jueves, 25 de abril de 2013

Palabra de seguridad (III)

Pues, oye, llevo un par de días que me ha dado por retomar el blog con cierto ánimo. Además ya se me ha ocurrido un título para el relato con el que estaba. Trataré ahora de editar las entradas anteriores donde aparecía como "Inicio de historia sin título alguno" por el nuevo: "Palabra de seguridad". Si no puedo, ustedes ya se habrán dado cuenta, seguro.
Y voy a a ver también si cambiando el estilo de fuente se ve de manera más vistosa o al menos se diferencia mejor la presentación del relato.

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“Algoritmo”. Esa era la palabra de seguridad que empleábamos cuando alguna vez los juegos de sumisión se presentaban en nuestras relaciones sexuales. Como las súplicas y quejas son una parte importante del pasatiempo sin que eso implique que haya que detenerse, es necesario escoger con cuidado una palabra que sirva para que nada más pronunciarse se pare de inmediato. Lógicamente esa era una palabra que difícilmente aparecería por sí sola en aquellos contextos y que era bastante más neutra que otras con más carga semántica como podrían llegar a serlo los nombres de planetas, animales o de alimentos. Que luego las palabras se asocian con mucha facilidad y nadie quiere que al oír una palabra cotidiana delante de los jefes te asalten reacciones físicas condicionadas. En recuerdo esa fue la misma palabra de seguridad que programé para que el holograma se detuviera si alguna vez precisaba apagarlo con celeridad. No cabe duda que adoraba volver a tenerla a mi lado, aunque fuese de forma artificial, pero a veces, tanto porque, al igual que ocurría con la auténtica, durante un momento dejaba de ser agradable el nivel de vapuleo, como porque realmente me daba cuenta de que ni era ella de verdad, ni nunca volveríamos a compartir nada, necesitaba salmodiar esa palabra. Cuando aquello ocurría no me quedaba tan solo que musitar “algoritmo” y los ceros y unos que la componían se esfumaban más allá de las barreras de la percepción humana, iban a hibernar a donde sea que habiten los recuerdos de los reyes conquistadores y las crías indefensas de los animales mitológicos.

Acababa de pronunciarlo, pero no con la fuerza vehemente con la que se ejecutaría un exorcismo, ni tan siquiera como cuando al caminar bajo una tormenta sin cobijo a la vista pretendes ahuyentar a los relámpagos con la voz, sino más bien como un ruego desganado y antes de poder siquiera parpadear, el holograma ya no estaba. Por lo menos podría haber dejado ese curioso post-efecto óptico que los fogonazos dejan a veces en las retinas y que brillan bajo los párpados como luces pasajeras en la pantalla de un cine de verano. La de verdad, sin embargo, hubiera dejado un agradable rastro de aroma que se hubiera hecho fuerte en la habitación y habría matado a un par de rehenes antes de arrojarse por la ventana, del mismo modo sus pisadas se hubieran hecho más fuertes y alguna puerta hubiera cometido el terrible error de estar allí parada para poder ser cerrada  bruscamente con elevadas dosis de teatralidad.
Sin la voz del holograma, los sonidos escondidos en la estación salieron poco a poco de su escondrijo, los incansables sistemas que filtraban el aire, el crujir de la estructura de metal enfrentada a la presión y la temperatura del satélite, los cientos de contadores luminosos que mantenían activa toda la base… Ocurría como en la selva, en los instantes de la puesta de sol, cuando la leona dormita y los pequeños animales se atreven a asomarse tímidamente agradecidos de seguir con vida un ciclo más. En esos momentos, bañado por la lluvia de Perseidas de los sonidos a los que había sido sordo hasta hacía instantes, era algo más consciente de que estaba realmente solo, en una base de exploración construida rápidamente por el presupuestario más bajo (lo que tratándose del ejército son palabras mayores) en un pequeño asteroide que no dejaba de dar vueltas obedientemente a un planeta cuya casta guerrera llevaba siglos en el trono y que de mis indagaciones podría depender que entráramos en guerra con ellos o no. Si algo salía mal podría proferir todas las palabras de seguridad que quisiera que no serviría de nada, tan solo podría aspirar, si era lo suficientemente rápido, a una huída a velocidad media en una pequeña nave con poca autonomía y sin capacidad para realizar un salto cuántico.

