CAPÍTULO 8: DULCES CASUALIDADES
Las casualidades no existen, no más allá
de lo que supone un destello de ilusión o de sorpresa para las mentes
sencillas. No importa lo que te cuenten ni lo que la gente pueda creer, el
destino no se dedica a lanzar una moneda al aire cuando se siente perdido sin
saber qué hacer y actúa entonces en consecuencia. Las causas tienen efectos y
aquellas son a su vez el efecto de sus mayores; Todo lo que ocurre tiene una
razón, ya que cada pequeño acontecimiento está complejamente intrincado con
todos los demás en el tapiz que se encuentra suspendido, siempre a medio tejer,
en el telar situado entre las estrellas. Los que practicamos un poco de magia,
tan solo somos capaces de escudriñar, muy ligeramente, por dónde se extienden
los hilos de ese tapiz y tanteamos como al entrelazarse van formando imágenes
no del todo definidas. A veces, como mucho, podemos dar un pequeño tirón a la
parte de la madeja que tengamos más a mano, de modo que esas imágenes borrosas
puedan llegar a alterarse aunque sea muy tenuemente.
Por eso cuando esta mañana
al levantarme he sentido el antojo de un cierto tipo de dulces que solo
elaboran en una afamada confitería de la calle cuchilleros y al no hallarme en
estado de buena esperanza, creo que ese
deseo tiene que tener algún otro sentido. Por supuesto, como mi marido es el
general Espartero, puedo mandar a cualquiera a que me los traiga al instante,
pero como nada ocurre por casualidad, creo que debo ir yo misma y tratar de no
sorprenderme mucho cuando vea qué escena se está formando en el telar.
En cuanto pongo el pie en la calle ya siento
como voy llenándome de vitalidad a cada paso y la sonrisa se me ensancha con
cada inspiración. Un breve paseo matutino siempre es agradable y más hoy que
desde muy pronto, a pesar de la nieve caída durante toda la noche, el sol ha
preferido congraciarse con ella y en lugar de enzarzarse en una violenta cópula
no consentida que la fundiría y terminaría por engendrar a media tarde un
barrio mugriento; ha consentido en realzarla con su luz para que todos puedan
admirar su belleza del modo en que él la admira y otorgarla un precioso brillo
nacarado que me recuerda a la reluciente cobertura de merengue de… Un dulce que
me apetece comer más cada vez. Nada ocurre por casualidad.
La formación militar de mi marido se me
está adhiriendo como una segunda naturaleza, porque en cuanto veo las bandejas
de pasteles en el escaparate no puedo dejar de pensar en una formación de
soldados, alineados en un perfecto orden, quietos en actitud de firmes, serenos
ante las inclemencias y serviciales, pero dispuestos para golpear con fuerza
cualquier paladar con las armas de su azúcar en cuanto les sea ordenado con el
primer bocado. Todo el que pasa a su lado y se detiene a contemplar su
formación los admira en el fondo, ya sea gula, lujuria o envidia, pasteles y
guerreros desentierran bastantes pecados ocultos en nuestras almas.
-
No
digo que los carlistas tengan razón, Dios sabe que la reina legítima es nuestra
niña Isabel, pero sí que me parece que ellos cuidan más los asuntos del alma-
Dos viejas beatas estaban comprando dulces y parece que he llegado justo en un
momento crucial de la conversación.
-
Desde
luego, ¿ha oído que Zumalacárregui, en todas las aldeas por las que pasa, lo
primero que hace es ordenar que se rompan a hachazos todos los barriles de vino
de las bodegas? Yo tampoco digo que su pretensión al trono sea justa, pero ya
podrían los nuestros hacer alguna cosa de bien como ésta.
-
“Romper
los barriles de vino no es un acto puritano”- Me imagino diciéndolas en lugar
de saludarlas amablemente y asentir, que es lo que hago- “Por un lado es una
manera de castigar, arruinar lo que se tiene atesorado desde hace años tiene un
efecto demoledor en la moral del enemigo, por otro es eficiente magia
simpática, el vino equivale a la sangre, haciendo correr uno, harás correr a la
otra más adelante”. – Zumalacárregui es más listo de lo que todos piensan, no
me cabe duda de que mi Baldomero podrá con él, pero no lo va a tener fácil.
Elijo los pasteles que más me apetecen
mientras pruebo una delicia de crema que me han ofrecido y casi sin que me de
tiempo a que me los envuelvan y los guarden en una preciosa cajita de cartón
color Burdeos, como el vino y la sangre derramados en el norte, noto como la
cara del pastelero se pone lívida y las dos viejas beatas, que captan por
instinto la tensión en el ambiente como los animales de presa que son, se giran
al unísono cuando dos guardias armados entran en la confitería y se quedan uno
a cada lado para proteger el paso de la reina niña Isabel. Noto un gran tirón interior
y siento como la escena del tapiz empieza a cambiar de manera
desacostumbradamente rápida, a la par que me aparece en la cabeza de manera
fugaz una imagen de interminables pasillos de montañosas bibliotecas, con polvo
blanco de siglos reposando en los estantes superiores, bibliotecas albergadas
desde milenios en el corazón de ciudades ciclópeas, perdidas en la inmensidad
de las estrellas. Pero es sustituida casi al instante por la sonrisa graciosa
de una niña regordeta que no quiere más que pasteles y que se siente abrumada
entre tanta muestra de deferencia. ¿Sabrá que yo sé todo lo que sé y Baldomero
me cuenta todo lo que va descubriendo para que no se pierda con él toda la
información relevante?
