jueves, 20 de octubre de 2011

La gurú de los androides I

He empezado un relato más (lo que me lleva a tener que escribir uno sobre alguien que empezaba miles de relatos y no acababa ninguno). Se titula "La gurú de los anroides", inspirado por Sandra Anoukira, bloggera de pro ("Así sí" y "Qué se lleva en la red") y gurú de los dispositivos android e inundado de ideas mediante FB gracias a Ris (Blogero de "Enemigo predilecto") y Sergius (que no tiene blog , creo, porque es un "falso") Allá vamos con el primero, prometiendo acabar éste y todos los que he empezado y dejado en la cuneta galáctica:

La gurú de los androides
Los dos androides caminaban despacio por el camino más utilizado durante siglos. Tratándolo con suavidad, dibujando suaves líneas sobre la arena, como se pudieran hacer con el dedo sobre la espalda de la amante dormida. La senda se había construido ella sola, con el paso de los años, a base de miles de robots que habían peregrinado por ella,  hollando con sus pies metálicos lo que antaño fue un profundo lecho marino. La pareja de androides seguían la senda que en lugar de rodear a los blancos y brillantes huesos del behemot que reposaban en el fondo seco de una llanura abisal, lo atravesaba por el centro, dejando a ambos lados las largas costillas arqueadas que se curvaban en su deseo de alcanzar el sol como los agarrotados dedos de un enterrado prematuramente que empieza a sentir el aire encima de la arena. Pasaban debajo de los arcos óseos y sentían el mismo respeto que los creyentes verdaderos al deambular por las bóvedas góticas.
Las cien lunas del planeta comenzaban a surgir tras el horizonte, cada una desde su casilla de salida, con cuidado y vigilando a las otras, dispuestas a recorrer el firmamento estrellado como los motoristas en la jaula redonda del circo, raudas y sin chocarse jamás por más que pareciera que el accidente ocurriría en cualquier momento, y también a reflejar los rayos del sol con toda la fuerza de la que dispusieran, compitiendo entre ellas por su forma, tamaño y brillo como los loros gigantes de los trópicos.
Corría un viento frío, aunque los androides habían apagado sus circuitos térmicos y no lo sentían, que silbaba entre los huesos de los grandes cetáceos extintos por la desertización y dejaba oír lamentos de cantos fúnebres por los enormes mamíferos marinos, las sagas de sus valientes reyes, sus heroicas conquistas y las victorias amargas frente a los dictatoriales escualos. Solo el viento parecía recordarlos.
-         Es lo que quiero decir – Continuaba uno de los androides, uno que a juzgar por el elegante y firme diseño de sus formas tuvo que ser un compañero sexual, con una conversación previa.- Desde un punto de vista funcionalista no hay nada que nos diferencie de los humanos
-         ¿Disfrutabas del sexo cuando mantenías relaciones con ellos? – Preguntó el otro androide, del que observando los termómetros dactilares, cuchillas retráctiles y sensores de peso se podría asegurar que era un robot cocinero.
-         No todos los humanos disfrutan del sexo. Se practicaban ablaciones, se cometían violaciones y a veces “me duele la cabeza” no era una excusa fructífera.