La dinastía reinante decía descender de una legendaria reina Zagrovia, de la que hay recopilados varios cantares, y habían llegado al trono porque eran numéricamente más y además más bestias que los otros hatajos de nobles que combatieron por él. El lema de su escudo decía algo así como, todavía los volubles matices del idioma se me escapan, “la violencia abre todas las puertas y todos los corazones”. Un hacha y una cerradura plateadas en un campo de calaveras sobre fondo negro. Ya habían conquistado algunos otros planetas, éste era el mundo trono, el centro del naciente imperio, aunque el resto de planetas eran escasos y estaban diseminados por el sistema, no siendo más que unos virreinatos nominales con más independencia que otra cosa. Sofocar rebeliones es un trabajo muy cansado y sacrificado cuando puedes estar matando gente en tu propio planeta sin tener que irte más lejos y gastando menos combustible. Sinceramente yo no acababa de ver el peligro que supondrían para la coalición terrestre, aun en el caso de que entrásemos en guerra, pero tanto los psíquicos como el estado mayor sabrían. En el ejército, aun en el más laxo y autónomo cuerpo de exploradores, no se hacen preguntas si no quieres que te respondan lo que sabes que te van a responder.
-         ¿Me quieres? – Le preguntaba alguna vez.
-         Aborrecerte no te aborrezco, eso te lo reconozco. Y alguna vez, cuando la luz es tenue y estoy de buen humor, me eres hasta simpático. Yo me quedaría con eso como un triunfo a celebrar.- En este caso la respuesta no siempre era la misma, pero solía ser algo muy similar. De nuevo no me importaba, la sonrisa que creía percibir, emboscada detrás de su rostro serio, con el índice en los labios como indicando que me callara, que era una sonrisa secreta, pero que ella no se enterara, valía más que todas las afirmaciones pedestres repetidas a lo largo de la Vía Láctea y bastante más que todas las respuestas ñoñas desde ahora hasta que el big bang se reiniciara de nuevo.

martes, 23 de abril de 2013

Palabra de seguridad (II)

Hace un tiempo, de hecho un año, en Abril de 2012 comencé una historia que tenía en mente sin título ni nada. Busquen abajo si lo desean releer que ahí está, lo he comprobado. Hoy he escrito un poquito más. Es muy poco, pero a ver si así, poco a poco voy retomando lo de juntar letras y más hoy que es el día del libro.

P.D. Que, la verdad, en el word  parecía algo más, ya lo dejo solo por no borrar la entrada.

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Hay quien dice que las experiencias nos esculpen, que del inerte mármol nacarado, o el rudo granito, según cada caso, pueden sacarnos o La Piedad de Miguel Ángel o un montón de gravilla diseminada por el suelo del estudio o del museo de arte moderno. No es por darle más importancia de la debida en el resultado actual, pero creo que mi experiencia con ella llegó a esculpir casi por completo las líneas generales de la escultura que soy hoy día: Una forma algo abstracta, que no llega a comprenderse al primer vistazo, con bastantes áreas rugosas, abundantes oquedades de las que ya es imposible adivinar a dónde fue a parar el material de origen y, todo sea dicho, alguna que otra zona que ahora brilla con un magnífico pulido, allí donde posó su mano y su sonrisa cinceló la piedra con pericia.
-          Luego entonces ¿consideras que sería más prudente tener más información antes del descenso y el primer contacto? – Pregunté tras un rato de silencio incómodo, algo menos incómodo de lo que hubiera sido con la de verdad porque el holograma no podía mandarte a dormir al sofá cuando decidía unilateralmente que la discusión había terminado y ella había ganado. Lamentablemente en esos casos no existía una organización que velara por los derechos de los prisioneros de guerra y que dijera que privar a alguien de dormir una sola noche abrazado a ella, una noche sin sentir su corazón latiendo tan al lado de ti que podías imaginar como cada latido estaba dando vida a dos personas y sin poder estrechar con los tuyos sus pequeños y fríos pies, que tiritaban como glaciares primigenios que albergaran el secreto de la vida; no había nadie que legislara que quitarle a alguien todo aquello debería estar prohibido por todos los tratados bélicos de las civilizaciones galácticas conocidas por la humanidad.
-          Muy inteligente no sería, así que seguramente hubiera sido el hilo de actuación que hubieses tomado de no haberme preguntado. De nada.
-          Menos mal que te tengo.
-          Pues sí, si no habrías terminado deshidratado y violado en cualquier campo de asteroides hacía ya bastante.
-          Ahora en serio, sí que deberíamos saber bastante más. No quiero ser yo la causa de que entremos en guerra con ellos por un mal encontronazo nada más llegar. La información que ofrecen los psíquicos es lo que tiene.
-          Igual una guerra les interesa y por eso han enviado al más inútil que tenían en nómina.
-          Te quiero – Dije sin haber procesado mucho esa última frase y confiando más en el imperceptible destello de sus ojos que solían ser en la mayoría de las veces el desencadenante de una sonrisa. No lo eran siempre, pero ya llegué a condicionarme cada vez que creía percibir ese pequeño brillo repentino y fugaz detrás de sus ojos oscuros. Pequeños fuegos fatuos en un pantano, capaces de lograr hundir a cualquiera que tratara de seguirlos sin el más preciso de los cuidados.
-          Claro. ¿Cómo no?

miércoles, 13 de febrero de 2013

Chimeneas

Hacía bastante que no actualizaba, lo mismo que llevaba sin escribir nada y hace unos meses la buena gente de  Dlorean ediciones puso en marcha un concurso de temática Steampunk para el que, como es habitual, empecé un relato, pero no lo terminé. El plazo ya finalizó hace un montón, pero hoy, releyendo lo que llevaba escrito quise terminarlo aunque fuera brevemente. Aquí está el resultado, por si le quieren echar un vistazo:



