lunes, 18 de noviembre de 2013

Espartero exterminador de monstruos. Capítulo 4

El cuarto capítulo de Espartero, que estoy inspirado. Es algo más corto que el resto, pero a cambio es uno de los que más me gusta el resultado final. Tras el quinto y el sexto, acabará la primera parte, los revisaré y a ver si lo puedo mover por algún sitio.



CAPÍTULO 4: EL DESCANSO DEL GUERRERO
Otra criada más que se despide sin esperar siquiera a que le pague lo atrasado. A pesar de que está más que recalcado que no es necesario que se baje a limpiar la sala cerrada que está en el sótano, parece ser que para llegar a la bodega y darle un tiento al jerez en barrica que allí guardamos hay que pasar al lado. La primera vez que se oyen los sonidos que salen de dentro o ves las luces gatear por la rendija de la puerta como si quisieran envolverte, éste suele ser el efecto. Mis amigas protestan todo el rato porque sus esposos coleccionan sin mesura abrecartas, gemelos, rifles de caza o hasta amantes. Me gustaría decirles que es mucho peor que guarden al lado de la bodega huesos de santos oscuros, fantasmas atrapados en cajitas de música o armamento atlante; pero entonces me vería obligada a tener que explicar muchas de las palabras que emplearía  para ello y, además, sinceramente, prefiero tan solo escuchar y divertirme cuando me hablan con detalle de sus amantes, porque sacar el tema del cuchillo con el que circuncidaron a Cristo y como mi marido se lo arrebató en Rabat a un cardenal que lo usaba para automutilarse en rituales de magia negra suele matar la conversación. Ellas dicen que son muy liberales y muy poco religiosas, pero a la hora de la verdad son muy escrupulosas con estos temas y se alteran por cualquier tontería.

De todos modos no viene mal tener un par de días de relativa tranquilidad en casa, Baldomero tiene que irse a pegar tiros a unos campesinos chupacirios y pese a que pensará que nunca parte a una guerra sin tenerlo todo planeado de antemano, desde que me conoce nunca lo ha hecho sin contar con la protección añadida de la que yo me encargo. Tampoco se lo digo, claro, él está muy contento con ser considerado el espadón de los liberales y con que siempre prevé todas y cada una de las contingencias que pueden surgir en campaña, pero más de una y más de dos veces, mi ayuda mágica ha resultado salvadora. Los rituales, con las criadas rondando continuamente por la casa, se realizan con bastante menos tranquilidad y en la magia, como en la repostería, las prisas son malas consejeras. Aunque en este caso errar con las cantidades de los ingredientes puede tener repercusiones mucho peores.

