jueves, 7 de noviembre de 2013

Espartero exterminador de monstruos, capítulo 2

Pues venga, segundo capítulo de la cosa ésta. He intentado poner el icono de "Creative commons" pero no he sido capaz. Pero, vamos, que se permite la reproducción (faltaría más) siempre que se diga la autoría y esas cosas.



CAPÍTULO 2: MIENTRAS, NIEVA EN EL NORTE.
Había nevado mucho durante toda la noche, sin hacer ningún ruido; pero al igual que tras un largo y húmedo beso que nos llena la boca cuando nos sorprende sin ser solicitado, había conseguido, una vez finalizada su labor, rendir a sus pies todo lo que hubiera tocado, lo que consistía en cualquier cosa que el ojo alcanzase a ver. Una estola blanca de brillante armiño arropaba a todo un bajo universo de raíces de árboles, pequeños arbustos, piedras milenarias que fueron talladas cuando La Tierra comenzaba a gatear, caminos forestales y confortables madrigueras, ofreciendo la promesa de que nada malo ocurriría debajo de su manto y de que volverían todos ellos a emerger de su abrazo, mientras se frotaban los ojos somnolientos y miraban un renacido amanecer, una vez terminado el invierno. Ahora era el momento de dormir arropados, tranquilos y callados, para que la nieve pudiera proseguir sin sobresaltos, besando por sorpresa a otros valles de más allá de las montañas, como la amante generosa y entregada que era. La nieve tenía corazón y amor para entregarlo con largueza, pero como amante salvaje y primitiva, prefería ser complaciente con la gente sencilla de la montaña, la austera gente del norte y las aldeas puras, antes que con las mugrientas ciudades de costumbres extrañas y veloces.
El frío me gusta, el frío es constante y otorga certeza, hace que el mundo sea silencioso y que las personas más estridentes y sucias se escondan, ralentiza el paso del tiempo, alarga las inspiraciones y exhalaciones como si fueran solos de viento en una sinfonía y envuelve cada momento del día en una joya congelada que se preservará impertérrita durante largos meses. Las bajas temperaturas agudizan los sentidos y preparan los músculos para que cuando llegue la primavera estén listos para ser disparados como resortes recién liberados. El invierno es como el instante previo a la batalla, cuando contemplas desde el cerro a las formaciones enemigas, les saludas marcialmente desde la distancia y rezas por sus almas para, acto y seguido, conjurarte con el fin de que sean ellos quienes cenen esa noche con el diablo mientras tú disfrutas del alcohol que les has requisado, sorbido directamente del ombligo de una prostituta de regimiento. Si además el invierno se alía con la víspera de una batalla, entonces ya no existe en tu cabeza nada más que no sea el vaho que se difumina en cuanto sale temeroso de los pulmones, los puntos de calor en las palmas de las manos al acariciar superficies calientes, el corazón marcando el ritmo como en una marcha sobre el pavimento y los destellos como fogonazos de los mejores olores de la creación, como el café hervido en un viejo puchero sobre una hoguera de campaña, a la sombra de los quejigos. Los troncos secos restallan cual latigazos, las ramas de los árboles dejan caer la nieve derretida como si los dioses libaran néctar desde el monte Olimpo para los héroes, hijos del dios de la guerra y entonces sabes que este momento, quieto en el devenir del río de la vida, será uno de los que recuerdes con más agrado en los momentos postreros, bien en el lecho de muerte, orgullosamente rodeado de nietos, hijos y nueras o cuando finalmente una bala de fusil te atraviese el pecho y se cierre con un golpe, y sin aplausos, el telón de todas las batallas por las que caminaste sembrando destrucción.
-          Tío Tomás, su café – Se dirigió a mí con una sonrisa mi cocinero, un miembro indispensable de mi ejército, como juzgaría cualquiera que contemplara mi constitución.- Lo más negro, amargo y caliente que permiten los mandamientos de la ley de Dios.
-          Lo de “tío Tomás” no acaba de convencerme – Repliqué, aceptando una taza de metal que había estado en más guerras que todos los políticos carlistas juntos.- Se qué es un apodo cariñoso, pero si queremos ser considerados un ejército serio tendríamos que ser más formales. Baldomero mandaría fusilar a aquel que osara llamarle “tío Baldomero”. Yo prefiero fusilar a los enemigos, de los que no andamos precisamente escasos. Cada bala cuenta, como dicen nuestros aliados del Maestrazgo.
-          Por eso, con la ayuda de Dios, derrotaremos a los liberales y sus costumbres francesas y desviadas. Cada día se nos unen más y más voluntarios, al estar la verdad está de nuestro lado.
-          En cuanto a los voluntarios… Como todos sean como los últimos… ¿Te lo puedes creer? Recogemos a varios en diferentes aldeas y villorrios, todos dicen estar deseosos de luchar por Dios, los fueros y el rey. Repartimos avituallamiento, armas y unas botas. Les digo, socarronamente, que las botas les tienen que durar toda la guerra porque no tenemos para más. Comenzamos la marcha y tras un buen rato de caminata, echo la vista atrás y veo un sendero de sangre que se extiende detrás de la tropa. Me fijo ¡y veo que todos están marchando descalzos! ¡Y me salen con que como había dicho que las botas les tenían que durar, se las quitaron para no romperlas! ¡Lo próximo será no comer para no tener que cagar!
-          La vida marcial es muy diferente a todo lo que están acostumbrados. Hacen lo que pueden, nadie les ha enseñado a comportarse en un ejército.
-          Así no conseguiremos nada, las tropas liberales ya han llegado a Bilbao y deberemos tomarlo presto o perderemos una de las pocas ciudades grandes del norte, no podemos permitírnoslo.
-          ¿Sabemos algo de nuestro aliado, el conde centroeuropeo? Porque Francia, Gran Bretaña y Portugal apoyan a la reina ilegítima. Necesitamos aliados extranjeros.
-          Hemos recibido su última misiva con nuevas instrucciones y unas cajas oblongas de madera llenas de tierra de su patria. De momento todo según lo acordado. Un café excelente, gracias. Con esto y un orujo blanco ya no hay mañana que se resista.