Casi
resulta entrañable cuando se pone de puntillas en el mostrador y va señalando
uno a uno con ojillos golosos los pasteles que quiere mientras nos cuenta a los
presentes cuáles son sus favoritos exhortándonos a que los probemos. Las beatas
están exultantes en un sueño y no caben en sí de gozo, seguro que ya nunca más
tendrán una palabra amable para los carlistas, el pastelero tiembla pensando en
qué le pasará si los dulces no son del agrado de la reina y los guardias no
cambian de expresión ante esta muestra que no tengo claro si es de candor
infantil o más bien se trata de una actuación premeditada y ensayada. En las
puertas, un negro carruaje llevado por los dos caballos más grandes y más
negros que jamás he visto espera con la puerta cerrada, pero con la escalerilla
bajada y anoto mentalmente los símbolos que aparecen junto con el escudo real
de los Borbones para investigar qué significan en cuanto pueda. Sospecho que
llevo dos o tres manos de retraso en la partida y que no se van a respetar los
turnos de aquí en adelante. Y mis sospechas se ven reafirmadas en cuanto la
reina me habla.
-
Jacinta,
querida.- Me dice casi sin apartar la vista del mostrador – Su señor marido es
uno de mis más queridos amigos y defensores. ¿Podré tener la dicha de
acompañarla a su casa en mi carruaje? Me encantará hablar de cosas de chicas,
mis guardias hacen lo que pueden por entretenerme, pero sus conversaciones son
aburridas.
-
Claro,
mi señora, es un honor excesivo el que me hace.- Digo las palabras seguidas,
con algo de aprensión porque ya empiezo a ver cuál era el plan que se escondía
parapetado detrás del antojo de bollitos.
La niña me da la mano y la balancea junto
con la mía atrás y adelante mientras va dando saltitos durante el corto
recorrido camino al carruaje. Pronto, cuando los cotilleos hayan descendido de
su vuelo cuando ya la carroña no haya podido engordarles más y no soporten ni
su propio peso, seré la envidia de toda la corte y de casi toda la villa. Para
el resto seré también un aviso de que la reina sabe dónde encontrarte en cuanto
se lo proponga. De repente todo el mundo es mucho más listo de lo que parece y
no sé si será una buena idea empezar a hacerme la tonta de ahora en adelante.
La carroza avanza con extrema suavidad,
en total calma y siguiendo una perfecta línea recta, sin el traqueteo que
podría esperarse al rodar por unas calles que parecen haber sido levantadas
para partir las patas de los caballos y para que los revolucionarios dispongan
en todo momento de piedras para arrojar en las cotidianas revueltas. Madrid es una ciudad que
parece haber sido diseñada por la mente de un demonio loco, en los tiempos
libres que tenía entre el levantamiento de un círculo del infierno y otro. Tampoco hace frío aquí dentro, es cómo si todo
se detuviera, la temperatura, el movimiento… Y hasta el sonido, las ruedas
parecen golpear sobre algodón y las respiraciones no son perceptibles. Hasta
que la reina habla, dejando ya de lado la imitación perfecta de una niña de
buena familia.
-
Mis
informadores comentan que los carlistas van tomando todas las villas y aldeas
por las que pasan. No dudo de que nuestro
Baldomero vaya a triunfar, pero debería ir ganando también alguna batalla antes
de recoger el triunfo definitivo de la guerra. – Y la manera de pronunciar el
“nuestro” hizo que se me erizara el vello de la nuca.
-
Mi
majestad.- Respondo con toda la sumisión de la que soy capaz, consciente de que
tampoco es mucha.- El general de sus ejércitos sabe lo que hace. Tiene a
Zumalacárregui confiado con sus primeras victorias, mientras que está a la vez
consiguiendo que fracase en tomar las grandes ciudades. Si conozco a mi marido,
seguramente el asedio de Bilbao sea el punto de inflexión en la guerra.
-
No
me cabe duda. El pesar que tengo es que en nuestra última reunión creo que no
fui de mucha ayuda y debería hacer algo más, él se lo merece.
-
Me
contó antes de partir que sí que le dijo unas crípticas palabras que esperaba
tuviesen sentido en un futuro. Él confiaba en ello.- Ya no merece la pena
tantear si ella sabe que yo lo sé y seguir ad
infinitum en este bucle de inferencias, vamos a respetar mutuamente la
inteligencia del otro y ya está.
-
Así
lo pensaba yo también y mi idea era ayudar sin que se notara mucho por el
destino escrito, pero el tiempo se está autocorrigiendo, la energía mágica que
se está reuniendo en cada uno de los bandos está haciendo que mis recuerdos del
futuro no sean tan claros como eran hace unos meses. Mi intervención va a ser
más necesaria que nunca- Mientras habla, busca debajo de su asiento y me
entrega lo que parece una cajita de música, de esas que suelen tener una
bailarina que se mueve al compás de unos ritmos sincopados. Es una cajita de
metal labrado, pequeña y rectangular, más fría y pesada al tacto de lo que
invitaba a pensar.