 Así que me dirijo a una pequeña habitación donde guardo todos los objetos religiosos que mi madre me ha ido regalando todos estos años desde que se enteró de que estaba prometida a un militar de ideas liberales y que ahora siempre enseñamos a las visitas más religiosas para que se sientan un poco más tranquilas en nuestra casa. Enciendo un par de velones grandes de iglesia, quemo un poco de incienso traído directamente de la catedral de Santiago de Compostela y abro un armarito donde reposa una efigie de la virgen de la Almudena, santa patrona de Madrid según dicen. La única luz de la sala es la que proviene de las velas, así que, entre las sombras, la virgen parece sonreír, siempre me da la sensación de que me sonríe cada vez que hablo con ella, lo que no deja de ser tranquilizador.
-          Ya sé lo que vas a pedirme.- Me dice, su voz parece surgir de la estatuilla, aunque ésta no se mueva en absoluto. No la oigo en mi mente, la oigo como si realmente hablara la virgen, por más que el sonido no pueda provenir de ahí.
-          Seguro que sí.- Afirmo para terciar y empezar con buen pie la conversación. Las vírgenes son muy suyas cuando les pides favores y si no comienzas con zalamerías, luego se hacen mucho de rogar. Y eso que la de la Almudena no es de las más complicadas.
-          Imagino tus palabras como si las oyera antes de que las pronuncies. Quieres que ayude a tu marido en su guerra en el Norte. Pero sabes que a él le apoyan varios santos, ¿no? De hecho el ejército de Zumalacárregui va cargando con estatuas de santos por todas las aldeas por las que pasa, para que los pueblerinos las besen y abracen la santa causa.
-          Eso dicen, pero seguro que no son tan milagrosos como tú.- Continuaría dorándole la píldora poco a poco, pero que creo que voy a preferir pecar por exceso.- Y además, ¡qué solo son santos!, ¡que están a varios peldaños por debajo de las vírgenes en el escalafón celestial!- Añado con vehemencia- Los santos no son más que milagreros de barraca de feria que fueron algo más trepas que el resto de los suyos.
-          Pues alguna que otra virgen, también apoyará a los carlistas. De hecho me consta que si os ayudo deberé enfrentarme a alguna de ellas. ¿Es lo que deseas? ¿Verme riñendo con la virgen del Pilar o con la de Montserrat? Así como en el plano físico se lucha, que también se haga en el espiritual. Esa es la idea, ¿verdad? ¿La virgen de Madrid contra las vírgenes del Norte en un impactante duelo de rayos místicos y milagros? ¡Ciudad contra campo también entre las múltiples madres de Cristo!
-          Sería un espectáculo muy poco edificante, mi señora. Ellas no le durarían nada. Además, ¿no sois todas las vírgenes la misma virgen?
-          En esencia sí, las vírgenes no somos más que avatares o fractales de la diosa madre, de la señora de la fecundidad. En ese sentido somos diferentes, pero como fractales mantenemos la misma estructura que el todo cada una de nosotras. En ese sentido somos lo mismo.
-          No, no quiero ese combate, ya riñen mucho los hombres como para que también lo hagamos las mujeres, sean humanas o fractales de esos. Solo pretendía equilibrar la balanza. Habrá muertos, muchos. Los dioses de la guerra, la muerte, la violación y todas esas cosas tan de hombres, así como todos sus avatares camparán a sus anchas, el poder de la masculinidad se hará más y más fuerte. Las mujeres encontraremos muy debilitada nuestra presencia en el plano etérico después del conflicto si no hincamos algunos hitos de impacto durante el avance de la guerra. El ciclo recurrente de la vida con sus nacimientos y no solo con los óbitos  también tendrá que estar también representado. La luna tendrá que salir después del sol y enfriar con la mano dulce de las madres o las amantes, los huesos recalentados por el sol indiferente al sufrimiento.
-          Siempre me asombra hablar contigo, Jacinta. Tu marido es mucho menos inteligente de lo que se cree y tú eres mucho más lista de lo que  nadie considera.
-          La inteligencia es como un arma blanca. Un espadón puede hacer mucho daño, pero si lo ves descender te apartas. Con un estilete afilado, oculto en ropas de mujer, no tienes esa oportunidad.
-          Un hombre afortunado es lo que es Baldomero, como lo suelen ser todos los hombres bien casados.
-          ¡Pero nunca lo reconocerán los muy cabestros! Y, precisamente, algo de fortuna adicional es tan solo todo lo que querría pedir para él.
-          A la fortuna, como buena ramera voluble que es, le gustan los militares bizarros y desprecia a los asustadizos burócratas. Será sencillo ofrecerle al general cristino un poquito más de la mucha que le correspondería por derecho.
-          No os pido más, mi señora. Gracias de nuevo.

Apago las velas con sendos soplidos, uso la campanita de plata para extinguir la brasa del incienso y antes de cerrar el armarito juro que la vuelvo a ver sonreír. Bien, lo primero está hecho. Lo segundo es buscar el objeto que Baldomero necesita y que se ha perdido dentro de la sala segura de nuestra casa. Si los frailes del Escorial llegaran a sospechar la mitad de los artefactos que guardamos aquí, fallecerían del mismo susto. No es que todos los que les entrega Baldomero sean falsificaciones, es que algunos de los más peligrosos piensa él que realmente estarán más seguros aquí que en manos de una secta secreta centenaria de religiosos que a saber si por una venganza contra otra secta se va a  poner a usarlos indiscriminadamente.
La llave de plata brilla solamente con ligereza indicando que en estos momentos hay magia residual ambiental dentro de la sala, pero el brillo tampoco es muy pronunciado, así que no debería presentar una peligrosidad que no pueda manejar.
Descuelgo de la puerta y enciendo uno de los escasísimos faroles que se le han podido capturar a la Santa Compaña y de esta manera podría alumbrarme en cualquier lugar de la creación y además los espíritus pensarán que soy una de ellos. No debería haber espíritus sueltos aquí dentro, los sellos de atadura se renuevan cada mes, pero las almas malvadas son muy capaces de sobreponerse a los sellos a base de pura fuerza de mala voluntad.

Los resquicios de magia a veces chisporrotean y eso hace que los objetos almacenados cambien caprichosamente de sitio por lo que se pierden con asiduidad. Los círculos de protección consiguen con eficiencia que no pueda salir nada de su energía de esta sala, por eso mismo todos los efectos caóticos que ocurran tienen que tener lugar aquí dentro, traslación de constructos, dobles imágenes, psicoplastias, las voces y las luces que tanto asustan a una criada tras otra…. Trato de dar con el objeto adecuado porque la magia tiene sus reglas y un objeto, por muy poderoso que sea, puede verse sobrepasado por otro objeto de mucho menor potencial mágico, pero que resulta tener más afinidad con la situación concreta. Es la intuición la que me ha hecho decidirme por el artefacto que busco, se lo dejé caer en la comida hará un par de días y hoy, antes de salir para El Escorial, me ha pedido que lo busque, seguramente pensando que ha sido idea suya. Espero que al menos se acuerde esta vez de traerme unos dulces del monasterio, es lo único que le pido cada vez que visita a una secta secreta, su forma de vida puede dar risa, pero sus dulces suelen ser deliciosos.
Hay muchos objetos a por los que se lanzaría un mago inexperto, ya que tenemos a lo largo de las estanterías un buen número de lanzas, espadas, arcabuces, cuerda de horcas, brasas inquisitoriales que nunca se apagan, extrañas piezas que nos aseguran proceder de la antigua Lemuria y  lo que parece ser una  bomba proveniente de un futuro sombrío y muy lejano con escritos en un inglés pervertido que nadie ha sabido traducir y que dice algo así como “Fuck the commies”… 