Me alejo un poco del campamento que ya empieza a desperezarse como un único animal grande y torpe. Todos los olores y sonidos que la nieve había amortiguado comienzan a asomar tímidamente la cabeza. Pero tampoco lo harán mucho, tan solo tantearán con una patita temblorosa y volverán a bajar el timbre de voz con el respeto reverencial que se le debe al bosque en invierno y a un ejército con la razón de su lado. Hora de ir a ver qué tal está avanzando el asedio a la torre de la iglesia de esta villa.
Según avanzamos por el norte, gran parte de la población rural se nos unen. En las ciudades o villas grandes ya es otro cantar, nuestro mensaje cala menos entre ellos, algunos de los nuestros les llaman despectivamente “urbanos”. Sea como sea, inexorablemente, pueblo tras pueblo, los partidarios de Isabel acaban haciéndose fuerte siempre en el mismo edificio, la iglesia. La realidad es que se trata en todas las ocasiones del edificio más alto y robusto de la zona, militarmente tiene todo el sentido estratégico del mundo, pero no dejo de alentar entre mis tropas el pensamiento de que al final han ido a buscar refugio a la iglesia, la casa de Dios, por quien luchamos nosotros. Que a la hora de la verdad no son tan consecuentes como nosotros. Muchos de los cristinos también piensan en que los carlistas, como los chupacirios que creen que somos, jamás dañaríamos una iglesia. Tampoco hay problema, sacamos todos los objetos sagrados, prendemos fuego el interior, les dejamos aislados en lo alto de la torre y, al final, cuando se rinden, los recios muros de la casa del señor permanecen inalterados y solo hay que hacer al final arreglos menores. Suelen ser los capellanes, precisamente, quienes acercan la tea ardiendo con más denuedo. Al final, tienen que saber que si juegan a ver quién es más cabezón han elegido a un contrincante complicado.
En la plaza del pueblo hay un revuelo considerable, los refugiados en la iglesia maldicen desde lo alto de la torre, disparando de vez en cuando algún disparo y mis tropas hacen lo mismo, pero sin creérselo ninguno de ellos, como quién ve un espectáculo de marionetas y grita al cazador que detrás está el lobo con mucho entusiasmo, pero solo fingido, para que los críos se metan en la ficción sin que a ellos les llegue al final que los protagonistas de trapo sean devorados.

Conozco al jefe de los refugiados, Don Cipriano, el alcalde, seguramente la camarilla cristina le habrá asegurado que podrá casar a una de sus rollizas hijas con un ministro de gobernación o un funcionario de alto rango. Porque Ciprianejo, como le conocí cuando combatimos a los franceses, tiene la misma idea de la política nacional que una trucha destripada. Mis seguidores se apartan, me dejan pasar y todos se callan. Acabemos esto rápido. Planto mis piernas, me yergo, hago bocina con las manos y grito con todos mis pulmones y repentinamente.
-          ¡Tú, Cipriano, descerebrado! ¿Qué carajo crees que estás haciendo? ¿A qué aspiras, a que la reina regente venga y te la chupe? ¿Crees que los liberales harán algo por ti cuando acabe la guerra? ¡si estarán todos muertos! – Le grito dejando que mi acento del norte se suelte para dar el gusto a la muchedumbre.
-          Solo peleo por lo que creo, Tomás. La pragmática tiene toda la legalidad, creo que Isabel es la reina legítima.
-          ¡Legítimas hostias te vas a llevar si no te rindes! Si no he prendido fuego ya a la iglesia es por las comidas que hemos compartido y porque sé que alguna furcia de ciudad te habrá sorbido el seso. En el fondo sabes, como yo, que nuestra causa es la justa. – Más vítores y vivas cada vez que acabo una frase.
-          Resistiremos aquí hasta el final. No negociaremos nada.
-          No, si no quiero negociar nada, no te engañes. En quince minutos la torre habrá ardido, recogemos el campamento en dos horas. En menos de un mes tomamos Bilbao y antes del verano estamos en Madrid coronando a Carlos V. Podemos ir contigo o sin ti. No va a cambiar nada.
-          ¿En verano en Madrid?, ¿seguro?- Me pregunta con la voz temblorosa. Ya he hecho mella.
-          Seguro, si no antes. Si vienes estaremos en breve en la plaza mayor comiendo churros.
-          ¿Churros o porras?
-          ¿Perdona?
-          Sí, es que en Madrid lo llaman al revés, a los churros les llaman porras y a las porras churros. A mí es que me gustan más los churros, porras para ellos…
-          ¡Cipriano, coño! En cuanto llegue a Madrid y coronemos al rey, lo segundo que haré será emitir un edicto para que lo llamen todos correctamente.
-          ¿En serio? ¿De verdad? Me rendiré de inmediato y me uniré a ti en ese caso. Eso es una preocupación de un rey auténtico.