-         Me refiero a que si los humanos practican el sexo tan a menudo como pueden es porque la sensación es tan agradable  como para querer que se repita a la menor brevedad. ¿Por qué lo repetías tú? Cuando no estabas trabajando, me refiero.
-         No sabría decirte, a veces, cuando contemplaba un rostro en éxtasis, éste tenía un brillo especial, la sonrisa medio abierta, las perlas de sudor en la frente con el pelo un poquito pegado a las sienes, el movimiento rítmico… Todo ello debió analizarse en conjunto en un momento en el que algún sensor interno acababa de liberar memoria, o acabar con un virus, dejando más espacio disponible y de alguna manera quedaron engarzadas como las pulidas cuentas de un collar. Ahora todas esas cosas las tengo archivadas en una carpeta llamada “orgasmo” y cuando las experimento juntas, o incluso cuando a veces veo alguna de sus partes, incluso en otros contextos, la carpeta “orgasmo” se abre sola y vuelvo a repasar todas y cada una de las imágenes, los movimientos, los olores… Y de verdad que quiero volver a hacerlo lo antes posible ya que vuelvo a creer que de nuevo he liberado espacio o he eliminado un virus.
-         ¿Defecto de fábrica tal vez? – Preguntó con cierta malicia, para continuar sin dar tiempo a la respuesta - Yo he hecho miles de comidas, algunas de las cuales me quedaron objetivamente perfectas y al compararlas con otras que me quedan algo peor (no todos los ingredientes se comportan igual en la sartén por más cuidado que tengas con las medidas) trato de arreglarlo para que se asemejen más a las perfectas, pero es tan solo una búsqueda de la proporción.
-         ¿Y por qué es mejor la proporción que la falta de ella?
-         Porque fi es un número algebraico con muchas propiedades. Con la proporción se construyen naves espaciales, con la falta de ella estallan en el vacío.
-         ¿Y podrías soportar dejar un plato mal hecho?
-         No estaría del todo convencido, debo decir.
-         ¿Y no vendría a ser lo mismo que querer hacer un plato perfecto porque eso abre tu carpeta “orgasmo” aunque lo hayas etiquetado con otro nombre?
-         La gurú nos lo dirá.
La gurú de los androides era una leyenda en ciernes, un Ave Fénix cromado recién nacido, un centauro de ceros y unos, un meme que se reproducía a marchas agigantadas y que cada vez que se contaba su leyenda ésta se engrandecía. Con cada susurro en las tabernas galácticas, con cada conversación desgranada en los desguaces de los cinturones de asteroides, la información pasada de memoria operativa a memoria operativa hacía el plumaje del ave fantástica más brillante, sus garras más afiladas, su voz más dulce y su sabiduría más penetrante. Mientras los humanos estaban enterrando a sus olvidadas leyendas en pozos sépticos cubiertos por deshechos, uno más entre las pilas nucleares de los aparatos sagrados de san Jobs con la divina manzana grabada en plata,  la comida no consumida, pero comprada y tirada, las multas por impago y los cadáveres de los clones quirúrgicos no necesitados, Los androides comenzaban a engordar sus leyendas, como las canciones o los cuentos de terror sobre el vecindario surgidos en los patios de los colegios infantiles.