Es Saturnalia en Londinum y para conmemorar cómo el concilio de druidas sacrificó hace justamente mil ochocientos ochenta y ocho años al hijo del dios solar bajo el muérdago, las fábricas de armas para combatir a los unionistas del continente Hasllsttático no dejan de trabajar las treinta y cuatro horas del día. Lo harán así durante toda la semana de festividades para que, simbólicamente, el hollín y el humo tapicen el cielo a modo de mortaja y la luz del sol enferme y acabe por parecer uno de los ancianos con enfisema que se terminan de marchitar en los hospitales de benefi-ciencia. De este modo, hasta la nieve cae ennegrecida, mancillada desde su concepción en las macilentas nubes y vuelta a profanar por millares de botas y encallecidos pies descalzos camino de las minas de cavorita. Los autómatas del relojero son muy preciosos y caros para desgastarles en semejantes trabajos, ellos tienen que servir los banquetes opulentos de los lores, calcular la trayectoria de los obuses que crucen el canal de Beltaine y manejar los carros aéreos de puro color dorado. De las minas y las fábricas ya se encargan la miríada de niños huérfanos que los sabuesos de StCrooge dan caza noche tras noche. Aullidos mecánicos y engrasados que se solapan con los silbatos de los agentes de Hibernian Yard. Frío, hollín, bosques de chimeneas naranjas como el hígado de los buitres y el vapor que emana de cada coche y autómata que rueda sobre el pavimento. Londinum es todo eso, una sucia máquina de ladrillos, vapor, ruedas dentadas y hambrientos, que trabajan sin pausa para el sostenimiento de la casta de los lores.
Y sin embargo, bajo la ciudad, en las abovedadas alcantarillas de ladrillo quemado, la temperatura no es mucho más cálida que en el exterior, pero como compensación no huele mucho peor. Aun con todo,  es el modo de viajar más seguro para cruzar la ciudad y mucho más si llevas detrás de ti a todos los niños hambrientos y cansados que has conseguido arrancar, casi literalmente, de las fauces de los sabuesos. Así que, cada cierto tiempo, tengo que parar, darles unas pocas nueces y pasas que llevo en la mochila, pero que hago como que se las saco de sus ateridas orejitas, les canto un par de estrofas de las canciones más obscenas que me sé (al principio cantaba nanas infantiles, pero las letras rijosas tienen mucha mejor acogida) y continuamos nuestro camino, horadando el vientre de la bestia, dejando encima de nuestras cabezas el mugriento río Gull y la torre de las ejecuciones, el murmullo continuo de los fumaderos de saúco, los mercados nocturnos de los duendes y los barrios del gremio de vestales.
- Y este será vuestro refugio, príncipes y princesas – les digo con una exagerada reverencia al pararnos ante una enorme y labrada puerta de roble, encajada entre el ladrillo – Aquí podréis descansar y comer. Pero cuando os reconfortéis os vamos a necesitar, el ejército de liberación Luddita precisará de cada uno de vosotros para su supervivencia.
- ¿Y pondremos muchas bombas? – Me pregunta una golfilla con una vocecita ilusionada.
- Muchas. Bombas de todos los colores y tamaños. En cada autómata, cada edificio oficial, cada fábrica y cada vehículo de vapor. Somos los ludditas. No dejaremos un solo templo megalítico sin su bomba, ni un solo autómata sin estallar.
Una vez que les he enseñado todas las galerías, las salas de entrenamiento, de descanso, las cocinas y las bibliotecas, les dejo a todos bebiendo un humeante tazón de achicoria y me relajo en la sala más tranquila que encuentro para inyectarme la morfina que le cambié a un arruinado detective por un viejo y descordado violín. Ha sido un día muy duro y la morfina me acaricia con sus blancas y frías manos de un modo que consigue que no eche de menos el tacto de una mujer. Me faltaría una sonrisa, pero con los ojos cerrados es casi como si sintiera la caricia en mi rostro mientras el calor recorre mis venas con la velocidad del telégrafo y me puedo entonces imaginar la sonrisa, brillando ardiente  detrás de la oscuridad de mis párpados sellados.