He tenido que prometer cambiar en Madrid la nomenclatura de los churros. El infante Carlos lo tiene realmente jodido con los apoyos que le salen, pienso de vuelta al bosque, esperando a que se recoja el campamento y volvamos a marchar. Enciendo mi pipa de madera de castaño, me retiro la gorra militar, reforzada expresamente con un aro de metal para que se mantenga en mi cabeza. Respiro una vez más el aire frío y releo por sexta vez la misiva del extraño conde que dice nos apoyará, y que realmente falta nos hace:

Lugoj. Noviembre del año de nuestro señor 1833
Estimado Señor Don Tomás Zumalacárregui. Le pido disculpas de antemano por mis torpes palabras, pero la bella lengua española no es una de las que hablo con fluidez. Una amable gitana zíngara está teniendo a bien escribir a mi dictado estas sencillas, pero sentidas frases.
Entiendo mejor que nadie lo que se puede sentir al ver cómo tú país es zarandeado por las clases bajas, cuando el respeto a la nobleza de sangre y a los pactos de los ancestros se pierde en una barahúnda de torpes burgueses y proletarios sin el menor amor a la patria. Desde mi humilde posición apoyaré en la medida que me lo permitan mis fuerzas y posibilidades. Mis ejércitos menguados ya no son lo que eran cuando mis antepasados frenaron con fiereza a los turcos y, al igual que sus bravos ancestros de las montañas, impedimos solo con nuestras manos y valor que el Islam penetrara en la culta Europa de los clásicos. Aun así, en el ocaso de nuestro linaje, mandaré a tres de mis mejores sirvientes (tres manos derechas, si me permite la metáfora) y tras su informe me personaré yo mismo para tener la dicha de conocerle y hablar de ese libro al que hacía referencia en sus anteriores epístolas. Y créame cuando le digo que la balanza se inclinará entonces inefablemente a nuestro favor, puesto que ya hago mía su justa  causa. Por Dios, por los fueros y el rey legítimo.
P.D. Tan solo me permito volver a recordarle la necesidad de que en las cajas que les he enviado, y espero hayan llegado junto a esta misiva, permanezca siempre dentro la tierra que con ellas llevan. Es una excentricidad que espero sepa consentir a un noble supersticioso como yo.


                                    Atentamente, su fiel amigo. Conde D.


Excentricidad, sí, seguro. La guerra lleva a formar extraños compañeros de cama. Solo hay que recordar en este caso irte al catre con el cuello tapado, ajos en los bolsillos y una estaca afilada de cedro al lado del orinal.
 

jueves, 24 de octubre de 2013

Espartero exterminador de monstruos.

He tenido unos días malos con necesidad de pensar en chorradas y me puse a ver si salía algo de una tontada que se me ocurrió hace años. Fue una idea que sonaba graciosa para una película y ahí quedó la sandez. Pero estos días me ha dado por ver si araño algo, no digo que vaya a ser un guión, ni una novela, pero quería ver qué tal empezaba a andar la cosa.
La tontería se llamaba "Espartero cazavampiros" y nacía de la imagen del general Espartero matando chupasangres en el norte de España en plenas guerras carlistas, pero como salió al poco "Abraham Lincoln cazavampiros" ya había que cambiar el nombre y ampliar el rango, así que será a partir de ahora: "Espartero exterminador de monstruos" y será una visión pulp y delirante de la España del S.XIX, con algún que otro dato histórico, eso también. Pues nada, vayamos con el inicio de la tontuna, primero una cronología del Espartero ficticio y luego con unas páginas. A ver qué tal queda.

Cronología desconocida del general Espartero.



-          27 de Octubre de 1793. Nace Joaquín Baldomero Espartero. Es el octavo hijo del matrimonio. Como su hermano anterior no era hijo legítimo de su padre, realmente se trata del séptimo hijo. Su padre también fue séptimo hijo. Un séptimo hijo de un séptimo hijo nace impregnado por la magia.

-          1807 en el colegio Dominico de Almagro consigue el título de Bachiller de Artes y Filosofía y realiza su primera lectura del Necronomicón, la edición traducida y anotada que Luís de Góngora realizó a la latina.

-          1808. Saca con vida y con casi toda la sangre en el cuerpo a Godoy de un prostíbulo regentado por vampiros. Continúa matando vampiros por toda la península con el beneplácito del Vaticano.

-          1809 participa en la guerra de la independencia como ingeniero. Su precisión en localizar las líneas dragón de la Península Ibérica es clave para ganar la guerra, como reconoció al mismo duque de Wellington el astrólogo del rey Guillermo IV.

-          1823 Es nombrado jefe del ejército del estado mayor de Perú. A pesar de contar con los poderes místicos de la calavera de Pizarro, nada pueden hacer con las tropas sublevadas quienes cuentan con el apoyo del Chupacabras, así como de varias momias incas revividas para la ocasión.

-          1824 es hecho prisionero en Ayacucho y el año que pasa en prisión lo dedica a memorizar conjuros de magia precolombina, grabados en los muros de la prisión por un mago ejecutado por brujería. Aprende el nombre verdadero de Vichama, dios inca de la guerra y la venganza.