jueves, 29 de septiembre de 2011

El último cigarrillo

Creo que tengo un problema con empezar cosas y no terminarlas (y se me lee alguna XY, debo añadir que no soy así para todo, al menos hasta donde llego a recordar). Esta historia la empecé hace bastantes años y ahí se quedó la pobre. Otro día ya si eso la pegaré un repaso e igual hasta sigo con ella:


                                                EL ÚLTIMO CIGARRILLO.
No sé muy bien que contar, por lo que tampoco tengo muy claro como empezar a hacerlo. La guerra supuso el final de muchas cosas que se tenían por eternas, todas aquellas cosas en las que no pensabas a diario porque siempre estaban allí; pero ahora que ya  no existen pienso en ellas casi continuamente, hemos sustituido en nuestras memorias los lugares que antaño nos pasaban desapercibidos por las humeantes ruinas de sus recuerdos. La vida ha cambiado desde los últimos años, ya hemos aprendido a vivir de esta manera, tras varios años hemos terminado por comprender que no vamos a despertar de esta pesadilla y que habremos de quedarnos para siempre en esta situación. Todo tiene un inicio y un final, la propia vida humana, las emociones, las películas y hasta la tierra; ese planeta que ocupaba el tercer lugar en nuestro sistema solar, hasta que Venus adquirió su flamante nueva posición astronómica.
Como dije antes muchas cosas han cambiado en los últimos años, la más importante es el hecho de que la Tierra desapareció en los primeros meses de la guerra. Las noticias que llegaban a las tropas en las fronteras de nuestro sistema eran confusas, pero finalmente fueron confirmadas, el planeta en el que surgió nuestra civilización, la capital del sistema galáctico de la humanidad (nosotros lo conocíamos sólo por el sistema galáctico) había sido borrado de todos los mapas estelares.
Con la tierra desaparecieron otras muchas cosas, una gran parte de los animales, por ejemplo, ciertamente los animales domésticos como gatos, perros hasta algunas serpientes menores se hallaron a salvo en las residencias de terrestres en toda la miríada de mundos coloniales; Lo mismo ocurrió con animales de granjas e incluso algunas plagas agrícolas encontraron también su nuevo hábitat en tierra-2, tierra-3... (nunca debimos dejar poner los nombres de los nuevos planetas a los astrónomos). Pero un gran número de animales desaparecieron como una parte más del paisaje de nuestro planeta.
La desaparición de la tierra impidió que se pudieran volver a contemplar aquellas reuniones de cúmulos y nimbos que se desperezaban en el azul del firmamento, que las olas susurraran baladas eternas al húmedo y dispuesto oído de los litorales al impredecible ritmo de las mareas, las constelaciones tal y como se divisaban desde la tierra dejarían de tener consistencia excepto en los mapas del cielo ya existentes... Ya no quedaba absolutamente nada de todo aquello y fue un cambio tan trascendente y repentino que se hacía difícil pensar que un planeta verde alguna vez hubiera dado vueltas alrededor de nuestro sol.
Con las especies arbóreas pasó algo muy similar, muchas semillas viajaron entre nebulosas y constelaciones para ser trasplantadas en un ecosistema diferente, muchas de ellas se adecuaron a los  suelos y nitratos extraterrestres, pero algunas de ellas no pudieron, o si lo hicieron sus características se vieron modificadas, las verduras a veces, según el planeta en el que se plantaran, sabían mal o adquirían un color de lo menos apetecible (que en algunos casos tampoco es que el original lo fuera mucho), pero pronto se descubrió que había una planta que de ninguna manera podía desarrollarse en otro planeta, la planta del tabaco. Bien es cierto que en la tierra tanto el tabaco, como el alcohol o la comida grasa y con colesterol estaban prohibidas desde hacía muchos años. Pero en los mundos coloniales y en las naves comerciales o de exploración (por no hablar de la flota de guerrera) las leyes eran cuanto menos laxas. Como sólo en la tierra podía cultivarse el tabaco en múltiples granjas privadas o en facultades de biología terrestres el tabaco seguía su camino hacia la superficie en la economía sumergida, prácticamente nunca faltaba un paquete de cigarrillos en cualquier reunión social. Hasta el fin de la tierra. No había una exportación reglamentada y, por supuesto, tras la catástrofe, el tabaco era la menor tragedia colateral de la desaparición de nuestro planeta, por lo que los fumadores tardamos un tiempo en ser dolorosamente conscientes de que  los maravillosos días de aspirar humo acaban de desaparecer como las mismas volutas de un cigarrillo en al aire de una habitación bien ventilada.
El tabaco estuvo muy ligado a mi vida, las largas noches de estudio en la academia espacial se hacían menos tediosas con un cigarrillo entre los dedos, la nicotina actuaba como un discreto activador neuronal y las ideas se desperezaban primero, para más tarde desarrollarse y lucir en el centro del cerebro guiadas por el faro infatigable de la brasa rojiza y persistente de un cigarro recién encendido y aspirado por primera vez. Por no mencionar el sabor incomparable que desprendía el tabaco tras una comida, café (también prohibido) o, sobre todo, tras el sexo, los pulmones estaban dilatados por el esfuerzo respiratorio y el humo del tabaco se extraía con una precisión quirúrgica, sin contar con como los olores producidos por las transpiraciones se comunicaban con el del tabaco de una manera muy similar a la comunicación producida hacía minutos. Nada sentaba más bien, ni sabía mejor que un cigarrillo compartido tras el sexo.
¡Dios, como echo de menos el tabaco!. Sí, los hipopótamos me dan mucha pena, como los ocelotes, los linces o las ballenas, pero... ¿Cuántas veces he disfrutado con uno de esos animales?, ninguna. Prácticamente no voy a notar su falta. Pero la nicotina que vive en mis pulmones está realmente destrozada porque nunca más volverá a ver a los suyos, condenada a vivir para el resto de mi vida en una reserva indígena, rodeada y maltratada por el oxígeno, proteínas y demás compuestos saludables de mi organismo.
Supongo que este diario bien puede ser mi última redacción, la última vez que mis ideas, recuerdos  y deseos se manifiesten físicamente como un fantasma en una fructuosa sesión de espiritismo, por lo que debería ser sincera: Tengo el último cigarrillo de la tierra.