“27” fue la respuesta de la clepsidra procesador. El complicado mecanismo de engranajes, poleas, recipientes de agua y vapor nos había respondido con este número a nuestra pregunta de si era conveniente adelantar la colocación de nuestra bomba en el parlamento. Hubo debates de todo tipo, pero finalmente, los prebostes de la revolución decidieron que la suma de las dos cifras es “9”. Número más alto que resulta de poner el “6” al revés, del mismo modo que nuestra revolución pondrá al revés el sistema y dará lugar a una sociedad mejor. Igual estoy exagerando un poco, lo reconozco, pero fue algo igualmente ridículo. Por supuesto los líderes de nuestro movimiento tenían cosas mejores que hacer, así que me tocó a mí llevar a los chavales más mayores en su primer trabajo de campo, tranquilizarles, revisar todos los artefactos explosivos, repasar una y otra vez las rutas de llegada y de huída y de reincidir en el santo y seña que opera en cada uno de nuestros santuarios repartidos por Londinum.
La ley de Orchram dice que cuando los hilos del destino están enredados para que todo salga bien, la navaja de la fatalidad aparece con sus destellos nacarados para cortarlos de raíz. Esta vez no dejó un solo hilo sin cortar. Con una precisión de relojero, el plan fue fallando desde que pusimos los pies detrás de las puertas de roble labradas, dirigiéndonos al mausoleo de chimeneas que nos esperaba fuera: Primero la ruta preparada tuvo que ser modificada sobre la marcha ya que un asesinato de vestales ocurrido la noche anterior tuvo a los geomantes del consejo midiendo las líneas dragón para ver si el acontecimiento podía tener repercusiones en la historia pasada y futura.
Más tarde dos de las bombas pequeñas, los primeros señuelos que despistarían a las autoridades camino del parlamento decidieron no explotar. No tuve tiempo de mirar la causa, así que me limité a escribir con tiza de colores un mensaje subversivo que sería reportado en escasos minutos y nos permitiría distraer ligeramente la atención. No es lo mismo que unas explosiones, pero una tiza no es tan mala sustituta. Como la morfina para las sonrisas.
Para terminar, uno de los chavales sopló un silbato de plata, no tenemos por costumbre registrar a los huérfanos que recogemos, aunque si salimos de ésta empezaremos a hacerlo, y decenas de sabuesos y autómatas aparecieron por todas partes. Repartí rápidamente pastillas de cianuro con sabor a regaliz entre los chavales por si les fuera necesaria una muerte rápida, pateé al traidor, lancé a un autómata contra un sabueso y corrí, esperando que me siguieran a mí antes que a ellos. Ya no me atreví a meterme en los refugios secretos porque igual ya no eran ni secretos ni refugios, así que callejeé por los peores lugares que recordaba, mientras sangraba profusamente por una pierna debido al mordisco metálico de un sabueso.
Todavía me queda una bomba, la más devastadora de las que preparamos, una dosis de morfina y no me espera en casa ninguna sonrisa. No quiero explotarla en los barrios de trabajadores, así que camino hacia los jardines y los cromlech del centro de la ciudad y de la zona de los lores. Cuántos más me sigan mejor. Los autómatas son caros y los megalitos fueron levantados hace mucho, así que el daño causado será considerable. No tanto como para poder poner del revés al sistema, pero para ladearlo un poco al menos seguro que sí.
He sangrado mucho y estoy cansado, aunque la morfina haga que parezca que me han salido unas alas de paloma y me deslizo por encima del empedrado. Me siento a descansar cuando oigo los ladridos y chirridos. Tengo amigos en la torre de ejecuciones y seguramente haya gente del consejo de druidas que me recuerde, es posible que no me maten ahora mismo. Pero me empieza a dar igual, la droga equipara el frío que siento por la pérdida de sangre y me empieza a importar menos cada vez, porque, con los ojos cerrados, en la penumbra de mi visión comienzo a verse esbozar una sonrisa…

viernes, 10 de agosto de 2012

Crítica de Prometheus


Para darle un poco de vidilla al blog para que no esté tan parado y para darle algo de polémica, vamos con la crítica de Prometheus.  Pero antes partamos de dos premisas:
A)    Es una crítica con intención humorística y soy consciente de que a mala leche puedes sacar fallos a cualquier película que te lo propongas por buena que sea (o hacer lo contrario, pero eso lo dejamos para otro día) Es lo que he hecho con “animus jocandi”.
B)    La película está realmente bien de fotografía, diseño artístico, FX, banda sonora… Pero es el guión en dónde hace aguas todo y en dónde centraré la crítica. Y si hubiera pensado en que iba a ver una peli de serie B desquiciada igual me hubiera reído y entrado en el juego, pero es que Scott llevaba años hablando de la trascendencia y seriedad de la película y de ahí que me pillara con el pie cambiado. La veré otra vez dentro de unos meses con ojos de serie B para disfrutarla como se merece.
C)    No es una premisa es un aviso. Son todo SPOILERS, no sigas si no la has visto y si no quieres que te arruinen la risa de los desfases cada cinco minutos.