La guerra al final, según me cuenta Baldomero, y las cosas como son de esto sabe, se reduce finalmente tan solo al enfrentamiento de números: De soldados de ambos ejércitos, de suministros, de mandos bien formados, de kilómetros marchados las últimas jornadas… Así que tenemos una guerra en la que, solo en principio y apariencia, nos favorece el número, unas batallas que tendrán lugar en el norte frío y en la que deberemos asediar  para reconquistar bastantes plazas enemigas. La magia simpática opera mediante iguales, la del caos mediante contrarios, no hay nada que aterre más a unos generales que el caos, así que necesitaré un objeto antagónico a la situación, un objeto con la magia imbuida de un hombre de mar, no de tierra, un gran almirante que lucho en parajes cálidos, que tuvo que hacer frente a un enemigo muy superior en número y defenderse de un asedio… Por aquí guardado estaba, solo queda dar con ello, con el catalejo que mi amor se trajo de Cartagena de Indias y que se fabricó con la pata de palo de Blas de Lezo.

martes, 12 de noviembre de 2013

Espartero exterminador de monstruos, capítulo 3

Pues, venga, que he secuestrado a la inspiración y la tengo atada en el sotano. ¡Esto se escribe solo! Y ya tengo ideados los tres capítulos siguientes. De aquí sale algo seguro.




CAPÍTULO 3: ENCIMA DE LA PARRILLA
Contrariamente a lo que todo el mundo piensa, El Escorial no obtuvo su planta como representación de la parrilla donde tostaron a San Lorenzo. Es una parrilla, sí, pero su diseño sirve para atrapar el flujo de energía telúrica de la sierra y el subsuelo de Madrid y emplearla para mantener continuamente caliente la enorme cantidad de magia necesaria para proteger la sala segura del monasterio. Una leyenda cuenta que un grupo de acompañantes de Eneas, cansados de su egocentrismo con eso de que era hijo de Venus y con que sus pedos no olían, le dejaron tirado a la altura de los Alpes cuando se iba con la idea de fundar Roma en el pantano más sucio que se encontrara entre las siete colinas, mientras ellos pasaron de largo y acabaron por asentarse en lo que luego sería Madrid. Desde ese momento siempre se ha defendido en ciertos círculos que el centro de la península se eligió como capital del reino de Castilla no tanto para hacerse rico vendiendo terrenos, como por su potencial en energía mágica. Las líneas dragón del sur de Europa convergen aquí. Hasta el trepa del duque de Lerma tuvo que rectificar y volver a traer la capital tras llevársela a Valladolid.
Sea como fuere, Juan Bautista de Toledo siguió al pie de la letra las indicaciones que le dieron hombres sabios sobre en qué  lugar edificar y cómo diseñar la planta y se tragó el cuento de la parrilla y la batalla de San Quintín, como todos los reyes que han utilizado después el palacio y que han acabado enterrados en él. Yo mismo he ido entregando objetos de gran poder a la orden secreta de monjes que los guardan bajo llave. Otros me los he quedado yo y los guarda mi santa en nuestra casa, pero ahora vengo a ver si puedo disponer de alguno de los que están aquí porque realmente me van a hacer falta. Por si fuera poco, el Escorial también tiene mazmorras seguras dónde se pudre gente de lo más interesante. También necesitaré esa ayuda. Creo sinceramente que toda ayuda será poca, una vez que quedó claro que el viajero no parecía estar muy por la labor, al menos en los primeros compases de la guerra. 

Mientras los rostros de los retratos colgados en las paredes me contemplan sin importar en qué dirección me encamine, los ecos resuenan con cada paso que se da en estos pasillos y los sonidos se amortiguan como si un gato precavido caminara sobre musgo. Hasta la luz del sol que penetra con respeto reverencial desde los altos ventanales trata de no iluminar en demasía para no arruinar la atmósfera de calma. La magia hace que el lugar entero esté alerta, y no puede distraerse con elementos mundanos como sonidos, luces o colores, de este modo podrá responder mejor cuando sea necesario ante el menor atisbo de magia extraña. Así pues, entre colores apagados y sonidos mullidos, camino hasta el monasterio propiamente dicho en la zona Sur del edificio.
-          Muy buenas, hermano.- Me dirijo amablemente al joven hermano portero.- Necesitaría ver al hermano guardián de la llave.- Las órdenes secretas son muy poco originales poniendo títulos.
-          ¡Vaya! Es la primera vez que alguien pregunta por él. Me dijeron que seguramente jamás tendría que ir a llamarle, que es un cargo honorífico y que solo se dedica al rezo.
-          ¿No llevas mucho aquí, verdad? No te preocupes, terminaré pronto con él para que pueda seguir rezando. Además, no creo que vuelvas a tener que llamarle en algún tiempo.
El joven monje asiente y me deja esperando en una sala pequeña con alfombras confortables y un abollado brasero que parece tan viejo como para que tuviese usos menos agradables en los tiempos antiguos de la inquisición. No tarda nada en entrar en la sala, casi a la carrera,  un monje extremadamente delgado y con la capucha enteramente subida. No le puedo ver los ojos, pero sé qué están llenos de ojeras y bolsas tan grandes como para permitir cruzar flotando en ellas el Ebro crecido.