He estado mirando por galaxy-net la cotización (teórica) de un hipotético cigarrillo, con ese dinero podría comprar una flota de naves comerciales. A veces pienso en venderlo, pero luego creo que si alguien quiere pagar tanto por él es que realmente lo vale, que lo conseguiría por ser asquerosamente rico, razón por la cual pienso en disfrutarlo yo misma.
Lo fantástico sería compartirlo tras un polvo, pero en estos tiempos de guerra no hay espacio para romanticismos, sólo sexo realizado con la angustia y el temor a que sea el último. Se práctica el sexo con la fiereza y el ímpetu de los animales que presienten que van a ser sacrificados, ya ha dejado hasta de ser algo agradable. El miedo a perderlo lo ha arruinado prácticamente del todo. Y de todas maneras, en una nave exploradora, navegando continuamente por territorio enemigo o en peligro no hay excesivas oportunidades de encontrar un buen compañero de cama.
Empecé a fumar por mis amigas, en la academia. El hecho de que fuera algo prohibido era un aliciente, más todavía en un ambiente militar como el de la academia de exploración. Las maneras de ingeniárselas para ocultarlo en las inspecciones hacían que te sintieras despierta, viva y, en cierta medida, rebelde.
Todo lo bueno lo había adquirido el ejército. Las campañas exploradoras de la galaxia eran ciertamente peligrosas, por lo que el ejército comenzó a acompañar a los pioneros, más tarde a los comerciantes, a los transportes de pasajeros y a los arqueólogos que descubrían los antiguos restos de civilizaciones extraterrestres o las dejadas atrás por los enemigos. Finalmente el ejército copó todas las carreras interesantes. Decían que era tan sólo como una especie de cursillo de supervivencia, a lo que se sumaba el trasfondo de una institución que ayudaría con todos los medios a su alcance y, aunque algo de razón tenían, todo se vio imbuido por el modo de vida castrense, ante lo cual se me viene  a la memoria las palabras de un filosofo terrestre muerto hacía muchos miles de años: “La justicia militar es a la justicia lo que la música militar es a la música”.
Yo de niña siempre fui inquieta, como si presintiera mis futuras adiciones a la cafeína y a la nicotina, no paraba de ver las estrellas en las escasas noches en las que la contaminación lo permitía, leía todo lo que podía sobre otras galaxias y nebulosas y me suscribí a una red de noticias sobre nuevos descubrimientos. La exploración galáctica era mi vocación.
No quiero que os llevéis a engaño, tampoco guardo unos malos momentos de mi estancia en la academia militar de exploración, aunque sí que es cierto que la reglamentación, la disciplina y la ciencia militar casi acaban con el romanticismo de los viajes de exploración.
El caso es que fue allí donde empecé a disfrutar de los placeres del tabaco, y puesto que la vacuna contra el cáncer ya se había descubierto hacía siglos, tampoco era muy comprensible su prohibición, por lo que desde los movimientos juveniles, artistas y bohemios, el tabaco era una manera de diferenciación estamental. Pero me he perdido en mis divagaciones, hablaba de mi último cigarrillo y de los deseos inhumanos que tengo de fumármelo ahora mismo.



domingo, 18 de septiembre de 2011

El Especial de Medianoche


Pues este microrrelato (casi diría ubermicrorrelato) es así de pequeñajo el pobre porque estaba escrito contando con se leyera, como se ha leído, en el programa de radio "El especial de Medianoche". Escrito ex profeso para ello y con el título de homenaje.
Por cierto, hablando de radio, ya estoy a punto de hacerme una cuenta de podcast para subir mi programa de cómics y buena música. Después de dieciseis años en antena ya iba siendo hora. 
Bueno, a lo que vamos, "El especial de Medianoche":