                                                 PROMETHEUS (Alieniza como puedas)
Todo empieza cuando unos arqueólogos descubren unos grabados en una cueva similares a otros de diferentes partes del mundo.  Lo que debería haber sido: “¡Qué hallazgo arqueológico más interesante!” y los arqueólogos recibiendo el nobel en la siguiente escena. Fin de la película. Resulta que no, porque la arqueóloga deduce no solo que es un mensaje de unos extraterrestres, que ya sería echarle inventiva, sino que es de los mismos que han creado a los seres humanos (la ciencia infusa es lo que tiene) y que quieren que con pongamos contacto con ellos. Ella se lo cuenta a un viejo millonario que en lugar de soltar a los perros nada más oírlo la cree y no contento con eso monta una expedición a tomar viento en el espacio a un sistema solar que parece ser se representa en todos esos grabados. En los grabados aparecen solos tres puntitos, pero como lo bueno que tiene el universo es que es pequeño, en un par de años lo encuentran.
No pasa nada porque les sale barato, un billón de dólares solo (billón americano, suponemos, así que hay concejales valencianos que roban más en un mes) con lo que no habría ni para combustible, pero al final ahorran porque en personal se gastan poco ya que para conformar para la tripulación de la nave debían de tener un convenio y cobrar una subvención por contratar retrasados (porque si no se explica que luego vayan haciendo las absurdeces que van haciendo) y eligen al más tonto que encuentran en cada campo. Como son originales haciendo expediciones, y ésto es lo más cachondo de todo, nadie sabe a dónde van, ni para qué y se lo cuentan todo en una video conferencia post-mortem una vez han llegado al destino y se han tirado dos años criogenizados durante los cuales el pervertido del androide espiaba sus sueños y aprendía arameo mientras jugaba al baloncesto, para que ya si se arrepienten no tenga remedio. La cosa es que están todos allí porque la arqueóloga  va a buscar a los creadores de la vida en la Tierra porque “ha decidido creerlo así”, la mejor base posible para realizar un viaje espacial ¡Y estas risas solo en los primeros diez minutos de película! Sin contar el preludio en el que un alienígena calvo se toma un chupito y se cae al mar por un risco como si hubiera salido de una discoteca de la costa. Debía tener mal beber.
El caso es que llegan a la Luna del Planeta que puede albergar vida y en esas el vago del piloto (esperamos que no sea porque es afroamericano y haya un substrato racista de Ridley Scott) ¿Pues no sale con que solo quedan ¡seis horas! De luz y que ya mejor empezar mañana con la fresca? Menos mal que  los arqueólogos se empeñan y, como son los que mandan que para eso liaron en el embolado al viejo millonario, para allí que van. Bueno, eso y que es Navidad y que si no trabajan Papá Noel no les traerá regalos. El arqueólogo ordena entonces que bajen al planeta sin armas y, por supuesto, no se discute más. El encargado de seguridad dice que va a cobrar lo mismo y que él es un mandado y que el también se apunta a que le maten lo que pudiera haber allí. ¡Si solo es un planeta con vida alienígena tampoco es como, no sé, ¿Un viernes noche en un polígono de carretera?
Y aquí empieza el despiporre con los miembros de la expedición, en el primer posible contacto de la humanidad con una entidad extraterrestre, quitándose el casco porque ya se puede respirar, tocando todo lo que se van encontrando por el camino en un planeta desconocido (pero TODO), separándose y volviéndose a la nave andando porque se han enfadado… Porque para qué van a esperar a que unas pelotas escaneadoras tracen el plano de la torre hueca (no es una nave enterrada, no qué va), mejor es ir tocándolo todo, oliendo y chupando cosas.
El androide, que es el más tocón de todos, activa unos hologramas donde se ve a unos alienígenas dirigirse a una zona para morir. Llegan allí y se los encuentran muertos, claro. ¿Volvemos mañana con armas? ¡Y dejar de tocar cosas en un planeta alienígena, ni lo sueñes! Son space jockeys, los de la saga Alien, pero más pequeños ellos, serán crías o una variante enana rara, o los otros serían más grandes, a saber.
Y mientras tocan más cosas y los que se han enfadado ya se han perdido (recordemos que eran los más tontos de cada campo) llega una tormenta con un huracán y fuerte aparato eléctrico, con el tiempo justo para antes de salir de la “cueva” (guiño, guiño. Codazo, codazo) envasar la cabeza de un alienígena al vacío como si fuera mojama traída del pueblo y meterla en una mochila (de esas que sabes que se resbalan y se caen en el peor momento, de esas). La pega es que con el viento y la arena pasan cosas pero no queda muy claro qué, ni quién se cae y quién salva a quién. Y la jefa mala dominatrix no sería tan mala cuando ni les regaña por haber destrozado los vehículos de tierra y haber perdido a dos miembros en las primeras horas de descenso en la luna. Todo ello es un guiño inteligentísimo de Scott, una película sobre la evolución y la vida protagonizada por premios Darwin.
¿Todavía puede haber más risas? Sí, porque ahora la ciencia patafísica alcanza sus momentos de gloria cuando deciden revivir la cabeza del alienígena muerto con electricidad y luego la meten en un microondas cuando se asustan de que les haya funcionado el plan y con el androide pervertido echándole en el cubata al arqueólogo una de las guarrerías que ha ido encontrándose en sus deambulares por la cueva cuando nadie le miraba. Las moderneces de los gin-tonics en el futuro han ido demasiado lejos.