-          Baldomero. Debí adivinar que seríais vos otra vez. Os dije que no volvierais sin la calavera de Pizarro. ¿A que no la tenéis?
-          Y yo os dije que se la comió el Chupacabras, no pude hacer nada. Podría engañaros y traeros otra calavera, pero ese no es mi estilo.
-          Tampoco nos habéis traído a por lo que os mandamos a Cartagena de Indias.
-          Había pensado en traerlo hoy, pero como lo voy a necesitar, pensé que era absurdo traerlo para enseñároslo y volvérmelo a llevar.
-          ¿Pero está en buen estado?
-          En perfecto. Y además funciona correctamente. Os lo traeré en cuanto ganemos la guerra. Los Cristinos me refiero, por si vos apoyáis en secreto a los carlistas.
-          No seáis así.- Dice rebajando su tono de superioridad.- Ya sabéis que esos objetos no pueden estar fuera de estos muros, aquí su magia se atempera y se imposibilita que caigan en malas manos. Es un mecanismo de seguridad,  no solo para el reino, para si no para el conjunto de la creación.
-          Estarán en las mías, no pueden estar en mejores manos. – Le digo mientras le enseño las palmas de mis manos y mi mejor sonrisa.- Además, gran parte de estos objetos los he recuperado yo, ahora tan solo los pido prestados, no para mí, sino para la pobre reina niñita a la que se le quieren quitar sus legítimos derechos.
-          De acuerdo. Te iré mostrando algunas de las cosas que te podemos dejar, pero tendrás que esperar en la antesala y yo te iré trayendo lo que prefieras, dentro de lo que te podamos ofrecer. Hay objetos tan peligrosos que está descartado bajo ningún concepto que abandonen la sala segura.
Asiento con la cabeza y me hace bajar por unas escaleras de piedras estrechas, pero que al menos son resbaladizas y húmedas. En la austera antesala, en las puertas de la sala segura, una sencilla mesa de madera sustenta a un candelabro plateado de cuatro brazos y un enorme códice ilustrado abierto por el capítulo del Apocalipsis. El hermano me hace sentarme, agarra un inmenso manojo de llaves colgado de la pared  y se dirige a una enorme puerta de madera en el otro extremo de la pared, volviendo al poco rato, apenas me ha dado tiempo a mirar un par de láminas del códice, con un pequeño librito.
-          Veamos – Me dice mientras pasa con delicadeza sus páginas,-  Veamos qué podemos dejarte para esta ocasión.
-          Tengo claro lo que necesito – Trato de decir con delicadeza, aunque no sé si lo consigo, la burocracia y los paripés me suelen sacar de quicio.
-          El señor sabrá mejor que tú lo que necesitas y eso será lo que te prestemos. Veamos- Repite- ¿Qué te parecería la espada del Cid, la singular Tizona? ¡Un arma formidable defensora de la fe!
-          ¿Una espada? ¡Solo un idiota iría a un duelo de pistolas con una espada! ¡Voy a una guerra moderna no a batirme con un patán porque ha recogido el pañuelo de mi hermana en los toros. Además, los tiempos han cambiado, estaría bien para el tamaño del Cid en su momento, ahora sería poco más que un mondadientes.
-          ¿Reliquias de santos, entonces? Los huesos de los santos siempre ayudan llevándolos en un saquito cerca del corazón y rezando con fervor.
-          ¿De qué santos disponemos?- Pregunto temiéndome la respuesta.
-          Tenemos… - Y hace que busca en el librito a pesar de saber de memoria todos los objetos que aquí se almacenan y los que pretende encalomarme.- Los huesos de San Isidro, ¿Qué te parece? El Santo Patrón de Madrid te vendrá bien en el Norte, defenderá la causa del palacio contra los sublevados del campo y las montañas.
-          No creo que me sirva. Ya sabes lo que dicen. San Isidro labrador… Poco mordedor.
-          Hilarante.- Contesta secamente a mi estupendo chiste y se espera un rato en silencia para ver si he acabado. - ¿Ya? Bien, pues también puedes llevarte, si prefieres, parte de la tibia de San Valentín.
-          ¿San Valentín? ¡Ese capullo que casaba a traición a pobres legionarios romanos que no tenían ni idea de lo que era el matrimonio y en dónde se metían! ¡Como para fiarse de sus huesos!
-          Las compañías de teatro han perdido a un estupendo cómico de la legua. Además, os recuerdo que vos mismo estáis casado.
-          Claro, pero mi mujer es una joven heredera, toda una belleza y, como estoy en el ejército, apenas la veo. Venga, hombre, si como sabes lo que quiero y me estás dando largas, pensaba que querías que te distrajera con alguna chanza.
-          ¿Y qué es lo que quieres entonces? ¿El arca de la alianza? ¿El Santo Grial? ¿Aceite sagrado molido de las aceitunas del huerto de Getsemaní?
-          Una de las treinta.- Digo patibularimente.
-          Sa…Sa.. Sabes que eso sí que no te lo puedo dejar.- – Esperaba su reacción, pero no tan acusada. El libro tiembla en sus manos y me imagino un tic acampando para pasar el invierno en su ojo derecho.- Además solo tenemos dos. Dos de las tres que quedan en todo el mundo.
-          Pues aún os quedará una aunque todo vaya mal. La mitad del tesoro podríamos decir, lo que no está mal. Pero, además, sabes que volverá, siempre vuelve aunque se retrase.
-          Lo siento, pero eso es innegociable.
Cierra el libro y se da la vuelta. Pues nada, a levantar las ramas que lo ocultaban y a disparar con el cañón que he traído.
-          Abelardo. A Matilde no le pusiste tantas pegas, ¿verdad? - Ahora sí, ahora ya se le cae el libro al suelo y él hace lo imposible por no caerse detrás del él. Sin embargo, y eso se lo tengo que reconocer, enseguida recobra la compostura y vuelve a hablar conmigo.
-          Muy bien. Tú ganas. Te daré una de las treinta. De ti depende que vuelva a ti y si no el mal que haga será responsabilidad tuya.- Lo dice con resignación, pero casi logra que parezca que ha sido idea suya.
-          Siempre lo es. Yo, a cambio, trataré de descubrir qué demonio tiene tu alma y veré cómo se la puedo ganar. Nadie te hará jamás una oferta mejor.
-          Gracias, en ese caso. Y, recuerda, no la saques de su envoltorio salvo cuando quieras emplearla y, ¡por amor de Dios, recupérala luego!