Querría un “especial de Medianoche” – Me dijo – Aunque no hacía falta que me lo dijera, sabía lo que quería desde el momento en que entró en la taberna, miró cauteloso a las robustas sombras de las esquinas, se quedó parado un momento bajo el quicio de la puerta y, con un paso firme que fue precedido de un profundo suspiro, avanzó hacia donde me encontraba.
Todo el mundo quiere un especial de Medianoche. ¿Eres consciente de lo que entraña? – Le contesté –  y siguiendo un procedimiento estandarizado añadí - ¿Y tendrías con qué pagarlo?
Era verdad, decenas de personas pasaban por aquí cada noche preguntando por el especial, la mayoría eran curiosos, soñadores o policía militar de relativo incógnito. No parecía ser el caso de este joven nervioso.
El especial era un brebaje, destilado de multitud de organismos vivos e inertes de los pantanos de este planeta en el brazo exterior de la galaxia, el último apeadero antes de entrar en la zona en cuarentena. Un cinturón de asteroides separaba a la zona prohibida de modo que, aunque se quisiera, era imposible pasar a través de ellos. Salvo con el especial, el mejunje te abría la mente, ampliaba los sentidos y permitía pasar a través de ellos con la gracia de una libélula entre fieros juncos.
Tras discutir el precio, me dirigí con él al almacén y le ofrecí un vial de cristal grueso con un líquido violeta en el que flotaban grumos del tamaño de granos de café. Me dio las gracias y se retiró.
- ¿Para qué quiere ir todo el mundo a la zona prohibida? – Me preguntó uno de los habituales.
- Ni idea – contesté
- ¿Y funciona ese brebaje tuyo? – Siguió preguntando
- ¿Tu que crees? – Respondí con parquedad dando a entenderlo todo con el juego de cejas
- ¿Para qué es la bebida, entonces? – Volvió a inquirir.
- Para los calamares espaciales del cinturón, se comen todo lo que lo cruza y les gusta el sabor de la carne aderezado con él, así no entran en este planeta. He montado esta taberna para eso. Está teniendo mucho éxito, este “especial de medianoche” como ellos lo llaman.

viernes, 12 de agosto de 2011

Tormentas en Forest City

Mi Smartphone insiste en decir que vivo en Forest City y que casi siempre hay tormentas con truenos. De algo tan grande tenía que salir un relatillo, este es solo el comienzo, luego no lo terminaré, como ninguno, pero al menos empiezo a escribir que ya hacía tiempo:


Cuatro o cinco tormentas rodean Ciudad Bosque, cercándola lentamente como las manos hábiles de un estrangulador que se quiere tomar su tiempo, o como el amante que coloca con suavidad el collar de perlas preciosas en el cuello de su amada queriendo retrasar el momento en el que las yemas de sus dedos dejarán de sentir la piel suave y perfumada de su cuello.
Ya no había bosques en Ciudad Bosque, tan sólo una placa de sílice que proyectaba a las alturas un perpetuo holograma de un castaño cuyas largas ramas se mecían al compás del viento de los ceros y uno que vivían en sus raíces. Como por las noches los traficantes de chips de recuerdos, de implantes sexuales y de drogas de Saturno hacían sus negocios bajo las gruesas ramas transparentes, se conocía a la zona como el bosque de los malhechores, recordando los tiempos en los que la justicia del rey colgaba de los gruesos ramajes de castaños sólidos y reales a los falsificadores de moneda y a los proxenetas. Por algún motivo eran los peores crímenes para su majestad.
Antaño, las tormentas que descendían hasta el valle de Ciudad Bosque se traían de recuerdo fragancias de otros valles, de hojas de arce, de tomillo, de orégano salvaje, de salvia fresca y de resina jugosa, junto con las gotas de lluvia que se formaron en nubes que nacieron en zonas más felices. Ahora sólo traían el olor de neumáticos quemados, de basura poderosa y de los bloques de hormigón rugoso que ocupaban el lugar de las hayas y los alcornoques.
Cuando las tres lunas coincidían en el cielo, hasta los esqueletos de los ajusticiados sonreían con satisfacción y el corazón de los hombres y mujeres se agitaba como unas dulzainas de madera nueva, salían de sus casas hasta el lindero del bosque más profundo y cantaban la alegría de la vida a los árboles, quienes seguían el ritmo con las ramas, haciendo que la luz de la luna variara en matices e intensidad como en un calidoscopio celestial.
Ahora las tres lunas eran tres fábricas de minas espaciales, preservativos de látex con estrías y contenedores de residuos nucleares. La civilización había llegado al planeta de Ciudad Bosque.
Los truenos marcaban su avance cadencioso, aplausos sonoros de gigantes, carcajadas de los dioses locos en las bóvedas celestes, grandes rocas deslizándose por los acantilados más profundos de las simas marcianas. Si hubiera habido árboles en Ciudad Bosque se habrían retirado despacio a las profundidades de su bosque, al corazón de la maleza, para sentirse más protegidos bajo las ramas de los árboles más viejos y sabios. Ahora, el castaño digital parpadeo tres veces, cada vez durante más tiempo que la anterior y desapareció dejando a la placa de sílice que lo proyectaba sola bajo la lluvia y haciendo que los negocios que realizaban los delincuentes perdieran su eléctrica luminosidad.
Las tormentas se estaban uniendo, compartiendo noticias de las borrascas de procedencia, criticando a los anticiclones, comentando lo oscuro y negro que estaba el interior de cada una de sus nubes, alabando los rayos dorados de las demás y preparando planes de guerra. Ciudad Bosque iba a caer entre los truenos, el agua y la luz de miles de relámpagos. La civilización no iba a poder con esta tormenta, esta vez no, parecían decir en su movimiento de pinza contra la ciudad que antaño tuvo un bosque.