La arqueóloga sigue erre que erre con que están en el planeta de quienes han creado los seres humanos y nadie le dice nada porque, como se ha comentado antes, ellos van a cobrar igual. Nos enteramos, eso sí de que es estéril, y que para celebrar que el ADN de la cabeza muerta/revivida/incinerada es idéntico al de los humanos: “La prueba de que nos han creado” (sí, no de que “descendemos de ellos” o “la vida comparte base genética a lo largo del universo”) echan un polvo fuera de plano. Los polvos fuera de plano tienen malas consecuencias en este film porque la jefa dominatrix echará otro con el negro vago con tan mala suerte de que justo en ese momento tratan de comunicarse con la cabina de mando los que se han perdido porque han encontrado formas de vida. Y sí, las tocan. Es los que tienen los polvos fuera de plano, en una porno nunca pasan estas cosas.
A la mañana siguiente, todos descansados y follados, van a buscar a los que se han perdido que están más muertos que el cerebro del guionista, el androide mientras encuentra una cabina de mando que funciona presionando huevos duros y aparece un holograma de la Tierra. ¿Destino turístico?, nada que nos han creado ellos y ahora nos quieren matar, por lo que se ve.
El arqueólogo se encuentra mal por beber cubatas con extra de porquería alienígena y como está contaminado a la vuelta a la nave le churruscan. Pero ahí no acaban las desgracias para la pareja porque la arqueóloga está embarazada de tres meses y el androide pervertido quiere criogenizarla para que la operen en la Tierra. La arqueóloga no se deja, ahostia a los enfermeros, se cuela en el laboratorio médico y programa, con sus conocimientos de arqueología, una novísima máquina de cirugía de las que hay muy pocos modelos en la Tierra. El problema: que está programada para hombres (suponemos que si hay modelos distintos por sexos también los habrá para negros, chinos y judíos. El futuro de Scott es machista y racista, ¡toma subtexto de crítica social de manera soterrada! ¡Visionario!), así que no se puede provocar un aborto. Engaña a la máquina programando una cirugía abdominal y aquí mis escasos conocimientos en el cuerpo de la mujer juegan en mi contra, pero recuerdo del cole que el útero y el estómago eran partes distintas, ¿no? ¿Qué clase de sexo tuvisteis anoche, pervertidos? La buena mujer pesca un calamar de cuarenta kilos en canal, la llenan de grapas médicas ¡y a correr! (literalmente)
En las carreras se encuentra con el viejo millonario en la nave (¡sorpresa! ¡nadie lo hubiera sospechado!) que dice que quiere que los alienígenas le curen (esos que la arqueóloga se inventó al ver los puntos en el grabado, los mismos). Que podría haberse criogenizado en la Tierra y haber esperado a que le trajeran la “cura” como a los señores, pero no, viajar por el espacio con ciento cuarenta años es más divertido.
La jefa dominatrix se revela como su hija y le dice que “los reyes que abandonan el reino lo pierden”. Así que ella lo ha heredado todo, pero mejor va a ser irse al espacio para perderlo ella también y que acabe heredando la empresa el ficus de recepción.
El final es apoteósico, ya que vuelven para hablar con los aliens que el androide ha visto uno vivo. El caso es que despiertan al space jockey que tras su criogenización de tres mil años, habla con el androide mientras la arqueóloga le grita cosas y el viejo le pide otras (la arqueóloga va con ellos porque les ha dado igual que se haya colado en la zona médica, pegado a sus enfermeros y haberles jodido el experimento del androide pervertido.  Le dejan ir con ellos sin afearle la conducta siquiera ¡y son los malos!) le arranca la cabeza al androide, pega una paliza al resto y recuerda que hace tres mil años tenía que destruir La Tierra. El hombre es cumplidor y sin ni siquiera ir al servicio (El ADN es idéntico al de los humanos, así que no me vale lo de su especie no mea) a ello que se pone.
La arqueóloga vuelve a la nave a la carrera, la jefa dominatrix dice, casi literalmente, “¿Ya nos hemos muerto todos?, pues hale, nos volvemos a casa” y mientras la nave despega la arqueóloga le suplica al piloto que no deje que la nave alienígena haga lo mismo. ¿A quién hago caso a la arqueóloga loca o la jefa dominatrix a la que ya me he tirado? La respuesta es obvia. Deja que la jefa se vaya en un módulo de soporte vital, pero ella prefiere lanzarse individualmente en una cápsula y luego irse andado a por el módulo para darle emoción y morirse en el intento. El piloto “ioniza” la nave y se lanzan a lo “Battleship Yamato” contra la nave mala, preguntando antes a su tripulación si se quieren ir. Los copilotos que han estado sentados en el puente de mando toda la peli y no saben de qué va la vaina se quedan y se estrellan contra los malos sin manos (lo de “sin manos” es literal y lo mejor de la película).
La arqueóloga coge la cabeza del androide que sabe dónde hay más naves y sabe pilotarlas y se dirige al planeta de los space jockeys a ponerles las peras al cuarto. Que igual tardamos setecientos millones de años luz, pero total, no ponen nada en la TV…
TO BE CONTINUED.
Y ojo porque Scott amenaza con que en la siguiente se revelará que ¡Jesucristo era un Space Jockey y que por eso nos odian!. Con mi chip de serie B conectado ya sí que no me la pienso perder.