Cuando le digo que quiero ir a visitar a alguien a las celdas secretas casi parece aliviado, él ya no es responsable de eso y me envía con la tranquilidad que da saber que la granizada ya ha pasado y que ahora arruinará otras cosechas, pero la tuya ya no podrá echarse a perder más. Siempre es agradable comprobar que las cosas malas le están pasando a otro, porque así es menos probable que también te pasen a ti.
Tengo todavía menos problemas para entrar en las celdas, también he sido yo quién ha traído a la mayoría de residentes. El último hace pocos años.
Llamo a la puerta con educación antes de permitir que el carcelero me abra. Rápidamente vuelve a cerrar nada más entrar yo. La gente no se siente muy cómoda con ninguno de los prisioneros, especialmente con éste. Un anciano con birrete, de rasgos afilados y una barba blanca y deshilachada se esmera dibujando un pentagrama en una mesa llena de papeles a la luz de una lámpara de aceite. Al oír el ruido de la puerta se descuelga el monóculo y me mira con desconfianza.

-          El heraldo de las malas noticias ha vuelto. ¿El Apocalipsis es inminente o tan solo el mío?- Me pregunta con curiosidad.
-          Nada tan grave como eso, solo el futuro del reino, poca cosa comparado con lo que nos jugamos a menudo.- Le miento sin inmutarme.
-          ¿El futuro del reino? ¿Del mismo reino que, a pesar de devolver la vida de la joven reina, me metió en esta celda?
-          Isaac. Sabes tan bien como yo que la reina estaba muerta y que fue otra cosa lo que trajiste. Mi intención era tan solo constatar que fue un error y nada premeditado antes de liberarte.
-          La historia de mi vida. Todas mis buenas acciones se ven castigadas. Y, por cierto, ya no se me conoce como Isaac, eso ya pasó, ahora soy Joseph.
-          Isaac, Joseph, Samuel, Ashevero… Los muchos nombres del errante.
-          Es el castigo de Dios. Le negué un poco de agua al hijo que él mismo envió a crucificar, y lo hice por miedo a los romanos más que nada, y mi castigo es vagar por este valle de lágrimas eternamente.
-          Siempre he querido preguntarte, ¿de verdad fue solo por eso?
-          Bueno, eso y que me acostaba con María Magdalena. Pero sobe todo por mis ideas políticas sobre el estado judaico.
-          Eso te enseñará a respetar a la hija del enviado de dios
-          ¡Pero si todos lo hacían en Belén! ¡Corrían por ella más fluidos que por el acueducto! Era como la cabaña de Baba Yaga, tenía patas de gallo y era más grande por dentro que por fuera.
-          El reino necesita de nuevo tu ayuda. Y si puede ser mejor que la que le prestaste a Pedro I sería un detalle.
-          Si no llega a ser por las Campañas Blancas y Beltrán Du Guesclin, el bastardo del Trastámara nunca hubiera ganado. Perdí mucho dinero invertido por ello, más lo sentí yo.
-          Sea como fuere, este es el plan. Esta misma tarde serás liberado, prepara todo lo que necesites, consulta a la cábala, convoca la voz de los ángeles o lo que quieras y reúnete conmigo en el norte. Nos vamos a la guerra.
-          ¿Y después, seguiré libre o volveré aquí?
-          Libre. Te doy mi palabra. ¿Tenemos un trato?
-          Lo tenemos. Y creo además que sé cómo ayudarte, solo tengo que contactar con mi gente en Praga. Pienso retirarme allí tras todo esto. Es una zona mucho más tranquila.