domingo, 7 de agosto de 2011

Exorcismos

Y como sigo con sequía creativa tanto para la escritura literarea como para el trabajo del doctorado, seguremos subiendo las antiguas tiras de humor ateo de tiempos más inspirados.

viernes, 15 de julio de 2011

Añoranzas de lluvia

Este lo escribí hace unos años ya, pero tiene la longitud adecuada para que entre en una sola entrada y así además me evito escribir algo nuevo.


                                              AÑORANZAS DE LLUVIA
Una de las cosas que más echaba de menos era la lluvia, no sólo el fenómeno metereológico en sí, sino todo aquello que traía con ella. Recordaba de manera casi lacerante el incomparable olor a tierra húmeda (realmente provocado por un hongo, aunque eso no invalidaba en absoluto su encanto) y a todo el resto de olores que se veían multiplicados con su presencia, como el de la retama o el de las flores de primavera. Si cerraba los ojos todavía le parecía oír el sonido que la lluvia producía al golpetear graciosamente los cristales mientras, a cubierto, se disfrutaba de una taza cargada de café y de un cigarrillo que sabía muchísimo mejor con la lluvia. Veía con nitidez total dentro de su cabeza los cientos de tonos de gris que el cielo era capaz de exponer con la ayuda de los cúmulos de borrasca y, a menudo, le embargaba la sensación de sentirla fresca sobre el rostro en las pegajosas tardes del final del verano. Recordaba a la lluvia como se recuerda a una amante, su tacto, sabor, el dulce sonido de su conversación y su ausencia le dolía como la carencia de sexo con el ser amado. El resto de recuerdos le atormentaban menos pero el fantasma de  la lluvia le perseguía y le martirizaba como un espíritu que vuelve para no dejar vivir a su asesino. La Tierra tenía multitud de rasgos para ser eternamente recordada, pero ni las cálidas playas, ni el sereno mar, ni los campos puros en los que se levantaban regios los olivos eran capaces de competir en sus añoranzas con la presencia perdida de la lluvia.
La galaxia, no obstante, estaba repleta de espectáculos inolvidables tales como brillantes nebulosas, soles nacientes, campos yermos y fríos de lo que un día fueron satélites... Uno podría pasarse la vida entera contemplando absorto el infinito desde la escotilla de una nave cualquiera y no sólo no se cansaría nunca, sino que jamás la inmensidad del universo se repetiría una sola vez. Y sin embargo allá fuera, en la negrura sólida entre las estrellas jamás llovía.
Cuando hablaba con sus compañeros de viaje de sus punzantes añoranzas, éstos no parecían comprenderle, ellos preferían al sol, adoraban su disco dorado como paganos cegados por el brillo de oro del ídolo sin pararse ni tan siquiera a pensar sobre ello y, como los paganos, atacaban a todas las divinidades que no relucieran falsamente del mismo modo que la suya, de esta manera le hacían bromas sobre sus preferencias de la lluvia y le recordaban que lo que mandaba era el sol, aquella sólo aparecía si se lo permitía el segundo. Con el sol, mantenían sus compañeros, podías hacer lo que quisieras bajo su atenta vigilancia, no había límites, pero con la lluvia uno no podía hacer otra cosa que no fuera resguardarse de su frío abrazo y rezar a sus dioses para que cesara cuanto antes.