miércoles, 6 de junio de 2012

Descanse en paz, maestro.

Ray Bradbury (Waukegan, Illinois, 22 de Agosto de 1920 - Los Ángeles, 5 de Junio de 2011)
En cuanto pueda haré una entrada conmemorativa.






















   
Por más que quieran alimentar hogueras con libros, seguiremos leyéndolos, nosotros y nuestros descendientes, en las nuevas mansiones Usher que construiremos en los canales de Marte, porque todos somos marcianos.













jueves, 24 de mayo de 2012

Refugiados (II)

Pues gracias a Ray Bradbury y su "Zen en el arte de escribir" me han vuelto las ganas de juntar letras, así que avancemos un poquito en la última historia inconclusa con la que estaba. Recuerden, la de los refugiados:


Refugiados (II)
 El abrigo negro se encendió un cigarrillo, tabaco rubio de las vastas praderas terraformadas de Jupiter, el mayor sabor del Sistema Solar en una sola bocanada tal que al aspirar podrás sentir la humedad de los cultivos de invernadero bajo la presión de las tormentas eternas y circulares del gigante gaseoso. Con cada inspiración una diminuta estrella fugaz rojiza brillaba durante unos leves instantes para terminar sus días en un apagón de cenizas grisáceas, solo para ser sustituida al cabo por una descendiente en un ciclo que terminaría cuando el universo del tabaco envuelto y apretado contra un filtro de algodón transgénico se olvidara con un pisotón en el suelo helado de metal. Mientras tanto el humo ascendía a los cielos en cuerpo y alma, sereno y grácil como los santos y los cientos de vírgenes diferentes pintadas en los retablos y polípticos de las antiguas iglesias, cuando en la fe convivían el misticismo y el genocidio sin el menor reparo.
Uno de los guardias se vio arrastrado por su araña y al plantarse delante de él sus ojos polifacetados devolvieron el brillo del ascua del cigarro en cientos de reflejos diminutos y brillantes, pequeños puntos de fuego que se movían al compás de la bestia que trataba de avanzar y librarse de la cadena. 

-          ¿Fuma el bicho? – Preguntó sonriendo mientras ofrecía el paquete de “rayo divino” a media altura, como si la oferta pudiera valer tanto para la araña como para su dueño.
El guardia de seguridad no contestó, se golpeó suavemente la pierna con la porra eléctrica, al compás de las chispas que generaba,  dejó a la araña mover su cabeza como un pianista llevando el ritmo y dejó finalmente adivinar una mirada ceñuda debajo de sus gafas de sol blindadas mientras se daba la vuelta con un aire de indiferencia conseguido con la práctica de muchos años de matón.

-          Menos mal que no llevan perros, si no hubieran olido lo que llevamos para comerciar. – Suspiró aliviada la mujer del abrigo blanco
-          No te creas, las arañas tienen un sentido del olfato muy desarrollado, lo necesitan para usar sus feromonas sexuales. En cambio tienen muy mal sentido del oído, perciben vibraciones, sí, pero… - Se paró de repente el discurso del abrigo azul - ¿Cómo no lo ha olido?
-          Supongo que la alquimia del sudor, el miedo, el combustible de las naves y estas salchichas asadas en grasa – dijo el abrigo negro abriendo un paquete de papel albal – envueltas junto con la droga han obrado el milagro.
-          ¿Vamos a poder venderla?
-          Seguramente, el síndrome de abstinencia del opio venusiano es bastante malo. Un poco de sabor a salchicha no dejará de abatir momentáneamente al mono.
-          ¿No notas a los guardias algo más juntos?- Preguntó cambiando de tema con la facilidad con la que los salmones saltan por el río - No creo que sea por el calor humano ni porque estén compartiendo nada. ¿No te parece como una discusión de las jugadas que se llevarán a cabo en el rugby?
-          Un momento. Recibo algo – Contestó el abrigo blanco mirando su ordenador de mano. – Multitud de naves llegan al sector, aun sin identificar.
-          Pues seguramente quieran limpiar el satélite antes de que llegue quien quiera que sea…

Los guardias, se abrieron, como un coro griego dispuesto a revelar el destino funesto de Edipo, con un gesto casi imperceptible, como de gato doméstico, subieron el volumen de sus porras que llenaron el ambiente de un punzante olor a ozono, dejaron que las cadenas de las arañas se alargaran considerablemente y caminaron hacia la cola de refugiados sin que la mueca de desprecio que llevaban permanentemente cambiara y sin que se adivinara otro gesto debajo de sus gafas de sol blindadazas.

lunes, 7 de mayo de 2012

Refugiados (I)

Antes de nada, ¡no entiendo una mierda el nuevo diseño de blogger! así que no sé si lo estaré haciendo todo bien. Dicho eso, vamos con el blog:

El otro día una amiga me comentó que había tenido un sueño raro en el que salía y al contármelo por encima me pareció una idea fabulosa para un relato, así que como siempre lo empezaré y no lo terminaré nunca (aunque esta vez si que quiero terminarlo). Vamos con ello:


REFUGIADOS


  El pequeño y lejano sol se ocultaba tímidamente en el horizonte del pequeño satélite, aunque su ausencia se notaría poco porque no había llegado a calentar nada en toda la jornada de trabajo y se retiraba a su casa cansado y algo cohibido de que el frío le hubiera ganado la partida de nuevo como hacía cada día. A las cuatro lunas que ya se dejaban ver parecían llevarse mejor con la baja temperatura y su blancura nívea funcionaba como un mecanismo de camuflaje en el entorno frío y desolado y para que la gelidez pudiera extenderse por doquier el suelo de metal del astropuerto también comenzaba a cubrirse con rocío helado, como una fruta escarchada y crujiente. Detrás del perímetro de seguridad militar algunas naves pequeñas de exploración despegaban y rugían como dragones jóvenes, reflejando en sus lisas escamas metálicas las luces blancas y rojas de los focos de aterrizaje y de posición.

TODOS AQUELLOS QUE NO DISPONGAN DE VISADO EN REGLA ABANDONEN LA FILA Y DIRÍJANSE AL MÓDULO DE DEPORTACIÓN – Repetía una y otra vez una voz ronca y metálica, que surgía de las entrañas de unos decrépitos altavoces que colgaban de una inestable mezcla de alambre, cinta aislante, sin despreciar grandes dosis de buena suerte, y se mecían con los empujones traicioneros que el frío viento propinaba a intervalos irregulares, cuando más distraídos estaban los altavoces, como si fueran unos niños a los que deseara tirarles del columpio. Tras varias repeticiones en el nuevo esperanto, volvía repetirse en distintos dialectos, como el de los mineros de las explotaciones sulfurosas de Marte, con su deje nasal y su entonación cortada bruscamente al final de cada frase o el de los fieles de la iglesia reformada, en una mezcla de latín y árabe clásico.

  Tres figuras en tres largos abrigos de cuero, azul, blanco y negro, se mantenían en una fila que tiritaba como un solo animal junto con sus integrantes al compás del frío, los avances y retrocesos camino de la puerta de embarque y los golpes de los pies contra el suelo de metal para combatir el frío.

-          ¡Ya ha quedado bastante claro, todos lo hemos oído! ¡En múltiples idiomas! – Gritó al altavoz que continuaba con su mantra justo encima de su cabeza la figura masculina del abrigo negro – Como les debería quedar claro que nadie ha dejado la cola hasta ahora, por más que no tengan visado y, ni mucho menos, se han dirigido al módulo de deportación – Dijo tanto a sí mismo, como a sus dos acompañantes.
-          Supongo que así, cuando apaleen a los que siguieran en la cola y lleguen al mostrador sin visado en regla, dirán que les han avisado previamente – Contestó con cierta sorna desganada la mujer del abrigo azul.
-          Es que los visados cambian de validez a cada segundo que pasa, los planetas libres se conquistan y se recuperan con una rapidez increíble – Comentó la otra mujer envuelta en el abrigo blanco de cuero mientras tecleaba interesada en un ordenador de mano – De hecho, nuestros visados pueden llegar a no servir de nada si el ejército sigue invadiendo los planetas del sistema al que nos dirigíamos.
-          Tenemos tres visados diferentes, uno cada uno, será cuestión de estar atentos y si alguno falla cambiárselo al primer tonto desinformado que veamos en la cola. No lo mencionemos muy en el alto. Esperemos que no todo el mundo tenga acceso a la información como nosotros – Trató de zanjar el abrigo negro.
-          Y no dejemos de estar atentos a los cazarrecompensas tampoco, pueden haber llegado ya en cualquier momento.
-          ¿No deberíamos verles antes hablar con los guardias y ver como nos señalan y toda la cola se aparta para dejarnos solos?
-          No lo creo, es más probable que nos disparen directamente y luego ya hablen con los guardias.

  Más focos se encendieron, lanzando su haz de luz hacia la lona negra que era la noche  y sirviendo de guía no solo a las naves, cada vez menos, que abandonaban el asteroide, sino también a los copos de nieve que comenzaban a descender como paracaidistas en una invasión. El sector de la galaxia estaba en guerra y todo lo que les rodeaba parecía tener connotaciones bélicas. El hecho de que algunos guardias de seguridad comenzaran ya a inspeccionar la fila de refugiados llevando en gruesas cadenas de acero a unos crecidos especimenes de arañas de Marte con las punteras de sus patas y de sus pedipalpos reforzados de metal, no contribuía a descargar el ambiente. Las botas de los guardias hacían un ruido fuerte y prolongado, como de platos de batería, mientras que las arañas se movían con el ruido sutil y ligero de timbales o de campanillas en los pies de las bailarinas exóticas. Los chispazos de las porras eléctricas en modo recarga redondeaban la ópera de la cacofonía de tensión y miedo.

TODOS AQUELLOS QUE NO DISPONGAN DE VISADO EN REGLA ABANDONEN LA FILA Y DIRÍJANSE AL MÓDULO DE DEPORTACIÓN