-
¿Qué
debo hacer con ella?- Pregunto.
-
Lo
más importante de todo, no abrirla. Sé que eres una iniciada y que conoces las
reglas, así que sabrás que si la abres tú y no él, cuando corresponda, no
servirá de nada. – Asiento con una reverencia.- Házsela llegar como consideres
mejor. Una vez que la abra recibirá instrucciones que garanticen una ayuda.
-
Su
majestad es muy amable.- Le digo mientras coloco la cajita en la bolsa donde
llevo los pasteles, debajo de ellos para que no se aplasten y para que pase
desapercibida si alguien mira la bolsa de soslayo.
-
Eso
no es todo. La caja le concierne a él, pero tengo información que os concierne
a vos.- Y se detiene dramáticamente haciendo que, de nuevo, nada pueda oírse
dentro de la madera negra del carruaje. Cómo yo también sé jugar a las pausas
dramáticas sonrío beatíficamente y cálculo cuánto desea darme la información en
función del tiempo que tarda. No es mucho.- ¿No os interesa lo que tengo que
deciros, Jacinta?
-
Claro,
majestad- Y peco ligeramente de orgullo al apuntarme la victoria.- Es que no
quería interrumpiros.- Entonces su franca risa infantil se combina con una risa
ajena a este mundo, pero igual de sonora y sincera.
-
Muy
bien. Tengo dos fragmentos de información para daros, a cambio de una sola que
os pido como devolución. El intercambio es favorable para vosotros.
-
Dependerá
del valor de la moneda, majestad. Pero estoy dispuesta a ofreceros toda mi
ayuda si es posible.
-
Vuestro
marido guarda algo que me pertenece. No sé si en la sala del Escorial o en algún
otro sitio, a cambio de ello os daré detalles de dos acontecimientos que os
atañen.
-
Dígame
que es y lo buscaré.- Porque esta vez no se me ocurre para nada lo que puede
estar buscando.
-
¿Ha
oído hablar del doctor William Gull? El médico de palacio de la casa real
británica.- Asiento.- Hace unos años un extraño… meteorito cayó en la campiña
inglesa. Dentro había una forma de vida extraterrestre, fallecida en el
accidente. El doctor se encargó de analizar sus restos post-mortem y anotarlo
todo, con dibujos detallados, en un dossier. Solo quiero ese dossier. Ni es
algo mágico, ni un arma, ni nada que pueda seros útil en el devenir actual de
los acontecimientos.
-
Si
lo encuentro considérelo devuelto.- Digo sinceramente, seguramente sea algo que
Baldomero guardaba por si era necesario utilizarlo en una hipotética guerra con
Inglaterra, pero como seguro tiene otras cosas guardadas para tal fin y como
además los problemas hay que afrontarlos de uno en uno según vienen, accedo sin
reparos.
-
Gracias.
En ese caso os ofrezco mis visiones, por un lado ha de saber que una cábala de
magos ha llegado a Madrid en los últimos días. No puedo saber si trabajan para
el enemigo o son mercenarios libres, pero su advenimiento no me ha pasado
desapercibido ya que es curioso que lo hayan hecho justo en este mismo momento.
-
Ya,
las casualidades no existen.- Afirmo tajante.
-
En
efecto, querida. Se reúnen todos los jueves en un viejo cementerio, en lo que
ahora es una alejada zona de huertas y antaño un convento.
-
Jueves,
el día de Júpiter, el poder y el control, pero también de Thor, el trueno y las
tempestades.
-
Eso
es. Tal vez debería vigilarles un poco aunque fuera.
-
Os
lo agradezco. ¿Y la segunda cosa?
-
Es
una imagen que percibo más difuminada porque concierne a una figura que parece
existir ajena al discurrir del tiempo. Veo a un gran seductor, que es a la ve un
animal implacable y desencadenado, el espíritu salvaje de otros tiempos al que
la civilización no ha podido enjaular entre los barrotes de las cafeterías, los
ferrocarriles y los telégrafos. Veo un apellido nobiliario y unas noches
eternas que se repiten sin parar envueltas en un hambre que jamás cesa. Y veo
que va a venir a por vos.
-
Vaya,
sabiendo todo eso casi agradezco que mi marido no esté en casa. – Río a pesar
del repentino frío que siento.
-
No se lo tome a broma y ante todo no permita
bajo circunstancia alguna que nadie entre en su casa sin ser debidamente
invitado. Y si sazona las comidas con algo más de ajo que habitualmente no será
algo que deba lamentar.
Las últimas palabras todavía danzan en mi
cabeza como la pareja que continua abrazada con los giros cuando la música y el
resto de bailarines ya se han detenido. Los pasteles, estando muy ricos, han
perdido el sabor de la expectativa que era su principal atractivo. Tengo ante
mí varias opciones, pero siendo hoy miércoles, solo una actuación aparece
obvia.