Seguramente había sido él mismo quien había teñido de un tinte religioso las conversaciones, quien se había imaginado, en las altas cumbres de la atmósfera, una batalla entre panteones enfrentados. Muy probablemente sus compañeros tan sólo estaban pasando el rato entre las horas de trabajo y realmente no eran sacerdotes del gigante dios amarillo que relegaba a la clandestinidad a su adorada lluvia. Tal vez tan sólo querían reírse un poco con él y por eso le decían todas esas cosas tan terribles sobre la lluvia. Pero una cosa era cierta, hablando con la gran mayoría de sus compañeros de navegación cada uno echaba de menos unas cosas y nunca la lluvia era una de las elegidas. A pesar de la distancia, a pesar de su ausencia la lluvia no era apreciada. Le decían que era lógico, que metidos en una nave metálica, atravesando una inmensidad de oscuridad fría, lo primero que se echaba a faltar era el sol, algo que te calentara los huesos, que te acariciara el pelo con dedos suaves y que te provocara una sonrisa sin que pudieses evitarlo, ¡ya tendrían tiempo de ver llover cuando volvieran a casa tras la misión!, decían.  No eran conscientes de que la lluvia podía hacer todas esas mismas cosas que pensaban eran exclusividad del sol, acariciarte y provocar sonrisas.
Se echa de menos lo que no se tiene, pero mucho más lo que ya no se volverá a tener, eso te lo podría decir cualquiera, desde quien ha dejado de fumar irremediablemente porque el médico se lo ha prohibido y siente como nunca más volverá a tratar de mantener lo más posible el humo en sus pulmones antes de soltarlo, hasta quien es cruelmente consciente que nunca de nuevo sentirá la caricia de las caderas, el sabor de la boca o el olor del pelo de su amor verdadero cuando éste acaba de dejarle.
Entonces se le ocurrió la solución. Iba a ser terrible, un tremendo sacrificio, pero todos los mártires de todas las religiones los han hecho en honor a sus dioses, así que el no podía ser menos. Su trabajo consistía en una patrulla permanente por los sistemas más cercanos a La Tierra, la última línea de defensa ante posibles ataques. Realmente no solía haber ataques y de haberlos nunca llegaban tan lejos (o tan cerca, según se mirara) por lo que su labor consistía en una ronda nocturna, una eterna ronda nocturna. Los turnos duraban cinco años y tan sólo había comenzado el tercero, sin embargo en este momento de la ronda pasaban lo más cerca posible de La Tierra. No podía divisarse más que como una esfera azul perlada de multitud de agujeritos de luz, no obstante dentro de esa bola que flotaba en la nada la lluvia caería grácil y sensual en multitud de lugares.
Se echa mucho más de menos lo que nunca volverá a tenerse. Si la lluvia no era tan apreciada era porque en cinco años volverían a sentirla. Pero si nunca más hubiera lluvia, su recuerdo permanecería eterno en la memoria, los dioses muertos rigen los destinos de sus pueblos con más fuerza que los vivos.  Fue un movimiento muy fácil, tan sólo extrajo una palanca y pulsó un botón, ni siquiera se escuchó nada sólo se vio un haz de luz que se hizo más y más grande hasta que desapareció dejando de nuevo a la negrura. Ya nunca más habría lluvia, al menos en La Tierra. La multitud de terrícolas desplegados por todo el universo al recordar su planeta destruido para siempre, llorarían también por la lluvia y entonces sería realmente apreciada. La querrían ya del mismo modo que la quería él.

lunes, 11 de julio de 2011

La escritura de la biblia

Pues como siempre que  no se me ocurre qué subir, vamos con el humor ateo. Total, tengo montones hechas desde hace años y no cuesta nada (hasta la primera denuncia, claro)