Estoy seguro que Zumalacárregui ya ha hecho más aliados que yo, tendrá que bastar de momento. Ahora solo me queda pasar por casa y despedirme de Jacinta y preparar un ritual de guerra previo. Así que próxima parada, La Quinta del Sordo.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Espartero exterminador de monstruos, capítulo 2

Pues venga, segundo capítulo de la cosa ésta. He intentado poner el icono de "Creative commons" pero no he sido capaz. Pero, vamos, que se permite la reproducción (faltaría más) siempre que se diga la autoría y esas cosas.



CAPÍTULO 2: MIENTRAS, NIEVA EN EL NORTE.
Había nevado mucho durante toda la noche, sin hacer ningún ruido; pero al igual que tras un largo y húmedo beso que nos llena la boca cuando nos sorprende sin ser solicitado, había conseguido, una vez finalizada su labor, rendir a sus pies todo lo que hubiera tocado, lo que consistía en cualquier cosa que el ojo alcanzase a ver. Una estola blanca de brillante armiño arropaba a todo un bajo universo de raíces de árboles, pequeños arbustos, piedras milenarias que fueron talladas cuando La Tierra comenzaba a gatear, caminos forestales y confortables madrigueras, ofreciendo la promesa de que nada malo ocurriría debajo de su manto y de que volverían todos ellos a emerger de su abrazo, mientras se frotaban los ojos somnolientos y miraban un renacido amanecer, una vez terminado el invierno. Ahora era el momento de dormir arropados, tranquilos y callados, para que la nieve pudiera proseguir sin sobresaltos, besando por sorpresa a otros valles de más allá de las montañas, como la amante generosa y entregada que era. La nieve tenía corazón y amor para entregarlo con largueza, pero como amante salvaje y primitiva, prefería ser complaciente con la gente sencilla de la montaña, la austera gente del norte y las aldeas puras, antes que con las mugrientas ciudades de costumbres extrañas y veloces.
El frío me gusta, el frío es constante y otorga certeza, hace que el mundo sea silencioso y que las personas más estridentes y sucias se escondan, ralentiza el paso del tiempo, alarga las inspiraciones y exhalaciones como si fueran solos de viento en una sinfonía y envuelve cada momento del día en una joya congelada que se preservará impertérrita durante largos meses. Las bajas temperaturas agudizan los sentidos y preparan los músculos para que cuando llegue la primavera estén listos para ser disparados como resortes recién liberados. El invierno es como el instante previo a la batalla, cuando contemplas desde el cerro a las formaciones enemigas, les saludas marcialmente desde la distancia y rezas por sus almas para, acto y seguido, conjurarte con el fin de que sean ellos quienes cenen esa noche con el diablo mientras tú disfrutas del alcohol que les has requisado, sorbido directamente del ombligo de una prostituta de regimiento. Si además el invierno se alía con la víspera de una batalla, entonces ya no existe en tu cabeza nada más que no sea el vaho que se difumina en cuanto sale temeroso de los pulmones, los puntos de calor en las palmas de las manos al acariciar superficies calientes, el corazón marcando el ritmo como en una marcha sobre el pavimento y los destellos como fogonazos de los mejores olores de la creación, como el café hervido en un viejo puchero sobre una hoguera de campaña, a la sombra de los quejigos. Los troncos secos restallan cual latigazos, las ramas de los árboles dejan caer la nieve derretida como si los dioses libaran néctar desde el monte Olimpo para los héroes, hijos del dios de la guerra y entonces sabes que este momento, quieto en el devenir del río de la vida, será uno de los que recuerdes con más agrado en los momentos postreros, bien en el lecho de muerte, orgullosamente rodeado de nietos, hijos y nueras o cuando finalmente una bala de fusil te atraviese el pecho y se cierre con un golpe, y sin aplausos, el telón de todas las batallas por las que caminaste sembrando destrucción.
-          Tío Tomás, su café – Se dirigió a mí con una sonrisa mi cocinero, un miembro indispensable de mi ejército, como juzgaría cualquiera que contemplara mi constitución.- Lo más negro, amargo y caliente que permiten los mandamientos de la ley de Dios.
-          Lo de “tío Tomás” no acaba de convencerme – Repliqué, aceptando una taza de metal que había estado en más guerras que todos los políticos carlistas juntos.- Se qué es un apodo cariñoso, pero si queremos ser considerados un ejército serio tendríamos que ser más formales. Baldomero mandaría fusilar a aquel que osara llamarle “tío Baldomero”. Yo prefiero fusilar a los enemigos, de los que no andamos precisamente escasos. Cada bala cuenta, como dicen nuestros aliados del Maestrazgo.
-          Por eso, con la ayuda de Dios, derrotaremos a los liberales y sus costumbres francesas y desviadas. Cada día se nos unen más y más voluntarios, al estar la verdad está de nuestro lado.
-          En cuanto a los voluntarios… Como todos sean como los últimos… ¿Te lo puedes creer? Recogemos a varios en diferentes aldeas y villorrios, todos dicen estar deseosos de luchar por Dios, los fueros y el rey. Repartimos avituallamiento, armas y unas botas. Les digo, socarronamente, que las botas les tienen que durar toda la guerra porque no tenemos para más. Comenzamos la marcha y tras un buen rato de caminata, echo la vista atrás y veo un sendero de sangre que se extiende detrás de la tropa. Me fijo ¡y veo que todos están marchando descalzos! ¡Y me salen con que como había dicho que las botas les tenían que durar, se las quitaron para no romperlas! ¡Lo próximo será no comer para no tener que cagar!
-          La vida marcial es muy diferente a todo lo que están acostumbrados. Hacen lo que pueden, nadie les ha enseñado a comportarse en un ejército.
-          Así no conseguiremos nada, las tropas liberales ya han llegado a Bilbao y deberemos tomarlo presto o perderemos una de las pocas ciudades grandes del norte, no podemos permitírnoslo.
-          ¿Sabemos algo de nuestro aliado, el conde centroeuropeo? Porque Francia, Gran Bretaña y Portugal apoyan a la reina ilegítima. Necesitamos aliados extranjeros.
-          Hemos recibido su última misiva con nuevas instrucciones y unas cajas oblongas de madera llenas de tierra de su patria. De momento todo según lo acordado. Un café excelente, gracias. Con esto y un orujo blanco ya no hay mañana que se resista.

