mandado y que el también se apunta a que le maten lo que pudiera haber allí. ¡Si solo es un planeta con vida alienígena tampoco es como, no sé, ¿Un viernes noche en un polígono de carretera?
Y aquí empieza el despiporre con los miembros de la expedición, en el primer posible contacto de la humanidad con una entidad extraterrestre, quitándose el casco porque ya se puede respirar, tocando todo lo que se van encontrando por el camino en un planeta desconocido (pero TODO), separándose y volviéndose a la nave andando porque se han enfadado… Porque para qué van a esperar a que unas pelotas escaneadoras tracen el plano de la torre hueca (no es una nave enterrada, no qué va), mejor es ir tocándolo todo, oliendo y chupando cosas.
El androide, que es el más tocón de todos, activa unos hologramas donde se ve a unos alienígenas dirigirse a una zona para morir. Llegan allí y se los encuentran muertos, claro. ¿Volvemos mañana con armas? ¡Y dejar de tocar cosas en un planeta alienígena, ni lo sueñes! Son space jockeys, los de la saga Alien, pero más pequeños ellos, serán crías o una variante enana rara, o los otros serían más grandes, a saber.
Y mientras tocan más cosas y los que se han enfadado ya se han perdido (recordemos que eran los más tontos de cada campo) llega una tormenta con un huracán y fuerte aparato eléctrico, con el tiempo justo para antes de salir de la “cueva” (guiño, guiño. Codazo, codazo) envasar la cabeza de un alienígena al vacío como si fuera mojama traída del pueblo y meterla en una mochila (de esas que sabes que se resbalan y se caen en el peor momento, de esas). La pega es que con el viento y la arena pasan cosas pero no queda muy claro qué, ni quién se cae y quién salva a quién. Y la jefa mala dominatrix no sería tan mala cuando ni les regaña por haber destrozado los vehículos de tierra y haber perdido a dos miembros en las primeras horas de descenso en la luna. Todo ello es un guiño inteligentísimo de Scott, una película sobre la evolución y la vida protagonizada por premios Darwin.
¿Todavía puede haber más risas? Sí, porque ahora la ciencia patafísica alcanza sus momentos de gloria cuando deciden revivir la cabeza del alienígena muerto con electricidad y luego la meten en un microondas cuando se asustan de que les haya funcionado el plan y con el androide pervertido echándole en el cubata al arqueólogo una de las guarrerías que ha ido encontrándose en sus deambulares por la cueva cuando nadie le miraba. Las moderneces de los gin-tonics en el futuro han ido demasiado lejos.
La arqueóloga sigue erre que erre con que están en el planeta de quienes han creado los seres humanos y nadie le dice nada porque, como se ha comentado antes, ellos van a cobrar igual. Nos enteramos, eso sí de que es estéril, y que para celebrar que el ADN de la cabeza muerta/revivida/incinerada es idéntico al de los humanos: “La prueba de que nos han creado” (sí, no de que “descendemos de ellos” o “la vida comparte base genética a lo largo del universo”) echan un polvo fuera de plano. Los polvos fuera de plano tienen malas consecuencias en este film porque la jefa dominatrix echará otro con el negro vago con tan mala suerte de que justo en ese momento tratan de comunicarse con la cabina de mando los que se han perdido porque han encontrado formas de vida. Y sí, las tocan. Es los que tienen los polvos fuera de plano, en una porno nunca pasan estas cosas.
A la mañana siguiente, todos descansados y follados, van a buscar a los que se han perdido que están más muertos que el cerebro del guionista, el androide mientras encuentra una cabina de mando que funciona presionando huevos duros y aparece un holograma de la Tierra. ¿Destino turístico?, nada que nos han creado ellos y ahora nos quieren matar, por lo que se ve.