-          1825 Es liberado y al volver a España contrae matrimonio con Jacinta Martínez Sicilia y con el dinero de su mujer comienza a recopilar los objetos de poder místico de la historia del reino para salvaguardarlos. No todos los lleva a la sala segura del Monasterio del Escorial.

-          1833 Muere Fernando VII y es encargado de dirigir a los ejércitos liberales en las guerras carlistas (1833-1839). Son los hechos que se narran en este libro.

ESPARTERO EXTERMINADOR DE MONSTRUOS.

Capítulo 1: Entrevista con las reinas. Una regente y otra ausente



Llovía con bastante denuedo, de manera firme y concienzuda, tanto, que más parecía tratarse de una lluvia alemana o británica que española. Las gotas de agua enviadas al frente cumplían fielmente las órdenes del estado mayor de las nubes de tormenta y así se lanzaban obedientes por todo hueco que encontraran, desde las tejas viejas de los edificios más ruinosos de la capital, como por los gabanes empolillados de los transeúntes que tenían la mala fortuna de verse obligados a caminar por la calles. El resultado era que todo lo que osara permanecer bajo el cielo gris y nuboso estaba ya a estas alturas de la mañana empapado y chorreando, como si nunca jamás hubiese estado seco ni pudiera soñar con volver a estarlo. Mi caballo piafaba, no dejaba de exudar y de él ascendía un acre vapor que se sumado a la cortina de lluvia hacía que me costara ver y que me viera obligado a reducir el paso de una montura a la que le encantaba correr y mostraba coceando el suelo su enfado ceñudo al tener que refrenarse.

Sin embargo el palacio real permanecía sereno e impertérrito ante los elementos, al menos a simple vista, seguramente todo sería mera fachada y las goteras causarían estragos en el interior, allá en las cocinas, las cuadras y los despensas, lugares en los que decenas de sirvientes se afanarían en colocar la vajilla más prescindible debajo de las cataratas formadas, para buscar después los recodos más secos a los que pudieran acceder para liarse un cigarro, contar los chistes obscenos del momento y, en el mejor de los casos, tener tiempo a un rápido magreo antes de seguir con  sus labores diarias. Al país le ocurría lo mismo que al palacio, había a quienes la tempestad política venidera les afectaría y se verían arrastrados por sus riadas y  quienes ni lo notarían. Mi trabajo era que las riadas fuesen las menores, aunque eso supusiera acabar con bastantes vidas de manera preventiva.

-          Quédate aquí Pollón, espérame que salgo enseguida – Le dije a mi caballo mientras le acariciaba y le daba a comer una manzana seca que llevaba tiempo ya en las alforjas como para referirse a ellas por su nombre de pila.

-          Perdone, señor ¿Ha llamado “Pollón” a su caballo? – Me preguntó una joven criada del palacio que salía de las cuadras con algunas briznas de paja en su pelo alborotado mientras comprobaba que las riendas estaban bien sujetas.

-          ¡No!,  ¡Claro que no, chiquilla! Decía “Poor John”. “Pobre John” en inglés. Se lo gané en una apuesta a un mercenario inglés en la guerra contra las colonias y eso fue lo que repetía sin parar cuando me lo entregaba. Me hizo gracia y lo bauticé así. ¡Cómo va a ser Pollón! Je, je, je. – La criada parecía más tranquila cuando dejé las cuadras, aunque seguramente fuese debido más a que la conversación conmigo solo tenía como fin despistarme para que su amante se pusiera los pantalones y saliera sin ser visto. 

-          ¿Sobre qué trataba la apuesta? – Tuvo los redaños de preguntarme cuando ya me había dado la vuelta y avanzaba hacia la entrada de servicio.

-          Consistía en ver quién era capaz de beber más sidra sin parar para respirar – Lo de la apuesta era verdad, aunque no lo del mercenario inglés. El caballo se lo gané a la reina de las hadas de la corte oscura, en un claro de un bosquecillo asturiano, una noche de Walpurgis. Pollón era por lo tanto un caballo faérico, podía correr como el viento, aguantar encima el peso de varios toneles llenos de la cerveza más espesa y era bastante más listo que el político español medio, aunque fuera esa una competición muy poco reñida. Por contra, le molestaba que le tocara el hierro frío en el lomo, dejaba preñadas a las yeguas con la mirada y, solo a veces, mordía a los niños rubios, pero por lo demás era el mejor caballo que un soldado podía desear.

La reina madre y regente, María Cristina de Borbón, me esperaba en el despacho para tratar un tema de la máxima urgencia. Sus treinta años no estaban del todo bien llevados, el cansancio ya se reflejaba en sus rasgos algo gruesos, pero sin embargo la mirada de decisión y la chispa de la inteligencia asomaban detrás de sus ojos, favoreciendo el resultado final hasta conseguir un atractivo perdurable en quien la hubiera contemplado. En esta ocasión no se necesitaba mucha agudeza mental ni un hechizo de premonición, cosa que por supuesto ya había hecho, para saber que se trataba de los carlistas. Carlos María Isidro de Borbón, tío de la reina regente, había encontrado para su causa a varios seguidores, tan cochambrosos que darían risa si no fuera porque su ejército lo dirigía Zumalacárregui. El infante Carlos no serviría ni para chirigotas, así como la mayoría de absolutistas irredentos que le hacían la corte y le seguían por los campos rezando con aspavientos y reclamando los fueros viejos, pero Zumalacárregui era otra cosa  mucho más preocupante. Era uno de los pocos que había leído el libro.