Me alejo un poco del campamento que ya empieza a desperezarse como un único animal grande y torpe. Todos los olores y sonidos que la nieve había amortiguado comienzan a asomar tímidamente la cabeza. Pero tampoco lo harán mucho, tan solo tantearán con una patita temblorosa y volverán a bajar el timbre de voz con el respeto reverencial que se le debe al bosque en invierno y a un ejército con la razón de su lado. Hora de ir a ver qué tal está avanzando el asedio a la torre de la iglesia de esta villa.
Según avanzamos por el norte, gran parte de la población rural se nos unen. En las ciudades o villas grandes ya es otro cantar, nuestro mensaje cala menos entre ellos, algunos de los nuestros les llaman despectivamente “urbanos”. Sea como sea, inexorablemente, pueblo tras pueblo, los partidarios de Isabel acaban haciéndose fuerte siempre en el mismo edificio, la iglesia. La realidad es que se trata en todas las ocasiones del edificio más alto y robusto de la zona, militarmente tiene todo el sentido estratégico del mundo, pero no dejo de alentar entre mis tropas el pensamiento de que al final han ido a buscar refugio a la iglesia, la casa de Dios, por quien luchamos nosotros. Que a la hora de la verdad no son tan consecuentes como nosotros. Muchos de los cristinos también piensan en que los carlistas, como los chupacirios que creen que somos, jamás dañaríamos una iglesia. Tampoco hay problema, sacamos todos los objetos sagrados, prendemos fuego el interior, les dejamos aislados en lo alto de la torre y, al final, cuando se rinden, los recios muros de la casa del señor permanecen inalterados y solo hay que hacer al final arreglos menores. Suelen ser los capellanes, precisamente, quienes acercan la tea ardiendo con más denuedo. Al final, tienen que saber que si juegan a ver quién es más cabezón han elegido a un contrincante complicado.
En la plaza del pueblo hay un revuelo considerable, los refugiados en la iglesia maldicen desde lo alto de la torre, disparando de vez en cuando algún disparo y mis tropas hacen lo mismo, pero sin creérselo ninguno de ellos, como quién ve un espectáculo de marionetas y grita al cazador que detrás está el lobo con mucho entusiasmo, pero solo fingido, para que los críos se metan en la ficción sin que a ellos les llegue al final que los protagonistas de trapo sean devorados.