El arqueólogo se encuentra mal por beber cubatas con extra de porquería alienígena y como está contaminado a la vuelta a la nave le churruscan. Pero ahí no acaban las desgracias para la pareja porque la arqueóloga está embarazada de tres meses y el androide pervertido quiere criogenizarla para que la operen en la Tierra. La arqueóloga no se deja, ahostia a los enfermeros, se cuela en el laboratorio médico y programa, con sus conocimientos de arqueología, una novísima máquina de cirugía de las que hay muy pocos modelos en la Tierra. El problema: que está programada para hombres (suponemos que si hay modelos distintos por sexos también los habrá para negros, chinos y judíos. El futuro de Scott es machista y racista, ¡toma subtexto de crítica social de manera soterrada! ¡Visionario!), así que no se puede provocar un aborto. Engaña a la máquina programando una cirugía abdominal y aquí mis escasos conocimientos en el cuerpo de la mujer juegan en mi contra, pero recuerdo del cole que el útero y el estómago eran partes distintas, ¿no? ¿Qué clase de sexo tuvisteis anoche, pervertidos? La buena mujer pesca un calamar de cuarenta kilos en canal, la llenan de grapas médicas ¡y a correr! (literalmente)
En las carreras se encuentra con el viejo millonario en la nave (¡sorpresa! ¡nadie lo hubiera sospechado!) que dice que quiere que los alienígenas le curen (esos que la arqueóloga se inventó al ver los puntos en el grabado, los mismos). Que podría haberse criogenizado en la Tierra y haber esperado a que le trajeran la “cura” como a los señores, pero no, viajar por el espacio con ciento cuarenta años es más divertido.
La jefa dominatrix se revela como su hija y le dice que “los reyes que abandonan el reino lo pierden”. Así que ella lo ha heredado todo, pero mejor va a ser irse al espacio para perderlo ella también y que acabe heredando la empresa el ficus de recepción.
El final es apoteósico, ya que vuelven para hablar con los aliens que el androide ha visto uno vivo. El caso es que despiertan al space jockey que tras su criogenización de tres mil años, habla con el androide mientras la arqueóloga le grita cosas y el viejo le pide otras (la arqueóloga va con ellos porque les ha dado igual que se haya colado en la zona médica, pegado a sus enfermeros y haberles jodido el experimento del androide pervertido.  Le dejan ir con ellos sin afearle la conducta siquiera ¡y son los malos!) le arranca la cabeza al androide, pega una paliza al resto y recuerda que hace tres mil años tenía que destruir La Tierra. El hombre es cumplidor y sin ni siquiera ir al servicio (El ADN es idéntico al de los humanos, así que no me vale lo de su especie no mea) a ello que se pone.
La arqueóloga vuelve a la nave a la carrera, la jefa dominatrix dice, casi literalmente, “¿Ya nos hemos muerto todos?, pues hale, nos volvemos a casa” y mientras la nave despega la arqueóloga le suplica al piloto que no deje que la nave alienígena haga lo mismo. ¿A quién hago caso a la arqueóloga loca o la jefa dominatrix a la que ya me he tirado? La respuesta es obvia. Deja que la jefa se vaya en un módulo de soporte vital, pero ella prefiere lanzarse individualmente en una cápsula y luego irse andado a por el módulo para darle emoción y morirse en el intento. El piloto “ioniza” la nave y se lanzan a lo “Battleship Yamato” contra la nave mala, preguntando antes a su tripulación si se quieren ir. Los copilotos que han estado sentados en el puente de mando toda la peli y no saben de qué va la vaina se quedan y se estrellan contra los malos sin manos (lo de “sin manos” es literal y lo mejor de la película).
La arqueóloga coge la cabeza del androide que sabe dónde hay más naves y sabe pilotarlas y se dirige al planeta de los space jockeys a ponerles las peras al cuarto. Que igual tardamos setecientos millones de años luz, pero total, no ponen nada en la TV…
TO BE CONTINUED.
Y ojo porque Scott amenaza con que en la siguiente se revelará que ¡Jesucristo era un Space Jockey y que por eso nos odian!. Con mi chip de serie B conectado ya sí que no me la pienso perder.

miércoles, 6 de junio de 2012

Descanse en paz, maestro.

Ray Bradbury (Waukegan, Illinois, 22 de Agosto de 1920 - Los Ángeles, 5 de Junio de 2011)
En cuanto pueda haré una entrada conmemorativa.






















   
Por más que quieran alimentar hogueras con libros, seguiremos leyéndolos, nosotros y nuestros descendientes, en las nuevas mansiones Usher que construiremos en los canales de Marte, porque todos somos marcianos.