María Cristina se encontraba en una mesa atestada de papeles en una habitación amplia, oscura y fría. Una chimenea hacía todo lo que podía, pero a pesar de su tamaño, sus troncos en llamas no conseguían arañar levemente ni la oscuridad ni el frío reinantes. Unas pocas velas de cera de abeja tampoco hacían gran cosa para evitar que la sala tuviera un aspecto ominoso y derrotado. Detrás de la reina, y de pie, su hombre de confianza, Martínez de la Rosa, señalaba con un dedo uno de los papeles en un gesto escenificado en cuanto yo entré en la habitación y saludé marcialmente.

-          Mi señora, no he tenido tiempo de presentar mis condolencias por el fallecimiento de su tío y esposo, nuestro señor Fernando VII, en gloria esté.- Comencé con cierta sorna.

-          Baldomero, ¡no me jodas! Mi esposo era un malnacido que lo único bueno que hizo en su vida fue validar la pragmática sanción que permitirá reinar a mi hija.

-          Oí que el padre Calomarde, en el lecho del dolor de su majestad, consiguió que firmara lo contrario.

-          ¿Y no oyó por ventura la bofetada que le propiné? Me aseguraron mis doncellas más fieles que ellas lo oyeron desde el palacio de la Granja. Rompí ese documento. La pragmática sanción sigue legalmente vigente. Mi hija Isabel es la reina legítima de España. A pesar de la ley sálica y de lo que digan los levantados en el norte. Mi hija, pese a su edad, ya ha jurado la corona y aceptado que es reina de España.

-          Y ahí debe ser dónde tendré la dicha de apoyar la causa de la reina legítima e hija suya, ¿me equivoco?

-          En absoluto. Le necesito mandando los ejércitos cristinos. Sé que usted es liberal de corazón. Cuando mi hija reine, o yo misma como regente, me encargaré de gobernar con el apoyo de los liberales y conseguiremos todos juntos que España se ponga por fin al día con el resto de potencias europeas. De lo contrario, mi tío volverá a imponer el absolutismo y volveremos a estancarnos en el atraso sin solución de continuidad.

-          ¿Cristinos? ¿Ejércitos cristinos?

-          Los que me apoyan a mí, a la legítima reina madre, la regente Cristina, sí.

-          La palabra “liberales” todavía no sonaba muy bien, ¿verdad?

-          No necesito su condescendencia ni su sarcasmo. Hay otros muchos generales a los que enviar a la guerra.

-          El general Narváez por ejemplo es un joven prometedor que ya ha cosechado victorias importantes.- Terció el consejero de la reina que hasta entonces había permanecido en un agradable silencio.

-          Podrían buscar a otro mucho peor, en efecto. Narváez no sería una mala elección.

-          ¡Pero no queremos que sea Narváez, queremos que sea usted! – Levantó la voz la reina a la vez que se levantaba de la silla. - ¿No puede aceptar el nombramiento sin más y agradecerme la confianza que el reino deposita en usted?

-          Por supuesto, majestad, disculpe mi conducta. Soy un hombre de cuartel y los modales de palacio se me resisten. Pero ¿puedo preguntar el motivo de su confianza?

La reina se sentó, respiró hondo, miró a Martínez de la Rosa y me contestó:

-          Manuel le tenía en alta estima. Me confesó que sería la persona a la que le confiaría un asunto de vida o muerte.

Asentí. Manuel Godoy. Consejero de Fernando VII y prácticamente gobernante de España de facto hasta la invasión de los franceses. Según las malas lenguas, amante de la reina y según las lenguas malísimas auténtico padre de la que debería ser la futura reina Isabel II. Godoy, las cosas como son, me debía un favor enorme, yo le saqué de ese prostíbulo en Badajoz regentado por vampiros. Una vez que le conocías no era tan mala persona, al contrario que otros muchos sabía beber y convidaba a menudo, juraba como los paganos y lanzaba los órdagos al mus como un profesional consumado. Era algo putero y bastante envidioso, pero por lo demás los había conocido mucho peores.

-          Será un honor, defender su causa, majestad. No será fácil, eso se lo tengo que decir. Pero triunfaremos.

-          No me cabe duda. Nuestra causa es la justa. Encontrará todos los documentos necesarios en el cuartel – Terminó mientras me despedía con la mano indicando que me retirara.

-          ¿Le importaría, majestad, que me pasara a ver su hija? Contemplar esa carita me dará fuerzas para combatir con más resolución.

-          Por supuesto, está en su habitación con la nodriza.- Me contestó ya sin mirarme enfrascada de nuevo en los legajos que poblaban su mesa como las ladillas en un sargento chusquero.

Subí las escaleras con calma, alargando el momento lo máximo posible. Tenía que hablar con la infanta real y la última vez que lo hice la situación me puso los pelos de punta. Porque, lamentablemente, la pobre Isabel tuvo una enfermedad grave al año de nacer y falleció. Un médico judío se hizo oír ante la reina al instante asegurando que podría devolverla a la vida. De nuevo lamentablemente, sí es cierto que insufló vida en la pobre criatura, pero no fue el alma de la cría lo que consiguió devolver al cuerpecito. Ya había hablado con ella cuando no era más que un bebé en una ocasión y fue aterrador. Esa primera y única vez dejamos claros los términos de un acuerdo mutuo favorable para ambos. Ahora, con escasos tres años que acababa de cumplir Isabel, esperaba que la conversación ya no resultara tan impactante.