Conozco al jefe de los refugiados, Don Cipriano, el alcalde, seguramente la camarilla cristina le habrá asegurado que podrá casar a una de sus rollizas hijas con un ministro de gobernación o un funcionario de alto rango. Porque Ciprianejo, como le conocí cuando combatimos a los franceses, tiene la misma idea de la política nacional que una trucha destripada. Mis seguidores se apartan, me dejan pasar y todos se callan. Acabemos esto rápido. Planto mis piernas, me yergo, hago bocina con las manos y grito con todos mis pulmones y repentinamente.
-          ¡Tú, Cipriano, descerebrado! ¿Qué carajo crees que estás haciendo? ¿A qué aspiras, a que la reina regente venga y te la chupe? ¿Crees que los liberales harán algo por ti cuando acabe la guerra? ¡si estarán todos muertos! – Le grito dejando que mi acento del norte se suelte para dar el gusto a la muchedumbre.
-          Solo peleo por lo que creo, Tomás. La pragmática tiene toda la legalidad, creo que Isabel es la reina legítima.
-          ¡Legítimas hostias te vas a llevar si no te rindes! Si no he prendido fuego ya a la iglesia es por las comidas que hemos compartido y porque sé que alguna furcia de ciudad te habrá sorbido el seso. En el fondo sabes, como yo, que nuestra causa es la justa. – Más vítores y vivas cada vez que acabo una frase.
-          Resistiremos aquí hasta el final. No negociaremos nada.
-          No, si no quiero negociar nada, no te engañes. En quince minutos la torre habrá ardido, recogemos el campamento en dos horas. En menos de un mes tomamos Bilbao y antes del verano estamos en Madrid coronando a Carlos V. Podemos ir contigo o sin ti. No va a cambiar nada.
-          ¿En verano en Madrid?, ¿seguro?- Me pregunta con la voz temblorosa. Ya he hecho mella.
-          Seguro, si no antes. Si vienes estaremos en breve en la plaza mayor comiendo churros.
-          ¿Churros o porras?
-          ¿Perdona?
-          Sí, es que en Madrid lo llaman al revés, a los churros les llaman porras y a las porras churros. A mí es que me gustan más los churros, porras para ellos…
-          ¡Cipriano, coño! En cuanto llegue a Madrid y coronemos al rey, lo segundo que haré será emitir un edicto para que lo llamen todos correctamente.
-          ¿En serio? ¿De verdad? Me rendiré de inmediato y me uniré a ti en ese caso. Eso es una preocupación de un rey auténtico.

He tenido que prometer cambiar en Madrid la nomenclatura de los churros. El infante Carlos lo tiene realmente jodido con los apoyos que le salen, pienso de vuelta al bosque, esperando a que se recoja el campamento y volvamos a marchar. Enciendo mi pipa de madera de castaño, me retiro la gorra militar, reforzada expresamente con un aro de metal para que se mantenga en mi cabeza. Respiro una vez más el aire frío y releo por sexta vez la misiva del extraño conde que dice nos apoyará, y que realmente falta nos hace:

Lugoj. Noviembre del año de nuestro señor 1833
Estimado Señor Don Tomás Zumalacárregui. Le pido disculpas de antemano por mis torpes palabras, pero la bella lengua española no es una de las que hablo con fluidez. Una amable gitana zíngara está teniendo a bien escribir a mi dictado estas sencillas, pero sentidas frases.
Entiendo mejor que nadie lo que se puede sentir al ver cómo tú país es zarandeado por las clases bajas, cuando el respeto a la nobleza de sangre y a los pactos de los ancestros se pierde en una barahúnda de torpes burgueses y proletarios sin el menor amor a la patria. Desde mi humilde posición apoyaré en la medida que me lo permitan mis fuerzas y posibilidades. Mis ejércitos menguados ya no son lo que eran cuando mis antepasados frenaron con fiereza a los turcos y, al igual que sus bravos ancestros de las montañas, impedimos solo con nuestras manos y valor que el Islam penetrara en la culta Europa de los clásicos. Aun así, en el ocaso de nuestro linaje, mandaré a tres de mis mejores sirvientes (tres manos derechas, si me permite la metáfora) y tras su informe me personaré yo mismo para tener la dicha de conocerle y hablar de ese libro al que hacía referencia en sus anteriores epístolas. Y créame cuando le digo que la balanza se inclinará entonces inefablemente a nuestro favor, puesto que ya hago mía su justa  causa. Por Dios, por los fueros y el rey legítimo.
P.D. Tan solo me permito volver a recordarle la necesidad de que en las cajas que les he enviado, y espero hayan llegado junto a esta misiva, permanezca siempre dentro la tierra que con ellas llevan. Es una excentricidad que espero sepa consentir a un noble supersticioso como yo.


                                    Atentamente, su fiel amigo. Conde D.


Excentricidad, sí, seguro. La guerra lleva a formar extraños compañeros de cama. Solo hay que recordar en este caso irte al catre con el cuello tapado, ajos en los bolsillos y una estaca afilada de cedro al lado del orinal.