-          ¡Vaya! ¿Quién está aquí? ¡Si es el general Espartero! – Me dijo la niña nada más cerrar la nodriza la puerta, como si le importara poco o nada que la oyera.- ¿Qué os trae por mis aposentos? ¿Madre ya ha decidido declarar la guerra a los dementes de los carlistas? He oído que se han levantado por todo el norte y este de la península y que será el general Tomás Zumalacárregui quien los comandará. No ha elegido mal mi tío abuelo, no. – Isabel, de tres años de edad, algo gordita, pero muy lozana estaba envuelta en un impecable vestido azul de seda bordado, se atusó el flequillo y las dos coletas con lacitos también azules y avanzó hacia mí con una evidente complejidad de movimientos, pero sonriendo sinceramente.

-          No debería su majestad hablar tan libre y descuidadamente. Cualquiera puede oírla, ya es malo que lo sepa yo, pero nadie más debería saberlo. La conmoción en la corte sería inmediata y  lo poco que faltaría para que hasta el más liberal de todos se abrazara a la causa carlista con lágrimas en los ojos. ¿Por qué no se contenta con decir las palabras que balbucearía cualquier cría de su edad?

-          Tranquilo, nadie más lo sabrá. Soy consciente de todo lo que está en juego, pero me agrada hablar con alguien de vez en cuando. Beber de las ubres de vaca de la nodriza, comer papillas y defecar en pañales acaba al final siendo aburrido por más agradable que pueda parecer desde fuera.

-          Su majestad sabe entonces, como ha dicho, lo que está en juego. No es solo una guerra más de la que ya hemos vivido muchas u otra sucesión reñida a la corona. Desde Enrique de Trastámara todos los reyes castellanos son ilegítimos. La cuestión que me preocupa es que Zumalacárregui ha leído el libro.

-          Pero vos también y no veo que os haya afectado tanto.

-          Claro, yo también, pero yo soy capaz de mantener ese conocimiento a buen recaudo. Conozco el método mnemotécnico de la escuela de Atenas, oculto mis pensamientos que pueden ser peligrosos en forma de pergaminos enrollados y guardados en las estancias más alejadas del palacio de mi mente. Solo los abro cuando es vital. Además, no se trata solo de eso, en el norte contará con más ayuda.

-          Lo sé, aquelarres enteros de brujas, algún vampiro de los antiguos clanes, lobisomes y a saber qué más criaturas será capaz de convocar. El mundo rural aun sabe cómo hacer esos pactos, mientras que en las ciudades lo habéis olvidado. A mi tío le daría un síncope si llega a enterarse de lo más mínimo. – De vez en cuando hacía eso, mezclaba el “habéis” como si ella fuera ajena a la Tierra, cosa que era, con los pronombres en primera persona al referirse a “mi tío” o a “mi madre”. Resultaba de lo más desconcertante.- No sé cómo compaginará todo eso con los cientos de curas castrenses y ultraconservadores católicos que se están uniendo a los carlistas pensando en que con los liberales  el ateísmo se extenderá cual plaga y los conventos no dejarán ya nunca de arder.

-          Haciendo que la mano derecha no vea lo que hace la izquierda. Estamos metidos en la guerra invisible, la que ocurre sin que sean conscientes la mayoría de enviados a los frentes. La causa final por la que se lucha aunque no se sepa. Su tío no tiene por qué saber quiénes forman un escuadrón determinado o la razón por la que los soldados enemigos han enfermado de repente.

-          ¿Algo parecido a lo que le ocurre a mi madre con vos?

-          Algo parecido, sí. A veces es mejor no saber nada, una vez que se destapa el velo de la realidad ya no puede volver a correrse. Y eso es malo porque la realidad te ve también a ti al descorrerlo.

-          Os adoro cuando os ponéis metafórico. Aunque acertado, debo decir.

-          Entonces sabréis que precisaré de vuestra ayuda.

-          Y vos que no puedo hacer nada.

-          Vuestra raza dispone de un conocimiento que nos sería muy útil. Sería el momento de compartir algo con nosotros.

-          Mi raza es de viajeros, nos alojamos en cuerpos de seres vivos y anotamos lo que vemos, con vistas a llevar lo aprendido a la gran biblioteca. Solo anotamos, no podemos inmiscuirnos.

-          Este cuerpo que habitáis morirá, sin duda, si perdemos la guerra. Aún recuerdo nuestra primera conversación, ¿cómo dijo? “Tengo ganas de crecer ya, voy a ser la reina más disoluta de la historia de esta bola de barro. Me acostaré con toda la corte y la mitad de los plebeyos que se me ofrezcan”

-          Era todo con vistas a disponer de un amplio abanico de experiencias que glosar. Y tenéis muy buena memoria.

-          Ya os he hablado de mi dominio mnemotécnico.

-          Hablaremos en otra ocasión en breve. Cuando ocurra lo del cruce de caminos y suene la campana de oricalco. Solo entonces veré si puedo hacer algo.

-          Es menos que nada. Bueno, gracias, majestad, le deseo un reinado largo y provechoso que, mi persona mediante, empezará hoy.


 



domingo, 16 de junio de 2013

Palabra de seguridad (VII)

Vamos con un avance más, despacito, eso sí. Y a ver si esta vez consigo que no se me desmierde al autoformato, los colores y esas cosas:

Cuando ya hace mucho que el corazón nuclear de los soles exhaló su último aliento y completó la última reacción de su interior dejando paso al frío y a la oscuridad, la luz de las estrellas extintas continúa todavía brillando con apariencia de eternidad en el cielo nocturno; en esa envolvente cúpula de obsidiana que hasta hace poco encerraba a los primates en el barro mientras les tentaba cruelmente con el destello, inalcanzables, de infinitas joyas relucientes, haciéndoles dolorosamente conscientes de que jamás disfrutarían de con su tacto y posesión.  El fulgor resistía allá arriba, incansable y vigilante, velando las armas de todo el universo durante millones de años después de haber desaparecido su origen. La fuente de claridad y calor ya no está, pero la luz sigue viajando por las galaxias, motivando noche tras noche que incontables seres vivos orienten sus sistemas visuales hacia ellas y otorguen un sentido al largo peregrinar de los fotones. 
 
Del mismo modo yo seguía sintiendo igualmente su presencia conmigo a pesar de haberse esfumado hacía ya demasiado tiempo y pensaba que mi amor por ella ardería durante más tiempo que la luz de las estrellas muertas, esa minucia cronológica no sería ni un parpadeo en comparación. Porque no era solo la compañía simulada que me otorgaba el holograma, era la manera en la que aun podía oír su voz dentro de mi cabeza con una crítica irónica cada vez que me equivocaba en algo o sentía deslizarse su risa en el interior de mi cráneo trayendo un festival pagano y alegre a un páramo de huesos tristes y abúlicos. Era también que había momentos en los que llegaba de verdad a oler su pelo cuando abrazaba a la almohada en un cambio de postura a medio sueño o que podía llegar a sentir sus dedos largos y delgados aferrados a los míos cuando estaba sentado en el sofá viendo una película por más que mi mano reposara inerte y vacía en un viejo cojín de cuero desgastado. Era curioso pero me pasaba a menudo que preparaba dos cafés por la mañana, sin darme cuenta, mientras esperaba inútilmente a que ella saliera de la ducha con la toalla envuelta hábilmente para poder secarse el pelo cuanto antes y continuar con el trabajo que yo, seguramente, estaría haciendo tan mal. La red de seguridad con la que contaba para corregir los errores de cálculo en la astronavegación ya había sido devorada por las polillas gigantes y radioactivas se alimentan de las plantaciones de tecnolino de las colonias agrarias exteriores. Mi guardaespaldas personal para los problemas de la vida que necesitaban solución inmediata y serena se había marchado para sacar de la mediocridad a otra alma a base de sarcasmo y golpes en el hombro, de miradas de incredulidad con un meneo calculado de la cabeza y de provocar cierto pánico ante el oprobio de quedar de nuevo mal ante inteligencias superiores a las de tu especie, para quienes no eres más que un cachorrillo aprendiendo a respetar zonas prohibidas de la casa.

Manejar su recuerdo era una labor peligrosa y que requería precisión, no podía acometerse sin unas medidas de precaución porque el resultado no estaba del todo claro una vez se comenzaba con ello. Podía, en ocasiones, llegar a ser un encontronazo impactante, algo muy parecido a descubrir enfrente una ciclópea estatua de hielo, una reliquia pagana tallada por civilizaciones pre-humanas en los albores del mundo, toda brillante, compacta y hermosa; dispuesta para ser adorada entre tambores rituales y muestras continuas de exagerada humildad mortal. Al igual que este bloque colosal, su memoria era algo imposible de pasar por alto en el erial glacial que era mi cabeza. Junto a todo lo anterior, también su frío perenne podría llegar a ser bastante doloroso si ocupaba más sitio en la habitación del que debiera y corría el riego de congelar en una niebla blanca y pesada todo aquello con lo que compartiera espacio, alimentándose del calor de las cosas más pequeñas del entorno para engrandecer su leyenda gélida. Así que en las largas tardes de invierno debería elegir entre encender las estufas del olvido y las chimeneas de las tareas distractoras para calentarme y dejar así atrás los dedos ateridos, el cuerpo tembloroso, las piernas dormidas y el corazón apagado o tratar por todos los medios de mantener el ambiente antártico, para así recrearme de nuevo en su visión perfecta y poder continuar su adoración durante generaciones enteras de pensamientos nonatos y de futuras acciones que no llegarían jamás a encontrar la salida del laberinto que formaban los bloques de hielo que emanaban de ella.








lunes, 20 de mayo de 2013

Palabra de seguridad (VI)



 Un avance más en el relato. Técnicamente ésto no sigue el orden de la narración, es solo un diálogo que se me ocurrió el otro día, que no me sonaba mal en la cabeza y que quise escribir mientras lo sentía aun. Ya buscaré un hueco para meterlo cuando me ponga este verano a desarrollarlo con calma.

P.D. Pues ya estamos como el otro día. Soy incapaz de ver por qué me sale la fuente de color negro. Si alguien me puede echar un cable se lo agradecería. Yo ya no sé qué coño tocar. Puto Blogger.

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-          ¿Por qué estás conmigo? Lo estás, claro, y es más que suficiente, pero a veces tengo la sensación de que no entiendo la razón. Creo de verdad que podrías estar con quién quisieras, ¿por qué conmigo? – Recuerdo que le pregunté una vez, una mañana lluviosa de sábado en la que la cama ejercía sobre ambos un campo gravitatorio próximo al horizonte de suceso de un agujero negro. Estábamos disfrutando el último permiso antes de ir a recoger muestras de insectos de un pequeño planeta pantanoso para comprobar si podían procesarse para elaborar pasta alimenticia barata y nutritiva. No sé si fue la perspectiva de ver a mi yo futuro envuelto en cieno, rodeado de tábanos grandes como latas de cerveza o por la sensación de desamparo que asalta siempre a la diligencia de la tranquilidad los días previos a un viaje, cuando por un instante piensas que entra dentro de lo posible no volver a ver la habitación en la que estás en estos momentos, que pregunté con la convicción reverencial de un general de la flota ateniense ante el oráculo de Delfos. Teniendo la certeza de que de la respuesta podía depender el desarrollo del futuro viaje y las consecuencias de la misma reverberarían por un tiempo en las hebras del destino.
-          ¿Quieres que sea sincera o agradable? – Preguntó torciendo hacia un lado la mirada, como apuntando un arpón verbal que sería lanzado con eficacia contra el delfín inocente que nadaba despreocupado en las aguas cristalinas de la pregunta. No presagiaba nada bueno.
-          En serio, cielo. Contéstame esta vez, por favor, solo una. Nadie se enterará y yo no diré nada.- Volví a preguntar, con la voz un poco más quejosa de lo que me hubiera gustado aparentar.
-          Me gusta como me miras.- Dijo casi al instante.- Como si fuera algo muy valioso y brillante…
-          Eres valiosa y brillante… - Interrumpí de inmediato.
-          ¿Me dejas terminar? Recuerda que me has preguntado tú. – Y el arpón que parecía haberse dejado apoyado en la cubierta del barco volvió a levantarse y a ser apuntado de nuevo hacia el delfín.
-          Lo siento, continúa, por favor.
-          Decía, me gusta cuando te me quedas mirando largo rato y crees que no me doy cuenta. He visto a astrónomos mirar una lluvia de estrellas con menos adoración. – Todavía recuerdo como en esa ocasión, tumbada de costado, apoyó su cabeza en una mano y su semblante adquirió un rostro sereno, enmarcado por el pelo revuelto recién despierta y por la luz de tormenta que iba esparciendo, ella también somnolienta, por toda la habitación. – Me encanta que pienses que todo lo hago bien y que jamás me equivoco en nada, que me creas a mí antes que a tus ojos o a la experiencia previa, lo que no deja de ser algo nefasto para un explorador, pero a mí me resulta enternecedor. A veces juego con ello con cierta malicia y todo. Disfruto sintiendo que me has situado en lo alto de un pedestal de mármol porque aquí arriba hay muy buenas vistas, el aire es puro y fresco y no llega nada del alboroto que deben tener ahí abajo el resto de parejas. ¿Tú las oyes discutir por todo y como no dejan de apuntarse tantos y débitos en una competición enloquecida? - Según iba desgranando su monólogo se incorporaba lentamente y juro que nunca la he querido más que en ese momento en el que sentía todo mi ser ungido y perfumado con óleos sagrados y suaves, mi alma era acariciada y era la primera vez que ella me decía algo agradable.- Me siento realmente cómoda contigo, puedo ser yo misma sin tener que parar a pensar si estoy diciendo una salvajada o si te puedes tomar a mal lo que te diga. Pero no hay problema, nunca te tomas a mal nada que pueda decir yo, eso me da una seguridad fabulosa y me permite realizar acrobacias cada vez más complejas y peligrosas sabiendo que dispongo de red. A veces me crispas un poco, claro, y preferiría que también discutiéramos un poquito de vez en cuando, pero sé que jamás discutirías nada conmigo, así que pensar que tengo razón siempre, aunque, las cosas como son, eso suele ser verdad, es muy estimulante. Me has perdonado siempre las infidelidades que he podido tener ¡y has llegado a entenderlo y a disculparte por no ser lo bastante bueno para mí! Sinceramente yo no creo que hubiese consentido tanto, pero como me defiendes de manera incondicional y que yo soy genial es un axioma para ti, me relaja saber que siempre vas a estar a mi lado, por más que yo pueda no merecerlo en ocasiones. Cada vez que me miras o me acaricias sé que me quieres realmente, que no es una mera pose para ganarte que nos acostemos y sé también que harías cualquier cosa que te pidiera sin importar el riesgo que eso pudiera conllevar para ti. Tanta atención y adoración me abrumaba un poco al principio, pero ahora creo que lo echaría de menos si un día lo dejamos y mi nueva pareja me trata como a un ser de carne y hueso en lugar de cómo si fuera una idea platónica mirando con recelo el imperfecto mundo terrenal.
-          Es mucho más de lo que me hubiera atrevido a esperar. Gracias. – Contesté con hilo de voz casi apagada. Te quiero. – Y sentí como ese delfín viviría desde entonces una vida plena y feliz sin ver nunca jamás a un pescador furtivo ni nada remotamente parecido a un arpón.
-          Claro. ¿Cómo no? Bueno, me he ganado un café y unas tostadas, ¿verdad? Me voy a duchar, quiero que esté listo para cuando salga y calcula bien el tiempo para que no se enfríen. Decir tantas ñoñadas seguidas me da hambre.